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    La Iglesia católica y las Damas de Blanco

    La Iglesia católica y las Damas de Blanco
    Por fin se concretó una valiosa y muy esperada reunión entre el
    Arzobispo de La Habana, Juan García Rodríguez, y las líderes del
    movimiento opositor
    Martes, marzo 21, 2017 | Ángel Santiesteban

    LA HABANA, Cuba.- Hace poco se concretó, en la sede del Arzobispado de
    La Habana, una valiosa y muy esperada reunión entre el recientemente
    nombrado Arzobispo Juan García Rodríguez y las Damas de Blanco. El
    esperado diálogo transcurrió en un ambiente afable donde se procuró el
    entendimiento entre las dos partes, y que duró algo más de una hora.
    Refieren las Damas de Blanco que el dignatario de la Iglesia católica
    cubana tomó nota de todo cuanto expresaron sus líderes: Berta Soler
    Fernández y María Cristina Labrada Varona.

    Ambas Damas contaron al religioso detalles de los constantes abusos que
    cometen los esbirros de la dictadura, e hicieron mención a los
    atropellos y humillaciones que soportan ellas a diario. El prelado quiso
    saber los nombres de esos oficiales y tomó nota de cada una de las
    violaciones que relataron las mujeres.

    Berta y María Cristina dejaron muy claros sus deseos de seguir
    asistiendo a misa cada domingo, y de manera idéntica a como lo hicieron
    antes. Relataron como, tras la visita del presidente Obama, se les
    prohibió salir de sus casas en los horarios de misa, y también de las
    golpizas que recibían si es que no acatan las disposiciones del gobierno.

    Estas mujeres, quienes pretenden volver a hacer el camino hasta Santa
    Rita cada domingo, pidieron al arzobispo que intercediera a favor de
    ellas para que se restableciera su derecho a existir como religiosas y
    como mujeres opositoras, para que cesaran las vejaciones y esas
    retenciones que a veces se prologan más allá de las veinticuatro horas.

    Las Damas contaron que a pesar de los impedimentos y del odio que han
    tratado de despertar hacia ellas, el resto de los feligreses y el
    sacerdote de Santa Rita guardan sus espacios, como si sagrados fueran,
    esperando la vuelta de esas valientes señoras que se han convertido en
    símbolo de la resistencia cubana. Berta y María Cristina elogiaron las
    buenas maneras y la fidelidad del párroco de ese templo de Miramar, y
    también del auxilio que siempre les prestó en Santiago de Cuba el padre
    Dionisio.

    Lo terrible es que no todos los sacerdotes tienen la misma nobleza en el
    corazón, y quien lo dude que recuerde a Tarsicio, párroco de la iglesia
    de Aguada de Pasajeros, en Cienfuegos, que cerró las puertas de la casa
    de Dios a estas mujeres. Aquel cura les impidió su derecho a la oración,
    y se alejó de ellas como si las creyera portadoras de una enfermedad
    contagiosa.

    Parecido fue también el proceder del cura Rolando, de la parroquia de
    Cárdenas, y quien ahora oficia en el templo del poblado de Martí, en la
    misma provincia. Procedimientos parecidos han sufrido ellas en Gibara,
    provincia de Holguín, y es posible que también en otras partes de
    nuestra geografía. Y no dudemos que alguien diga que no son más que
    hechos aislados, que no sucede lo mismo en todos los templos cubanos,
    pero lo cierto es que no debía ocurrir en ninguno, y eso es
    responsabilidad de esa Iglesia que tanto rechazo recibió de las
    políticas totalitarias del régimen.

    La Iglesia no puede hacer el juego a los dictadores. Los católicos
    cubanos no pueden seguir guardando el mismo mutismo que engendró el
    cardenal Jaime Ortega, quien hizo el mayor de los silencios y mostró que
    su línea de trabajo estaba justo al lado del gobierno. Fue este
    dignatario quien propició esa enorme brecha que se produjo entre los
    opositores y la Iglesia cubana. Esa fue la línea de trabajo del
    cardenal, aunque nunca fuera la de Jesús.

