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    Aparicio Paneque, un venerado defensor de la palabra y la libertad

    Aparicio Paneque, un venerado defensor de la palabra y la libertad
    19 de mayo de 2017 – 20:05 – Por JESÚS HERNÁNDEZ

    Los hermanos Alejandro, Ricardo y Eduardo creen que no hay mejor manera
    de premiar a los progenitores por el amor y la sabiduría que
    compartieron, que corresponderles con la práctica de los ideales que
    profesaron
    jhernandez@diariolasamericas.com
    @hesushdez

    Hay miles de historias del exilio cubano que contar y no pocas de
    familias ejemplares, como los hermanos Alejandro, Ricardo y Eduardo,
    tres exitosos hombres que fueron testigos de la palabra y el fervor con
    las que su padre Aparicio defendió los principios de libertad y
    fraternidad hasta infundirles los sentimientos y los valores de la
    nación que enarbolaba.

    Aparicio M. Aparicio Paneque (1925-2016), expreso político, masón y
    exvicepresidente de la Junta Patriótica Cubana, fue un arduo estudioso
    de la obra y vida de José Martí, la historia de Cuba, Hispanoamérica y
    el mundo. Un extraordinario orador que contaba con los dones naturales
    de la energía, la autenticidad y la claridad.

    “A través de conversaciones, lecturas y su ejemplo sembró en mí el
    interés, el cariño y el respeto por la sabiduría de José Martí. De esa
    manera conocí la historia de Cuba y de Hispanoamérica, con él y mamá
    aprendí a respetar a todos los pueblos del mundo.”, recordó Alejandro,
    el hijo mayor.

    Para sorpresa de muchos, Aparicio “nunca leía en los discursos [que
    pronunciaba en la logia masónica]”, recordó Eduardo, el hijo menor. “Se
    memorizaba la poesía que iba a recitar y las citas que iba a compartir.
    Recuerdo cómo, durante nuestra infancia en Cuba, se preparaba leyendo
    mucho y a veces nos pedía que le leyéramos algo en voz alta, mientras él
    se vestía. Tal vez fue su estrategia para que nosotros aprendiéramos y
    memorizáramos aquellos textos también”.

    Entonces, corrían los años 60 y Cuba vivía tiempos terribles. La
    dictadura de Fidel Castro no permitía la más mínima objeción, crítica o
    idea que rebatiera los valores de la supuesta revolución humanista que
    su régimen profesaba.

    “Yo tenía apenas 9 años y aún llevo grabado en la memoria lo que sucedió
    aquel día”, el 15 de octubre de 1966, recordó Ricardo, arquitecto y abogado.

    “Mamá entró al cuarto y me despertó, a la hora siempre, para ir a la
    escuela. Sus palabras aún resuenan en mi memoria: ‘Despierta. El G-2
    está aquí y están registrando la casa’, No era necesario más
    explicaciones. Todos sabíamos el significado de aquello”, recapituló.

    Ricardo se vistió para ir a la escuela y al salir de casa vio a su padre
    sentado en una silla, aún en pijama, mientras los agentes de la Policía
    inspeccionaban minuciosamente los libros y papeles que encontraban.

    “Me sonrió alegremente y me dio un beso de despedida con su usual
    ‘¡Pórtese bien!’. Aquella sencilla frase, que siempre usaba con cariño y
    orgullo de padre, fue su manera de asegurarme que todo estaba bien. Y
    también fue su último consejo entonces para guiar mi vida por si no nos
    volvíamos a ver”, recordó.

    Incertidumbre

    Mientras tanto, la incertidumbre y la ansiedad se apoderaron de la
    familia. “Fue una especie de balance entre la vida y la muerte, cárcel o
    paredón, mi padre quedó en las manos arbitrarias de un régimen político
    que no respetaba los derechos constitucionales”, recapituló Ricardo.

    El ‘crimen’ de Aparicio fue ejercer el derecho a la palabra durante una
    sesión ordinaria en una logia masónica, en donde un agente infiltrado
    del Gobierno, que nunca se supo quién fue, tomó nota y denunció el
    supuesto delito de recordar el derecho a pensar.

