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    El diálogo que puso a dar explicaciones a Fidel Castro

    El diálogo que puso a dar explicaciones a Fidel Castro
    23 de diciembre de 2016 – 17:12 – Por RUI FERREIRA

    Un peligroso acercamiento entre las dos orillas rindió grandes frutos

    Diálogo es una palabra no muy bien vista en Miami. Muchos en el exilio
    la relacionan con una componenda con el régimen de la Habana; como una
    especie de rendición. Así lo evaluó una buena parte de los cubanos
    radicados en el sur de la Florida cuando un grupo de exiliados fue a La
    Habana y se sentó a conversar con Fidel Castro a finales de los 70.

    Pero lo cierto es que ese “diálogo” abrió las puertas de la libertad a
    3,600 presos políticos; permitió que familias hace mucho separadas
    volvieran a encontrarse, y fue la antesala del éxodo de Mariel en el
    verano de 1980. También, si no hubiera sido por el diálogo, mucha gente
    que va a Cuba corrientemente no pudiera hacerlo. Los vuelos directos se
    iniciaron así.

    El inicio

    Todo empezó una tarde del mes de agosto de 1977, cuando Bernardo Benes
    recibió una curiosa llamada telefónica en la habitación de su hotel en
    Ciudad Panamá. Del otro lado del hilo, un amigo le manifestaba el
    interés que otros “amigos” tenían en conversar con él. “Vienen de Cuba y
    traen una propuesta interesante”, dijo su interlocutor.

    La simple mención de la palabra “Cuba” fue suficiente para que el
    pelirrojo banquero, exiliado cubano de origen judío, accediera a
    conversar. Después de todo, Benes jamás ha dejado un momento de pensar
    en su país natal, y hacía tiempo que acariciaba un viejo proyecto:
    reunificar a la familia cubana.

    El encuentro se concretó días después, el 22 de agosto en el restaurante
    Club Panamá, donde al llegar, Benes descubrió que los “amigos” de la
    isla, eran nada más y nada menos que José Luis Padrón, Antonio “Tony” de
    la Guardia y Amado Padrón Trujillo. Treinta años después, el primero
    vive en el ostracismo en La Habana y los dos últimos están muertos,
    fusilados en 1989 por el mismo hombre que los envió a hablar con Benes.

    “En ese almuerzo participó también un amigo mío, Alberto Pons,
    empresario radicado en Panamá”, recuerda el banquero.

    Sentados en la mesa 3 del restaurante Club Panamá, los cinco comensales
    fueron servidos por un mesero de apellido Cáceres, que sin duda hasta
    hoy no sabe que fue testigo de un momento histórico.

    Delante de tres langostas y dos corvinas, los enviados de Castro le
    propusieron algo que Benes que de entrada creyó que no estaba
    entendiendo bien. Le dijeron que “la Revolución estaba consolidada”, “no
    tenía marcha atrás”, y que “había llegado el momento de conversar y
    escuchar al exilio”.

    “Aquello me cayó del cielo”, recuerda Benes. “Hacía años que estaba
    pensando en la necesidad de la reunificación familiar y de repente esos
    tipos me estaban proponiendo eso mismo”.

    Esa tarde acordaron que, en principio, seguirían explorando las
    posibilidades de diálogo. Pons pagó los $72 del almuerzo, propina
    incluida, y Benes regresó a Miami.

    Avisar a los americanos

    Al llegar, llamó inmediatamente a un viejo amigo, Larry Steinfeld, quien
    ya se retiró como oficial de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y
    le explicó lo sucedido. “Jamás hice nada a espaldas de Estados Unidos”,
    justifica.

    Días después, la CIA le mostró dos fotografías. Una de “Tony” de la
    Guardia y otra de Luis Padrón, quienes les dijeron ser “el apoderado de
    Castro”. Y le dieron “luz verde”. “El gobierno americano me dijo que
    siguiera explorando esos canales”, sostuvo.

    Durante siete meses, mantuvieron encuentros en diversos lugares del
    continente, algunos incluso en la ciudad de Miami. “Nos reunimos miles
    de horas. Trataba de desarrollar el concepto de la reunificación
    familiar, trabajé en ese sentido y también para sacar a los presos
    políticos”.

    Los contactos

    Al mismo tiempo que Benes efectuaba estas reuniones con discreción,
    otros cubanos ya habían establecido contactos con el gobierno de la
    isla, buscando también una posibilidad de diálogo. “A partir de 1973 hay
    contactos informales a distancia entre algunos exiliados y diplomáticos
    cubanos”, afirmaba María Cristina Herrera, quien fuera una activista
    católica, profesora universitaria y pro diálogo con Cuba.

