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    Cuba: Brzezinski, Castro, perestroika y cabezas pensantes

    OPINION. Cuba: Brzezinski, Castro, perestroika y cabezas pensantes
    Tania Quintero

    LUCERNA, Suiza – Cuando el 2 de junio en Martí Noticias leí Cuba en la
    órbita de la eminencia gris que fue Zbginiew Brzezinski, de Armando de
    Armas y Álvaro Alba, a mi memoria vino aquella etapa de los años 80,
    cuando la perestroika y la glasnost hacían furor en la Unión Soviética
    y… en Cuba. También recordé algunas de las acusaciones públicas que
    Fidel Castro le hizo al polaco Brzezinski, fallecido el 26 de mayo a la
    edad de 89 años, en Virginia, Estados Unidos.

    Gracias a internet, en El País localicé una de esas acusaciones. El 14
    de junio de 1978, el diario español publicaba Castro, dispuesto a
    entrevistarse con el presidente Carter y debajo, en un recuadro titulado
    Castro acusa a Brzezinski de querer provocar un ‘incidente de Tonkín’ en
    África, se leía: “Todas las críticas del líder cubano se centraron en el
    consejero de Carter para asuntos de seguridad nacional, Zbigniew
    Brzezinski al que Castro acusó de estar conectado con círculos que
    desean buscar un incidente similar al del golfo de Tonkín, que permita
    una intervención norteamericana en África. El incidente del golfo de
    Tonkín tuvo lugar en 1964, cuando el ataque a varios destructores
    norteamericanos en esas aguas, permitió al presidente Johnson obtener
    del Congreso autorización para intervenir militarmente en la guerra de
    Vietnam”.

    En El País también encontré dos informaciones que me llamaron la
    atención. El 1 de mayo de 1979, el ex ministro español Rodolfo Martín
    Villa y el embajador de España, Enrique Suárez de Puga, fueron recibidos
    por Fidel Castro en La Habana. Unos días después, Martín Villa se reunió
    con Brzezinski en Washington. El ex ministro aclararía en ABC que su
    viaje a Cuba fue “estrictamente privado”.

    Martín Villa, uno de los protagonistas de la transición española y en
    ese momento uno de los políticos mejor informados de España, viajó
    nuevamente a Cuba en junio de 1998, en esta ocasión como presidente de
    ENDESA, compañía eléctrica estatal. Le acompañó el ministro de
    Industrias, Josep Piqué y una delegación empresarial. En aquella
    ocasión, ENDESA pretendía invertir 500 millones de dólares en la planta
    de Santa Cruz del Norte, que gestionaba un consorcio canadiense. No sé
    si por desconocimiento o exprofeso, ninguno de los dos viajes de Rodolfo
    Martín Villa a Cuba es mencionado en Los mil tentáculos del Grupo Prisa,
    publicado en 2008.

    Quien sí ha mencionado a Brzezinski en sus artículos es el historiador
    oficialista Elier Ramírez Cañedo. En septiembre de 2009, en La crisis de
    la brigada soviética y en 2014, en la serie de tres relatos sobre los
    encuentros de Paul Austin, presidente de Coca Cola, con Fidel Castro: en
    el primero, el segundo y el tercero y último.

    A propósito de Ramírez Cañedo: el pasado mes de febrero, la periodista
    Tania Díaz Castro respondió en Cubanet “las mentiras sobre la ruptura de
    Estados Unidos con el castrismo” vertidas en Granma por el historiador.

    Elier Ramírez Cañedo nació en 1982 y de algunas cosas se enterará por
    este escrito. Pero lo cierto es que en la década de 1980-1990, a mucha
    gente en Cuba no solamente le interesaba lo que dijera o hiciera
    Brzezinski, también le interesaba lo que dijeran o hicieran otros
    políticos y asesores o periodistas, académicos, intelectuales y
    empresarios influyentes de Estados Unidos, Europa Occidental y Japón.
    Era el caso de los funcionarios que con Carlos Aldana al frente,
    dirigían el DOR, el departamento de orientación revolucionaria del
    comité central del partido comunista, entre ellos Víctor Manuel
    González, Raúl Castellanos y Enrique Román.

