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    Por qué duele regresar a Cuba?

    ¿Por qué duele regresar a Cuba?
    Apenas puso un pie en La Habana, Julia debió esforzarse mucho para no
    evidenciar su descontento permanente
    Jueves, marzo 23, 2017 | Ana León

    LA HABANA, Cuba.- Mi amiga Julia dejó la Isla en el año 2012 a través
    del Plan de Migración de Canadá. Desde esa fecha ha venido dos veces; la
    más reciente con sus dos hijos nacidos en el país norteño, para que
    conocieran la tierra de sus padres.

    Apenas puso un pie en La Habana, Julia debió esforzarse mucho para no
    evidenciar su descontento permanente. “No quiero que me digan que me
    volví una comemierda por vivir cinco años en Canadá”, me explicó
    mientras observaba con su mirada crítica a la dependiente del Museo del
    Chocolate de la Habana Vieja, que pasaba una y otra vez por nuestro lado
    sin atendernos, a pesar de que llevábamos esperando casi media hora.

    Julia sabe qué es Cuba, así que no hizo mención de la escasez, ni los
    precios elevadísimos, ni el insoportable mal olor que desprenden las
    cloacas del Centro Histórico e inundan los incontables bares y
    restaurantes privados que han florecido en esa cotizada zona. Su
    desencanto tenía un cariz más humano que material. Después de varios
    años viviendo en Toronto se percató de que ya no es capaz de aceptar el
    constante irrespeto, la displicencia y la falta de educación que
    lamentablemente caracteriza a la mayoría de los cubanos.

    Ese friendly environment que marca la verdadera diferencia entre las
    sociedades creadas por el hombre, no existe en la Isla. Aunque la
    tecnología y el desarrollo ayuden, el principal componente que se
    necesita es humano. Julia se guarda mucho de comparar en otros aspectos
    porque la diferencia entre Canadá y Cuba es abismal; pero no es posible
    que uno tenga que soportar cada minuto el escándalo, la música alta, la
    chusmería, el lenguaje vulgar y el humo del cigarro.

    Recuerdo que Julia y su esposo ya vivían prácticamente encerrados en su
    apartamento antes de irse a Canadá. Eran muy divertidos pero preferían
    invitar a los amigos y armar la fiesta en casa. Ambos estaban hartos del
    maltrato en los ómnibus, los comercios, los centros de trabajo, la
    farmacia… en todas partes. Gritos, malas palabras, padres regañando a
    niños pequeños con una forma y un lenguaje que no podían menos que
    prepararlos para ser violentos y delincuentes en el futuro.

    Ni Julia ni Oscar querían tener hijos en una sociedad tan quebrantada y
    hostil. No eran aburguesados ni pedantes; sencillamente el código de
    barbarie social que desde hace años impera en Cuba, no encajaba con la
    manera en que habían sido criados. “Lo mejor de vivir en Canadá es que
    siempre nos tratan bien y vives con una constante noción de futuro. Uno
    siente que tiene un proyecto, que la vida está yendo adonde quieres que
    vaya”.

    A menudo los cubanos exiliados se creen mejores que los que siguen en la
    Isla, por el solo hecho de vivir en el extranjero. En muchos casos se
    trata de una estupidez congénita, acentuada por el repentino acceso a
    dineros, lugares y cosas que en Cuba no existen, o solo están
    disponibles para la corruptela tradicional.

    Julia no considera que lo mejor de otros países sean sus grandes
    almacenes y la abundancia de todo lo deseable por el ser humano. Lo
    excepcional radica en la elevada correlación entre decir y hacer. Canadá
    es un país multiétnico y multicultural, de modo que la vida diaria está
    regida por normas de respeto y aceptación que los ciudadanos han
    incluido en sus vidas sin ningún tipo de trauma. En Cuba, después de
    tanta revolución y enseñanza gratuita, se escucha a la gente referirse
    peyorativamente a los homosexuales, las mujeres y los negros, a todo
    pulmón, a pocos metros de un policía y no pasa nada.

    Ahora mismo esta Isla podría llenarse de mercados, opciones, lugares
    fabulosos y nada cambiaría porque el verdadero problema es de educación
    y respeto; de una falta de humildad que viene aparejada a una soberbia
    descomunal, que solo se explica quien conoce cuán acomplejado se siente
    el cubano con su pobreza y su incapacidad de salir de la mierda de otra
    forma que no sea emigrando.

    En algún momento la sociedad cubana se volvió peligrosamente
    autodestructiva y el resultado de esa antropofagia social es lo que
    tenía a Julia desesperada por volver a Canadá. “Una vez que entras a un
    sistema donde la vida es organizada y funciona, no puedes aguantar esto”.

    Contrariamente a lo que siempre han divulgado los medios masivos de la
    Isla, en el extranjero también hay personas solidarias; es posible tener
    amistad con los vecinos o, al menos, una relación amable y servicial. La
    diferencia es que allá la gente tiene muy claros los límites de la
    socialización y es muy respetuosa con la privacidad ajena.

    Ese primer mundo que tanto se ha criticado en Cuba protege la vida
    animal al punto de que un mínimo maltrato se paga con multa o cárcel; y
    vela por la vida humana al extremo de financiar campañas cien por ciento
    efectivas contra el tabaquismo, para garantizar un ambiente sano en
    todos los lugares posibles.

    Una tarde en que fuimos a la tienda Galerías Paseo, había gente fumando
    en todas partes y un enorme cenicero colmado de restos de tabaco
    apestaba el segundo nivel, a pesar del aire proveniente del mar. Ninguna
    empleada de limpieza acudió a limpiar aquel desagradable depósito.

    Dentro del mercado vi a Julia caminarle detrás y preguntarle tres veces
    a la empleada si había pomos de agua de 5L. Sin detenerse ni mirarla, le
    respondió que no, y apenas a un metro estaban los susodichos galones.
    Julia no quería comparar, pero en Canadá jamás le hubieran permitido
    andar tan perdida y mucho menos repetir la pregunta.

    “Es que aquí todo es personal y la gente se molesta cuando tiene que
    hacer su trabajo, como si el cliente la estuviera ofendiendo al
    consultarle algo”. Acostumbrada como estoy yo misma a ese maltrato
    diario, nunca lo había visto de esa manera. Me sentí impotente y
    culpable a la vez, y no pude reprocharle, ni en broma, que tuviera
    tantos deseos de irse.

    Ya Julia no me presiona para que me vaya, y ha renunciado a entender por
    qué sigo en Cuba. Pero no soporta estar unos días en esta Isla donde nos
    conocimos hace casi 20 años. Le resulta hostil, ajena y de una pobreza
    de espíritu que rebasa infinitamente a la falta de papel higiénico en
    las tiendas. Aquí, donde además de la afinidad nos unieron Homero, Sor
    Juana, Dulce María Loynaz, Shakespeare, Vallejo y Neruda, no se siente a
    salvo ni feliz.

    Source: ¿Por qué duele regresar a Cuba? CubanetCubanet –
    www.cubanet.org/destacados/por-que-duele-regresar-cuba/

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