Carceles en Cuba
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    Tardocastrismo: resaca de batallas y victorias

    Tardocastrismo: resaca de batallas y victorias
    En Batalla por la Indemnización. Segunda Victoria de Girón, los autores
    enfocan la solución negociada del problema de los prisioneros de guerra
    de la Brigada de Asalto 2506 con gruesos lentes de guataquería
    historiográfica
    Arnaldo M. Fernández, Broward | 25/04/2017 9:50 am

    Sin escape al futuro ni presente condigno, la carreta de la historia de
    Cuba se desplaza por inercia del pasado y sin oposición decente hacia la
    próxima estación del castrismo con Jefe de Estado y Gobierno sin
    necesidad de apellido Castro. A falta de la palabra viva de Fidel, su
    legado libresco se recicla por seguidores que incluso se vuelven más
    fidelistas que Fidel.
    En Batalla por la Indemnización. Segunda Victoria de Girón (Casa
    Editorial Verde Olivo, 2018), el director de la Oficina de Asuntos
    Históricos del Consejo de Estado, Eugenio Suárez, y la profesora
    universitaria Acela Caner enfocan la solución negociada del problema de
    los prisioneros de guerra de la Brigada de Asalto 2506 con gruesos
    lentes de guataquería historiográfica: “La batalla política por la
    indemnización culminó con la segunda victoria de Girón, cuyo artífice
    —como en la primera—, fue el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz”.
    Vivir del cuento
    Ni siquiera Castro consideró aquel episodio como batalla y victoria.
    Sólo libró la guerrita lingüística de puntualizar el objeto de las
    negociaciones como indemnización por los daños materiales de la
    invasión, en vez de canje o rescate de prisioneros, como hacía la
    administración Kennedy (1). Se cae de la mata que las negociaciones
    entrañaron las tres cosas, pero Suárez y Caner despiertan medio siglo y
    pico después con el malestar de haber bebido en exceso el triunfo en
    Bahía de Cochinos que, según el Dr. Sergio López-Rivero, permitió a
    Castro encontrar el asidero “que necesitaba la mitología revolucionaria
    para su consolidación simbólica en el poder”.
    Al clausurar la Primera Plenaria Nacional de la ANAP, el 17 de mayo de
    1961, Castro soltó: “Si Kennedy reconoce que los embarcó [a los
    invasores], pues ¡muy bien! ¡Qué manden 500 ‘bulldozers’ y se los
    devolvemos”. Tras fijar este día como “inicio de la batalla por la
    indemnización”, Suárez y Caner inventan que así Castro “desmoronó las
    expectativas de los imperialistas, que esperaban la aplicación de duras
    condenas para impulsar su campaña de descrédito contra Cuba”.
    Ante todo, nadie esperaba ya la pena de muerte. Castro había largado
    desde el 26 de abril —en la Ciudad Deportiva y delante de los propios
    prisioneros— que no habría fusilamientos. Cabía esperar largas condenas
    de cárcel, pero las expectativas de montar con ellas una campaña de
    descrédito no costan ni en las notas de Kennedy para la conferencia de
    prensa en que admitió su responsabilidad (abril 20) ni en las notas de
    Eisenhower sobre el análisis de la derrota con Kennedy (abril 22) ni en
    las notas previas a la declaración oficial de la Casa Blanca (abril 24)
    ni en ninguna otra fuente que no sea la resaca imaginativa de Suárez y
    Caner.
    Antes que campaña de descrédito, Kennedy preparaba otra campaña militar.
    El 29 de abril se reunía ya con el Secretario de Defensa McNamara y el
    Almirante Burke, Jefe de Operaciones Navales, para planear la ocupación
    de Cuba en ocho días con otra invasión, esta vez de 60 mil hombres (2).
    Así que las únicas “expectativas de los imperialistas” eran liberar a
    los presos. Solo que Castro tuvo la ocurrencia de los bulldozers y
    Kennedy no podía menos que aprovechar esta oportunidad. A tal efecto
    coordinó por teléfono la formación del Comité Tractors for Freedom para
    recaudar fondos (3).
    Suárez y Caner urden un toque de suspenso con que “alguien sopló al oído
    de Kennedy una fórmula intermedia: su administración no actuaría
    oficialmente, aunque brindaría calor a una especie de patronato
    privado”. Y dan otro guatacazo historiográfico al sentar que la
    ocurrencia de Castro puso a Kennedy ante disyuntiva de aceptar,
    “ratificando sus responsabilidades”, o rechazar, “duplicando la página
    del embarque”.
    Kennedy jamás encaró semejante dilema, pues había admitido su tanto de
    culpa sin reservas. Afrontaba más bien la misma situación que sobrevino