    Jaime Ortega no demoró ni un segundo para buscar sustituto al padre
    Siro, obispo de Pinar del Río, cuando a este le llegó esa edad en la que
    no podría estar al frente de su iglesia. Y tampoco pensó mucho a la hora
    de escoger un sustituto; debía ser alguien que no le trajera problemas
    ni a él y ni a la Iglesia, y por eso se decidió por un religioso que de
    inmediato cerró la revista Vitral, la más libre, honesta y útil, de
    entre todas las revistas cubanas después del desastre de 1959. La
    Iglesia cerró Vitral y también detuvo uno de los movimientos de artistas
    y pensadores más interesantes de la historia cubana tras la dictadura.

    Enorme ha sido el silencio de la curia cubana. Ella mantuvo la boca
    cerrada, quizá para no correr la suerte de Jesús, y hasta es posible que
    porque suponen que la palabra del hijo de Dios tiene mucha más
    resonancia cuando se pronuncia desde la magnificencia de un templo
    barroco en La Habana. La Iglesia cubana todavía no salió a la calle,
    como las Damas de Blanco.

    Esperemos entonces que sea capaz de salir, de procurar el dialogo para
    que cesen los acosos, esos que ahora también sufren los hijos de estas
    mujeres. Resulta que esa es una de las nuevas estrategias de la policía
    política para amedrentar a estas señoras. Al parecer ellos creen que
    enviando a la cárcel a esos jóvenes, sus madres serían capaces de
    negociar la libertad de sus hijos y pagarían con silencio y quedándose
    encerradas en sus casas.

    El Arzobispo les hizo saber de su interés en lograr un dialogo entre el
    “gobierno” y la oposición, contó de sus mediaciones y de la falta de
    respuestas. Él supone que será bien difícil el entendimiento entre el
    gobierno y la Iglesia, pero, aunque no crea que su autoridad sirva de
    mucho, está dispuesto a insistir.

    Ojalá que la Iglesia no se contente con tan poco esta vez, y que
    entienda lo que resulta tan obvio. La casa de Dios no tiene que pedir
    limosnas, y está obligada a abandonar su ya infinito letargo, a exponer
    sus puntos de vista sin cortapisas, a exponer públicamente, y con
    valentía, cada uno de sus pareceres.

    No espera la oposición que la Iglesia tenga una perspectiva partidista,
    pero tampoco negará que su silencio la pone al lado del gobierno. La
    Iglesia tiene que opinar, tiene que disentir, hablar de las injusticias
    que se comenten delante de sus narices. La Iglesia cubana necesita
    despertar y acompañar al pueblo, aun cuando reciba el rechazo del
    régimen. La Iglesia debe entender que de nada sirven los templos
    abiertos y con curas dentro, si no se está al lado de quienes sufren, si
    no se abandonan todas esas décadas de arrodillamiento.

    Las Damas de Blanco insistieron en el hecho de que no estaban dispuestas
    a hincarse de rodillas; y el arzobispo autografió cada ejemplar de la
    Biblia que regaló a las dos mujeres, y dijo que las tendría en cada una
    de sus oraciones, y que lo asistía la esperanza de que en un tiempo no
    muy lejano pudieran volver a Santa Rita, y escuchar misas.

    Ojalá que el arzobispo ponga empeño en hacer justicia, y que no lo deje
    todo en manos de la ilusión y la espera. Ojalá que el arzobispo recuerde
    que en Cuba la esperanza casi siempre es verde, y que se la puede comer
    una vaca.

    Source: La Iglesia católica y las Damas de Blanco CubanetCubanet –
    www.cubanet.org/facebook/la-iglesia-catolica-y-las-damas-de-blanco/

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