    Contactos, que aunque sirvieron para conocerse mejor, no dieron grandes
    resultados. Herrera, incluso, estuvo en Madrid durante 12 días esperando
    una visa para ir a La Habana que nunca llegó. “Siempre estuve dispuesta
    a regresar, quería ver la realidad con mis ojos y no por referencias”.

    Según ella, esos contactos del exilio con funcionarios del régimen
    castrista y las reuniones que posteriormente se dieron en octubre y
    diciembre de 1978, y constituyeron el llamado “Diálogo del 78”, fueron
    posibles gracias al clima de distensión que se había instalado en las
    relaciones entre Estados Unidos y Cuba, después de que Jimmy Carter
    llegó a la Casa Blanca en 1976. Carter, quien hizo de los derechos
    humanos su bandera, llegó a punto de reconocer al gobierno comunista de
    la isla, impulsando la apertura de secciones de intereses en ambas
    capitales. Además, autorizó que empresarios y turistas estadounidenses
    viajaran a La Habana, y, naturalmente, no cerró las puertas cuando
    escuchó hablar de un posible diálogo con el exilio.

    “En el verano de 1977 en una reunión social en Nueva York conversé con
    Jesús Arboleya, [diplomático] de la misión de Cuba en Naciones Unidas.
    Me preguntó si conocía a periodistas de la diáspora a quienes pudiera
    contactar”, afirmó Herrera, quien al momento se dio cuenta de que La
    Habana andaba en busca de algún tipo de comunicación con el exilio. Por
    eso, Herrera no duda en sostener, tal como Benes, que la iniciativa de
    todo partió de la isla. “A los 20 años [de haberse instalado el Gobierno
    de Castro] el gobierno cubano se estaba dando cuenta de la magnitud de
    la diáspora”.

    Algo similar sucedió con la entonces administración demócrata, que
    también empezó a prestar atención a los cubanos del sur de la Florida.
    “Benes jugó un papel extraordinario en eso, era una especie de embajador
    de Carter en esta ciudad, tenía todos los contactos con la Casa Blanca,
    sabía explicarles nuestra realidad”, afirmó Herrera.

    Él no lo niega. Por el contrario, sostiene con orgullo que era el
    segundo cubanoamericano más cercano a Carter, cuenta como fue “chairman”
    de la campaña hispana de la Florida y asesor presidencial. Fue tan
    grande la compenetración del banquero en las conversaciones y el interés
    en ellas de las autoridades estadounidenses, que “en esos 2 años hablé
    más con Peter Tarnoff [subsecretario de Estado] que con mi señora”, afianza.

    Una vez realizado el primer encuentro en Panamá y establecidos los
    contactos, Benes desembarca en La Habana el 12 de febrero de 1978 y
    hasta el 21 de octubre de ése año, cuando es liberado el primer grupo de
    40 presos políticos, se reúne por lo menos 150 horas con Castro.

    Frente a Castro

    “Fueron encuentros extraordinarios. Se habló de todo. Casi siempre en
    casas de protocolo. Una vez, incluso, cuando estábamos discutiendo la
    liberación de los presos, estuvimos en la playa de Santa María del Mar
    [en el este de La Habana] un par de horas sentados en la arena debajo de
    un cocotero”, asegura Benes, sin ocultar una sonrisa ni entrar en detalles.

    En esa ocasión, le presentó a Castro ocho listas con nombres de presos
    políticos. Entre ellos estaba Tony Cuesta, con quien el banquero sentía
    estar en deuda, porque en 1965 participó en la recogida de fondos, que
    más tarde fueron utilizados en la infiltración a Cuba, tras la cual el
    líder de Comandos L fue capturado y quedó ciego.

    Una vez acordada con Castro la liberación de los presos políticos, el 18
    de octubre Benes logra, además, algo nunca antes visto. Consiguió que la
    prensa estadounidense entrara a la cárcel Combinado del Este y
    entrevistara a los presos, incluso algunos que no saldrían hasta años
    más tarde.

    El periodista Gustavo Godoy, exeditor de la revista Vista, que por
    aquella época trabajaba en el Canal 4 de televisión de Miami, aún
    mantiene, muchos años después, recuerdos muy precisos sobre los hechos.

    “Fueron días muy intensos para muchos, pero en particular para Benes. En
    el momento que nos dijeron que abordáramos el avión en Miami, él empezó
    a llorar inconteniblemente. ¡Eso nunca se me olvidará! Bernardo vio cómo
    finalmente el encuentro con los presos iba en serio, pese a los ataques
    del exilio aquí. Fue una catarsis”, recordó Godoy.