    el 11 de marzo de 1961, al ponerse en duda el éxito del plan de
    invasión. El director de la CIA, Allen Dulles, advirtió entonces: “Don’t
    forget that we have a disposal problem” (4), esto es: si no damos curso
    a la invasión, ¿qué hacemos con los cubanos que entrenan en Guatemala?
    Engatusado por informes de “inteligencia” de la CIA, Kennedy dio luz
    verde a la Operación Zapata contra Castro. Tras el fiasco JFK distaba
    mucho de ser tan burro como para meter otra vez la pata dejando
    abandonados a los presos en Cuba.
    En su resaca, Suárez y Caner olvidan que Castro salió a negociar, en vez
    de a dar batalla, porque también encaraba a disposal problem, tal como
    confesaría a Ignacio Ramonet: “¿Qué hacíamos nosotros con mil doscientos
    ‘héroes’ presos? Era mejor mil doscientos ‘héroes’ allá (…) ¿Qué nos
    importaba tener aquí a mil doscientos prisioneros que los de Miami iban
    a convertir en mártires?” (5).
    De tractores a familias
    Los 500 bulldozers solicitados por Castro valían unos 28 millones de
    dólares, pero el Comité ad hoc no pudo conseguirlos y se desbandó el 24
    de junio de 1961. Al otro día se formó el Comité Cuban Families, pero su
    gestión también resultó infructuosa. Suárez y Caner componen su relato
    con que “la batalla por la indemnización se detuvo varios meses”.
    Hacia marzo de 1962, Castro canceló el “ofrecimiento de la libertad [a
    cambio de] indemnización en maquinaria agrícola” y mandó a enjuiciar a
    los 1.194 prisioneros de guerra. Serían condenados el 7 de abril a 30
    años, pero con la venia judicial de conmutar la prisión por
    indemnizaciones calculadas a ojo de buen cubero: $500 mil (3 acusados),
    $100 mil (223), $50 mil (584) y $25 mil (384), que suman $62,6 millones
    (6). Así afloraba otra oportunidad y el Comité Cuban Families envió una
    delegación a Cuba.
    Sin intervención de la Casa Blanca, la negociación se replanteó el 10
    abril —en casa de Berta Barreto de los Heros, quien representaba al
    Comité en Cuba— sobre la base de casi $3 millones ya recaudados a pulmón
    entre los familiares de los presos. El 14 de abril, Castro autorizó la
    salida de 60 reos heridos o muy enfermos como “crédito” y en señal de
    buena voluntad hacia el Comité (7). De este modo habría reiniciado su
    batalla contra el imperio en la imaginación de Suárez y Caner.
    Uno de aquellos reos, Enrique (Harry) Ruiz Williams, suscitó que a Bobby
    Kennedy se le ocurriera que el abogado James Donovan —defensor del espía
    soviético Rudolf Abel y artífice de su canje en Berlín por un piloto y
    un estudiante americanos— mediara con Castro para liberar a los presos
    restantes. Lo demás es historia muy bien contada por los hijos de
    Barreto de los Heros y Donovan, Pablo Pérez-Cisneros y John Donovan,
    respectivamente, junto con Jeff Koenreich, funcionario de la Cruz Roja
    Americana (8). Suárez y Caner vienen a desfigurarla con su resaca de
    batalla y victoria e incluso inventan que Kennedy “intentaba ocultar su
    papel en la recaudación”, como si no hubiera sido de inmediato
    conocimiento público que la Casa Blanca gestionaba donaciones con unas
    160 empresas, que llegaron a casi $53 millones en medicinas y alimentos.
    Gracias a las negociaciones entre Donovan y Castro salieron de Cuba no
    solo los prisioneros de la Brigada 2506, sino unas 9 mil personas, entre
    ellas ciudadanos estadounidenses encarcelados que fueron canjeados por
    cubanos presos en USA (9). Vayamos a esta nota oficial del Gobierno
    cubano: “Las conversaciones entre el Comandante en Jefe Fidel Castro y
    el abogado norteamericano James Donovan, encargado de negociar el pago
    de la indemnización de 63 millones de pesos impuesta por el Tribunal
    Revolucionario a los invasores de Playa Girón, concluyeron el 21 de
    diciembre, en general, con un acuerdo satisfactorio” (10). A lo Suárez y
    Canel no cabría otra interpretación: Castro intentaba ocultar su batalla
    contra USA y hasta embarajó su propia victoria como un simple “acuerdo
    satisfactorio”.
    Coda
    Sin tomar aún conciencia de un país hecho leña que solo tiene la
    negociación con Estados Unidos como clave decisiva para salir del
    subdesarrollo, la intelectualidad orgánica del castrismo tardío parece
    más bien obsersionada con “la gloria que se ha vidido” en tiempos de
    guerra en vez de meterle el coco a eso de que “te convido a creerme
    cuando digo futuro”.

