Carceles en Cuba
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    Celia Guevara, una repatriada a medias

    Celia Guevara, una repatriada a medias
    La hija del Che ‘regaló’ a sus hijos un pasaporte no cubano, sino argentino
    Martes, abril 25, 2017 | Jorge Ángel Pérez

    LA HABANA, Cuba.- En Cuba se convirtió al encierro en una manera de
    “preservar a la nación”. La inmovilidad fue una garantía de salvaguarda.
    Quizá por eso el viaje, uno de los más grandes presupuestos del hombre,
    se hizo también importante para nosotros, se convirtió en obsesión. La
    primera razón puede ser nuestro aislamiento, nuestra existencia isleña,
    el espacio cerrado que habitamos, el agua que nos rodea por todas partes.

    En este coto cerrado lo desconocido se hizo más evidente, se le añoró
    sin freno. Aquí se habla más del viaje que en otros sitios y se sueña
    con él a toda hora. Para los cubanos viajar es conocer el absoluto, lo
    que está del otro lado, más allá del mar. Ese más allá puede ser en
    ocasiones la mejor manera de reconocernos.

    El viaje es esencial, quizá por eso recorremos tantas distancias en
    nuestro cerrado espacio mental. Viajar se convirtió en nuestro “peor”
    deseo y en nuestra “mejor” angustia. Los nacionales hacen de todo para
    conseguir escapar. Muchos de nuestros compatriotas prefieren morir en el
    intento que permanecer intactos en el encierro de la isla, en el
    encierro de nuestras mentes.

    Están los que deben conformarse con poner la cabeza en la almohada y
    simular el viaje. Suponer el barco y el avión no resulta difícil a los
    cubanos, pero conseguirlo es otra cosa. Debe ser por ello que el mar es
    un cementerio mucho más grande, aunque menos ostentoso, que la
    necrópolis de Colón en La Habana.

    Quien intenta evadir el encierro por las “vías no formales” hasta puede
    enfrentar la cárcel, y para algunos, eso es peor que morir en el mar o
    que regresar a la isla. Pero hubo un tiempo en el que solo había que
    tener dinero para hacer el viaje, aunque entonces el viaje no estaba tan
    arraigado en el imaginario cubano.

    Ahora está en la cabeza de todos, incluso en la de quienes defienden el
    “socialismo cubano”. Quienes de él viven también se procuran viajes,
    pero sin riesgos. Esos son nuestros nuevos hombres. Alguien que me
    leyera en los últimos días podría decir: “Ay, este tipo es un obseso”. Y
    puede que tenga razón. Hay cosas que me abruman, y una es el viaje de
    los cubanos, y las maneras que tienen para conseguirlo.

    Y eso se vuelve tan complicado en nuestro país que uno puede descubrir a
    quien comulga con todas las imposiciones de la revolución y el
    socialismo, buscando la mejor manera de evadirlos. Y si no me cree, le
    cuento: Celia Guevara March, la hija de ese Ché Guevara que tanto pensó
    en un hombre nuevo, también se procuró una manera para conseguir la
    evasión, de vez en cuando, sin tener que “traicionar”.

    Resulta que esta mujer, que es médica veterinaria del Acuario Nacional,
    hace unos años se presentó en la embajada Argentina en La Habana y
    mostró una certificación de nacimiento que aseguraba que su padre,
    cuando aún no era el Che, había nacido en la Argentina. Ella olvidó ese
    día lo importante que era aferrarse a la nación y al socialismo por el
    que luchó su progenitor. Ella dijo a los funcionarios de la embajada que
    quería ser ciudadana argentina y tener un pasaporte que lo probara. Y
    quiso lo mismo para sus hijos.

    Y no era su interés conocer la fauna argentina. Ella no dijo que
    pretendía abandonar el cuido de los animales marinos del acuario
    habanero y dedicarse a hurgar en las profundidades marinas de ese país
    austral. Ella no pretendía establecer diferencias entre el delfín de
    Commerson con los que atiende en el Acuario de Miramar.

    Esta mujer dejó de pensar en la biajaiba y en la cherna criolla, en el
    caballito de mar, en la cojinúa, y en todas esas especies que son
    testigos de los tantos cubanos que mueren el mar, pero tampoco pensó en
    la orca o en el elefante marino austral.

    Celia quiso una nueva nacionalidad para sus hijos, para que no tuvieran
    que hacer un riesgoso viaje marino si se les antojaba salir, para que no
    tuvieran que andar pidiendo visas si querían ir a Europa o a los Estados
    Unidos; pero le salió el tiro por la culata. Trump decidió que los
    argentinos tienen que pedir visa para entrar a USA. Y ahora tampoco
    pueden andar campeando por su respeto por toda Europa los argentinos.

    Ella quería que los suyos hicieran el viaje “tiernamente”, que a
    diferencia de sus coterráneos no tuvieran que huir de la angustiosa
    cotidianidad cubana arriesgando sus vidas, y sobre todo que no se
    expusieran a un funcionario que se negara a otorgarles visa a la hora de
    hacer sus vacaciones. Si la nación se preserva con el encierro de sus
    hijos eso no será para los nietos del Che, ese que inventó al hombre nuevo

    Para Celia, la veterinaria hija del Che, el viaje es una mera cuestión
    sanitaria. Ella, como aquellos personajes de la “Electra Garrigó” de
    Virgilio Piñera, hacen cualquier cosa para abandonar la casa; aunque sea
    olvidar el empeño de su padre en conseguir un hombre nuevo aferrado a la
    nación cubana. A fin de cuentas el viaje es una mera cuestión sanitaria,
    y los cubanos, hijos de quien sean, están dispuestos a conseguirlo.

    Source: Celia Guevara, una repatriada a medias CubanetCubanet –
    www.cubanet.org/opiniones/celia-guevara-una-repatriada-medias/

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