    Un poco antes o después, pero por la misma época, con cargos o sin
    cargos dentro del partido o el gobierno, unos más especializados en un
    tema que en otro, me gustaría añadir, entre otros, los nombres de
    Humberto Pérez, Alcibíades Hidalgo, Norberto Fuentes, Eduardo López
    Morales y el equipo fundador de EICISOFT, presidido por Armando ‘Mandy’
    Rodríguez (recomiendo leer su libro Los robots de Castro) y que tuvo
    montones de cabezas pensantes, como los ingenieros José Ramón López,
    Marco Antonio Pérez López y Humberto Lista, fallecido en 2016.

    En todos los ministerios e instituciones había personas fuera de serie,
    como la ingeniera Mariana Badell Iturriaga en el CECE; el profesor Félix
    Bonne Carcassés en la CUJAE y los ministros Marcos Lage, de la industria
    azucarera, y Marcos Portal, de la industria básica. También en el ICRT,
    ICAIC y UNEAC. O entre militares del MINFAR y el MININT, quienes al
    margen de obediencias y reglamentos, a puertas cerradas eran ciudadanos
    que objetivamente analizaban las situaciones y no tenían prejuicios para
    hablar con disidentes y leer libros del ‘enemigo imperialista’.

    Esa etapa existió en Cuba y tuve la suerte de haberla vivido y poderla
    contar. Pero fue el propio Fidel Castro el encargado de desbaratar aquel
    entusiasmo, aquella sed de información, de autosuperación, de cambio. Y
    trató de que en la isla los cubanos no pensaran con su propia cabeza, no
    hablaran en grupo, no debatieran, no dieran sus puntos de vista en
    reuniones del sindicato o del partido. Sus análisis y desacuerdos tenían
    que limitarse a la soledad de sus cuartos. O de sus celdas, pues muchas
    cabezas pensantes cubanas fueron enviadas a prisión como Martha Frayde,
    Mario Chanes de Armas, Adolfo Rivero Caro, Ricardo Boffill, Samuel
    Martínez Lara y los hermanos Sebastián y Gustavo Arcos Bergnes, entre
    otros cientos de hombres y mujeres que desde el mismo año 1959
    descubrieron que Fidel Castro no era el demócrata que decía ser, si no
    un verdadero autócrata. Y los que no fueron fusilados, su oposición al
    castrismo la pagaron con la cárcel, el martirio y el destierro.

    Fidel Castro siempre fue enemigo de los librepensadores, de las personas
    que por su cuenta se informaban y les gustaba investigar, emprender,
    crear. Uno de sus ‘legados’ es esa retahíla de papagayos y talibanes que
    el país tiene hoy en la prensa y en instituciones académicas y
    culturales. Pese al intento fidelista por apagar voces y secuestrar el
    pensamiento, el periodismo independiente surgido hace más de veinte años
    echó raíces y actualmente una generación de cubanos jóvenes, escriben y
    opinan en incontables sitios webs y blogs personales.

    Volviendo a la década de 1980-1990. Entonces, casi nadie podía viajar al
    extranjero, a no ser por cuestiones de trabajo, estudio o una hazaña
    laboral. De esos viajes, solían traerse materiales y vivencias que se
    trasmitían oralmente, por teléfono, fax, postales o cartas, las vías de
    comunicación de entonces. Otros, como yo, de libros enviados por amigos
    brasileños, traducía fragmentos, los mecanografiaba y con papel carbón
    sacaba numerosas copias. Lo hice con tres libros ‘prohibidos’ en Cuba,
    los tres publicados en 1986: Fidel, un retrato crítico, de Tad Szulc;
    Made in Japan, de Akio Morita and Sony, y Una autobiografía, de Lee
    Lacocca y William Novak.

    Esas hojas circulaban de mano en mano. Un vecino que trabajaba en el
    Ministerio del Azúcar, en la fotocopiadora sacaba varias copias y se las
    hacía llegar a colegas y amigos. Otro vecino, militar de una unidad en
    las afueras de la ciudad, hacía lo mismo. En una ocasión, este vecino,
    que era militante del partido, me pidió que le ayudara a redactar y
    después le mecanografiara, con tres copias, un informe sobre problemas
    en su unidad. Amigos y conocidos de organismos hacían lo mismo y se
    encargaban de que decenas de personas las leyeran.