    “Martí dijo que ‘la libertad es el derecho que tienen las personas a
    pensar y hablar sin hipocresía’, y mi padre habló, como siempre lo
    hacía, sin hipocresía”, recapituló Alejandro, que con sólo 14 años salió
    rumbo a México, acompañado de una amiga de su abuela y su nieto, luego
    que su padre fuera apresado y condenado en Cuba a seis años de prisión.

    Lo acusaron de “arengar a los masones a que tomaran una postura
    contraria a los postulados de la llamada revolución”, definió Eduardo,
    licenciado en Lingüística y Lengua francesa.

    Y recordó que Martí fue masón, “al igual que lo fueron muchos patriotas
    que lucharon por la independencia de Cuba. Mi padre siempre vio su obra
    dentro de la masonería contra la dictadura como una tradición y obligación”.

    Otros recuerdos

    Además de estudioso y orador, Aparicio fue un incansable maestro, un
    hombre capaz de compartir sus conocimientos a toda hora, ante cualquier
    eventualidad.

    “Tenía una excepcional aptitud para compartir los conocimientos
    adquiridos. Durante cualquier simple conversación tenía la habilidad de
    señalar un detalle histórico, incluso una frase, que podía servir de
    referencia. Si no la recordaba bien, acudía rápidamente a su biblioteca
    y buscaba un libro, lo abría sin leer el índice, y encontraba la página
    específica de donde leía uno o dos párrafos que servían para ampliar y
    confirman lo que ya había expuesto”, recordó Ricardo.

    Sobre la cárcel, Aparicio “habló alguna vez sobre la crueldad del
    régimen de Castro que se esforzaba por vejar a los presos de conciencia,
    pero no recuerdo que hablara nunca con amargura, o con odio. No perdía
    su tiempo en las cosas que no se podían cambiar. Y su fe lo sostenía
    siempre. Decía, como dijera José de la Luz y Caballero, en el mar
    estamos, fe y adelante”, enfatizó Alejandro, doctor en Medicina.

    Exilio

    Medio año después de la salida de Alejandro, los hermanos Ricardo y
    Eduardo, junto a su madre Delia, lograron partir al exilio, y juntos se
    afincaron en West Palm Beach.

    “Mamá empezó trabajando en una factoría, haciendo turnos extra, mientras
    estudiaba para validar su titulación de maestra. Tenía su doctorado de
    la Universidad de La Habana. Fue la mejor maestra que he conocido”,
    enfatizó.

    Luego de cumplir la sentencia, en 1974, Aparicio pudo partir al exilio
    en EEUU, donde se reencontró con su esposa y sus tres hijos. Fiel al
    pensamiento martiano, continuó su oratoria humanista y democrática desde
    el púlpito de logias masónicas y organizaciones que apostaban por la
    democracia en Cuba.

    Eduardo recuerda cómo su padre tenía predilección por el compendio de
    textos Desde mi belvedere (1907), del escritor y pensador cubano Enrique
    José Varona, que formó parte de la denominada primera Generación
    Republicana (PGR), que despertó la vida política de la ínsula el 20 de
    mayo de 1902, cuando la bandera cubana ondeó en la capital de la isla
    por primera vez.

    “Una tarde le leí la introducción que escribió Gertrudis Gómez de
    Avellanada para el libro Viaje a La Habana de la Condesa de Merlín
    (siglo XIX), en la que aborda el amor y el dolor que denotan la lejanía
    de la tierra donde se nace”, rememoró Eduardo.

    “Fue conmovedor. Estremecedor. No hay palabras para describir lo que
    sentimos juntos”, concluyó.

    Source: Aparicio Paneque, un venerado defensor de la palabra y la
    libertad | 20 de Mayo, Cuba –
    www.diariolasamericas.com/america-latina/aparicio-paneque-un-venerado-defensor-la-palabra-y-la-libertad-n4122304

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