Carceles en Cuba
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    María Evelia Ruiz sufre un cáncer, pero curarse no es su mayor deseo

    Ella sueña más con la libertad de su marido
    María Evelia Ruiz sufre un cáncer, pero curarse no es su mayor deseo
    Miércoles, febrero 1, 2017 | Ángel Santiesteban

    LA HABANA, Cuba.- La vida me ha hecho conocer a gente extraordinaria, y
    muchas son mujeres. Una de ellas es María Evelia Ruiz de la Paz, la
    esposa de Santovenia. Hace solo unos días fui a su encuentro en la
    ciudad de Cárdenas. María Evelia es una mujer enferma: desde hace años
    padece de un osteosarcoma, un cáncer en los huesos que dificulta su
    andar. Los dolores y las inflamaciones no la abandonan, y hasta le
    impiden visitar a su marido en la prisión.

    Me contó de sus gestiones con las instancias correspondientes, en
    particular con el Departamento 21 de la Contrainteligencia, para
    conseguir la excarcelación de su marido, y de cómo esos, que se ocupan
    de la disidencia interna, le niegan que exista alguna posibilidad que
    ponga a Santovenia fuera de la cárcel. Quizá por eso está mujer se ha
    refugiado en Cristo.

    “Solo Cristo puede sacarlo de la prisión”, así me dijo, y su voz parecía
    un resuello, como ese que asiste a un ave que estuvo recorriendo una
    distancia larga, y que parece que de un momento a otro dejará de volar,
    que caerá al suelo. Me habría gustado decir a María Evelia que esa
    decisión debía corresponder a otros, es decir a sus carceleros, pero
    asentí, dije que solo Dios podría ponerlo en libertad. Y en verdad creo
    que para él no hay otra salida que no sea el amparo del divino. El
    gobierno se empecina en hacer más grande su condena y mantenerlo en
    injusto encierro. Dios es quien le da a esta mujer la única esperanza,
    la última. Sin Dios ella no habría podido soportar tantos años de
    separación.

    A pesar de todo hay algo que avivó sus anhelos, y ese algo es la
    excarcelación de Pedro de la Caridad Álvarez Pedroso. Tierna, lo mira y
    lo abraza, como si llevara su sangre, como si fuera un familiar muy
    cercano, y hasta asegura entre sollozos que la liberación de Pedro
    alegró mucho a Daniel, quizá porque también creyera que pronto le
    llegaría su turno. Y no serían infundadas sus ilusiones si se tiene en
    cuenta que los dos fueron juzgados por el mismo delito y recibieron
    idénticas condenas; sin embargo la libertad de Daniel no llega todavía.

    María Evelia culpa a Emilio Cruz Rodríguez, director de la cárcel de
    Agüica, de la permanencia de su marido en aquel lugar. María Evelia
    supone que él hizo desaparecer del expediente de su marido todas las
    rebajas recibidas durante esos veinticinco años de encierro. “Si no
    fuera así, ¿por qué no acaban de ponerlo en libertad?”.

    Ella sabe muy bien que esa prisión de Agüica es lo más cercano al
    infierno que uno pueda imaginar. Ella sabe de las golpizas que allí se
    suceden. Ella está enterada de la existencia de esas horrendas celdas de
    castigo a las que llaman “polacas”, esas que están delimitadas por
    cuatro paredes que se levantan sobre un cuadrado pequeño y sin techo.
    Esas cuatro paredes hacen sentir el peso del encierro, y la ausencia del
    techo reafirma a los confinados la desprotección a la que están sometidos.

    La esposa de Santovenia sabe muy bien que quien esté allí encerrado
    recibirá los furores del sol, el sereno de la madrugada o la intensidad
    de un aguacero. Su tristeza es enorme cuando habla de lo que significa
    estar allí. “Allí una queja es entendida como indisciplina”, así dice, y
    asegura que luego vienen las torturas físicas, como esa a la que llaman
    “bicicleta”, en la que las manos de los presos son llevadas a la espalda
    para esposarlas luego, para colocar un bastón entre las esposas y la
    espalda, y con ese bastón levantan al castigado y lo dejan en punta de
    pies, casi sin equilibrio.

    Esta triste mujer tiene noticias de la forma en que los guardias se
    divierten. Ella sabe que los uniformados lanzan al preso, lo mismo sobre
    una reja que contra una pared de concreto, o los hacen rodar desde lo
    alto de una escalera. No es por gusto que muchos son los presos pierden
    sus dientes frontales. Y en ese infierno han mantenido por años a
    Santovenia, el esposo de esta mujer a la que mucho trabajo le cuesta
    movilizarse. Un osteosarcoma y el encierro del hombre amado han ido
    destruyendo su vida.

    María Evelia enumera los padecimientos de su esposo y llora, y me
    pregunta, como si yo pudiera darle una respuesta, hasta cuándo lo
    tendrán encerrado. Y juro que quise decirle que saldría muy pronto, que
    celebraríamos juntos su excarcelación, pero no pude mentir y me callé,
    porque sé muy bien del empecinamiento y del deseo enorme que tiene la
    dictadura de mantener entre rejas a ese hombre y a todos los que son
    capaces de enfrentarla. Tengo la seguridad de que a esos carceleros les
    gustaría mucho responder a esta mujer enferma que su marido va a salir
    alguna vez, pero en un sarcófago.

    La verdad es que le aseguré que no tenía dudas de que Cristo haría su
    parte, pero que nosotros, los amantes de la libertad, haríamos también
    la nuestra. Y quizá esa sea la solución; “Dios a la cabeza, y nosotros
    con él, porque nuestro clamor también es importante”, así le dije,
    porque exigir la liberación de Daniel Santovenia es también un ejercicio
    cristiano.

    Antes de despedirnos, María Evelia me pidió disculpas. “Quizá no he sido
    muy alentadora ni agradecida por sus ayudas a mi esposo”, así dijo. Y yo
    le aseguré que todos estamos aferrados a Cristo y también le hablé de la
    carta que alguna vez me escribió Daniel, y de cuánto me conmovía su
    lectura. Todos los que hemos padecido prisión por culpa de esta
    dictadura sabemos muy bien del dolor en la carne del otro. Y le di un
    abrazo antes de abandonar su casa.

    Luego de despedirme de Pedro, quien ya vive en Cárdenas con su esposa,
    hice en silencio el viaje de regreso a La Habana; sin embargo un montón
    de preguntas rondaron mi cabeza. “¿De verdad habrá que esperar por
    Cristo? ¿Las decisiones de la dictadura tendrán algo que ver con Dios?”
    Esas y otras fueron las preguntas, pero también tuve una respuesta, esa
    que me da la seguridad de que voy a continuar exigiendo la liberación de
    Daniel Santovenia, ese hombre que ya debía estar en la calle, después de
    pasar veinticinco años en prisión, porque según las leyes carcelarias de
    este país, ya debería estar en libertad, como Pedro, disfrutando de la
    compañía de su familia.

    Source: Ella sueña más con la libertad de su marido | Cubanet –
    www.cubanet.org/opiniones/ella-suena-mas-con-la-libertad-de-su-marido/

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