    Notas
    (1) Bohemia, 28 de mayo de 1961, 67 s. La tasación de estos daños
    subiría en menos de un año de $28 millones a $62.6 millones. Para 1999
    serían reclamados los daños humanos causados por la invasión a razón de
    ___ por cada muerto y ___ por cada herido incapacitado, a pesar de que
    —en la misma ocasión precitada— Castro declaró que ni con “todo el oro
    de la Tesorería de Estados Unidos” se podría indemnizar “las vidas de
    nuestros combatientes caídos, las mujeres y niños asesinados”.
    (2) McNamara, Robert: Cuban Contingency Plan, 1ro de mayo de 1961
    (3) Paterson, Thomas: Contesting Castro, Oxford University Press, 1994, 139
    (4) Schlesinger, Arthur: A Thousands Days, Mayflower-Dell, 1967, 206 s.
    (5) Biografía a dos voces, Debate, 2006, 236. 240.
    (6) En la cuenta de Suárez y Caner, la indemnización “ascendió a
    62.300.000 dólares”.
    (7) Otros cinco saldrían poco después por pago directo de sus familiares
    sin intervención del Comité.
    (8) After the Bay of Pigs, Alexandria Library, 2007. Las bases
    documentales primordiales de este libro son los papeles de Berta Barreto
    de los Heros (Universidad de Miami) y de James Donovan (Universidad de
    Stanford) que Suárez y Caner parecen haber soslayado.
    (9) Roberto Santiesteban, Marino Antonio Sueiro y José García Orellana,
    acusados de conspirar para volar edificios públicos e instalaciones
    militares, y Francisco Molina del Río, alias El Gancho, condenado por la
    muerte de la niña venezolana Magdalena Urdaneta el 21 de septiembre de
    1960, en una balacera dentro de un restaurante en Manhattan entre
    banderías cubanas con motivo de la presencia de Castro en la XV Asamblea
    General de la ONU.
    (10) Revolución, 22 de diciembre de 1962, 1.

    Source: Tardocastrismo: resaca de batallas y victorias – Artículos –
    Opinión – Cuba Encuentro –
    www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/tardocastrismo-resaca-de-batallas-y-victorias-329204

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