    Cuando llegaron al Combinado del Este, el encuentro con los detenidos
    tampoco fue suave. “La tensión del momento estuvo repartida entre todos,
    por parte de los presos, de la prensa y autoridades; nadie sabía lo que
    iba a pasar”, añadió el periodista.

    Con los presos

    Tanto reporteros como exiliados, pidieron hablar con algunos presos en
    particular. Es el caso de Reynol González, quien empezó a tener
    contactos con el gobierno cubano, después de que el escritor Gabriel
    García Márquez logró su liberación en diciembre de 1977.

    En ese desayuno, González habló con el poeta Jorge Valls y otros presos.
    Discutió con ellos la posibilidad de que fueran liberados, y los puso al
    tanto del diálogo más amplio en que estaba a punto de participar.

    Pero no todas fueron rosas, no todo salió a pedir de boca. Algunos
    creían que no había justificación para un diálogo con el régimen, con el
    objetivo de liberar a los presos políticos. Eloy Gutiérrez Menoyo, que
    en esos momentos cumplía su condena, fue uno de los que manifestó serias
    reservas a la iniciativa.

    “En esos momentos sostuve que para soltar a los presos no hacía falta un
    diálogo, sino que se podía hacer lo mismo que hizo Pinochet, que soltó a
    los suyos sin convocar a un diálogo”, recodó en aquel momento Menoyo,
    quien creyó que por manifestar esa opinión no logró ser liberado por
    esos días. Menoyo salió de Cuba sólo en 1986 pero el final de sus días
    los terminó en la isla.

    Aun así, el exiliado de origen español, recordaba que en sus
    declaraciones a la prensa en esa oportunidad, había defendido la
    realización de conversaciones con las autoridades, aunque aseguraba que
    lo había hecho “para la libertad del pueblo de Cuba y por la
    instauración de una libertad de prensa, de reunión, de locomoción y de
    expresión”.

    Después del desayuno, los exiliados se trasladaron a una casa del
    protocolo oficial, donde encontraron a un Castro relajado que los invitó
    a conversar. Uno de ellos fue Orlando Padrón, conocido fabricante de
    tabacos de Miami. En la tertulia, Padrón tenía varios tabacos en el
    bolsillo y Fidel prácticamente le sacó un tabaco del bolsillo
    “diciéndome ‘oye, Padrón, me han dicho que haces buenos tabacos’”.
    Castro lo prendió y lo celebró.

    En esa conversación estaban presentes el padre Guillermo Arias,
    sacerdote jesuita a quien Fidel le hizo muchas preguntas; Rafael Huget,
    Boby Maduro, antiguo dueño del estadio del cerro que después confiscado
    por el régimen, a quien Fidel aprovechó el encuentro para conminarlo con
    sarcasmo “a ver el estadio para que apreciara como lo habían arreglado”,
    Reynol González y Padrón.

    En ese instante alguien le dijo a Benes que los presos estaban listos
    para ir al aeropuerto, y él se viró hacia Castro y lo puso al tanto.
    “¡Que esperen!”, le espetó el gobernante. En pocos segundos, la tensión
    en el ambiente se puso al rojo vivo cuando Benes le ripostó: “¿Cómo que
    esperen, Fidel? ¡Si han esperado 10, 15, 20 años!”.

    Esa tarde, el grupo de 40 presos regresó a Miami. “La despedida en el
    aeropuerto fue una carga emocional y filosófica fuerte”, dijo Godoy,
    recordando cómo vio a los presos despidiéndose a lágrima viva de sus
    familiares y otros exprisioneros que quedaron atrás.

    La llegada a Miami tampoco estuvo exenta de emociones. “El impacto de
    asistir al encuentro [de los presos] con sus familiares aquí fue tan
    grande, que me costó pararme delante de una cámara de televisión para
    narrarlo”, añadió.

    Los 75

    Mientras tanto, se iniciaba el primer encuentro entre un grupo de 75
    exiliados y el régimen. Fue el 21 y 22 de octubre, precisamente cuando
    el primer grupo de presos llegaba a Miami, y otro grupo de exiliados
    esperaba en Kingston, Jamaica, por un avión que los transportara a La
    Habana.

    Entre ellos estaba María Cristina Herrera, quien no se encontró en la
    capital jamaiquina muy a gusto, que digamos. “Aquello fue un
    espectáculo, había de todo… ‘la flora y la fauna’, como los bauticé.
    Estaban tan nerviosos, que gritaban, se abrazaban”.