    Ojalá hubiera tenido una máquina de escribir eléctrica. La que tenía era
    mecánica, fabricada en la empresa Robotron de la ex RDA, pero en ella
    podía sacar hasta 10 copias con papel carbón, si estaba nuevo y era de
    la marca Pelikan. El original con papel bond y las copias con papel
    cebolla. Opciones mejores eran el ditto y el stencil, que podías tirar
    cien copias o más. En las oficinas donde había trabajado, utilizaban
    ditto, con aquella tinta morada que todo lo manchaba, o stencil para
    imprimir en mimeográfo, pero no conocía a nadie que tuviera uno u otro
    en su casa.

    El hábito de leer informaciones, recortarlas y guardarlas lo adquirí
    desde niña (nací en 1942). A fines de los años 40 y principios de los
    50, cuando Blas Roca, de quien mi padre era escolta estaba en su
    oficina, en la sede del Partido Socialista Popular en la avenida Carlos
    III, en vez de estar conversando o durmiendo en el auto, mi padre se
    sentaba a ayudar a Lucrecia, entonces una joven archivera del PSP (aún
    vive, tiene 94 años). Era fácil: recortar informaciones, previamente
    marcadas de los periódicos del día, pegarlas en hojas de papel gaceta,
    ponerles la fecha y archivarlas en files según la temática. En mis días
    libres, mi padre me llevaba y me dejaban recortar y pegar, algo que me
    encantaba. Algunas vivencias las conté en Una experiencia personal.

    Cuando no existían computadoras ni internet, muchos profesionales en
    Cuba también tenían ese hábito, de leer, marcar, recortar y archivar.
    Los que tenían condiciones en sus casas, guardaban completos los
    periódicos y revistas, debidamente clasificados y separados de sus
    estantes con libros y enciclopedias. Un sistema rústico y a expensas de
    que se te mojaran o fueran pasto de polillas y cucarachas, pero que a
    maestros y periodistas nos era útil.

    Cuando se quiere se puede, dice el refrán. Y el hecho de no contar con
    suficientes recursos materiales ni tecnológicos, no impidió que miles de
    cubanos, de la capital y de provincias, estuviéramos al tanto de
    Zbigniew Brzezinski, Herny Kissinger, Madeleine Allbright, Colin Powell,
    Condoleezza Rice, Cyrus Vance, Mijaíl Gorbachov, Boris Yeltsin, Eduard
    Shevardnadze, Lech Walesa, Karol Wojtyla, Václav Havel, Deng Xiaoping y
    otros cuyos nombres saltaban a los medios internacionales y con más o
    menos demora eran conocidos en la isla.

    Igualmente de mano en mano circulaban los libros 1984 y Rebelión en la
    Granja, del inglés George Orwell, La Gran Estafa, del peruano Eudocio
    Ravines, Archipiélago Gulag, del ruso Alexander Solzhenitzyn y El Libro
    Negro del Comunismo, de varios autores. O folletos donde se profundizaba
    sobre la invasión soviética a Hungría en 1956, las revueltas
    estudiantiles de Mayo de 1968 en Francia o la Primavera de Praga, de
    enero a agosto de 1968.

    En mi blog, en el post titulado Del ‘políticamente correcto’ 1968,
    menciono un documento de la embajada checa que circuló clandestinamente
    en La Habana. Por Radio Bemba uno se enteraba de lo que pasaba en las
    UMAP o de la Microfracción, la primera gran purga política de los
    Castro. Y quienes teníamos radio de onda corta, las noticias escuchadas
    por la Voz de los Estados Unidos, BBC, Radio Nederland, Radio Exterior
    de España o Radio Francia Internacional, luego se las contábamos a
    familiares, amigos y vecinos. Cuando el 20 de mayo de 1985 salió al aire
    Radio Martí, los cubanos ávidos de información nos pusimos las botas.

    Source: OPINION. Cuba: Brzezinski, Castro, perestroika y cabezas
    pensantes –
    www.martinoticias.com/a/cuba-castro-brzezinski-perestroika-cabezas/146598.html

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