    Aún recordaba Herrera de cómo cuando anunciaron la salida, todo el mundo
    corrió atropelladamente hacia el avión. “Aquello fue patético”. Durante
    el vuelo, para bajar la tensión, comieron y tomaron como unos
    desaforados, añadió.

    Pero al llegar, tuvieron el primer indicio del tratamiento de alfombra
    roja que el gobierno les proporcionó. Muchos de los exiliados tuvieron
    derecho a escoltas personales, y a Herrera le tocó un funcionario
    llamado Roberto Carvajal.

    “Coño, es un policía, me dije cuando lo vi”, recordaba Herrera. “Pero
    no, a la larga demostró ser una buena decisión porque él me atendió muy
    bien. Era sobrio, idóneo, mesurado. No era gente de teques”.

    Durante los encuentros con Castro y altos miembros de la dirigencia del
    régimen, los exiliados plantearon sus puntos de vista. Algunos incluso
    tenían su agenda propia, pero como recuerdan varios participantes, el
    gobierno cubano no prestó atención a ninguna.

    Según Herrera, Castro propició ese diálogo, porque estaba a punto de
    asumir la presidencia del Movimiento de Países No Alineados y necesitaba
    dar una imagen de tolerancia. “Si Cuba convertía a los gusanos en
    mariposas daba una imagen más acorde con los No Alineados y la
    presidencia de Estados Unidos. Además, a muy largo plazo podría trabajar
    en un cambio de química en las relaciones con la comunidad [exiliada]”,
    reflexiona.

    Para Padrón, quien participó en el proceso, porque “mi corazón lo
    ordenó”, lo más importante de las gestiones fue la liberación de los
    3,600 presos, aunque hasta hoy, “no se ha resuelto el problema grave que
    hay entre los extremistas de ambos bandos, que mantienen en el medio a
    un pueblo indefenso y lleno de miedo”.

    En la tercera reunión, el 8 de diciembre, el gobierno y los delegados
    acordaron la liberación de más presos, al tiempo que decidieron enviar a
    Washington una comisión para convencer a la administración Carter a
    darles visas de entrada a Estados Unidos a todos.

    Fueron momentos en que tuvieron de luchar contra gran parte del exilio,
    que hasta hoy los condena por haberse sentado a la misma mesa con
    Castro. Se siguió una ola terrorista. Dos de los participantes en el
    diálogo fueron asesinados. Benes quedó arruinado.

    Aun así, la mayoría de sus protagonistas, coinciden en que el diálogo
    fue valioso, ya que sirvió de antesala al éxodo del Mariel, provocado
    por el regreso a Cuba de miles de exiliados, que del fondo de sus
    maletas sacaron a relucir el producto de sus esfuerzos, y terminó
    provocando un fuerte cataclismo en los pilares políticos que el régimen
    trató de inculcar a la población, durante las dos primeras dos décadas
    de proceso revolucionario.

    Irónicamente, todavía no había empezado el año de 1979, y ya Fidel
    Castro andaba explicando a los militantes del Partido Comunista el
    porqué del diálogo, que nadie parecía entender. “Ellos no entendían que
    los gusanos se habían transformado en mariposas. Aunque en esos primeros
    20 años lograron aislar a los cubanos, a partir de ese momento se abrió
    el dique y se llenó la presa”, observó Herrera.

    Nace una industria

    Para el empresario cubanoamericano, Francisco González Aruca, todo el
    proceso del diálogo tuvo una importancia enorme, porque representa el
    nacimiento de una industria multimillonaria cuando a los exiliados se
    les permitió comenzar a viajar directamente a la isla a ver sus
    familiares, una industria que surgió bajo el signo de la independencia.

    “A partir de ese momento, en el sur de la Florida, se crean una serie de
    empresas, las agencias de viajes a Cuba, que por primera vez, no
    dependen de los intereses [políticos y comerciales] creados”, dijo
    González Aruca. Uno de los socios de esa industria es el gobierno cubano
    y el otro, una serie de empresarios locales que no arrastran un pasado
    anticastrista. Ni les interesa.

    El diálogo fue, además, el inicio de un proceso de aproximación del
    régimen al exilio que, a excepción del presidente Carter, no contó con
    el beneplácito de sus sucesores republicanos. Con Ronald Reagan y los
    Bush, padre e hijo, se irguieron decenas de barreras a esos contactos.
    Hoy día, Benes, Padrón, María Cristina (falleció el 2010) y Gustavo
    Godoy, están retirados en sus casas, pero sin lamentar el pasado. “Ni me
    arrepiento, ni tengo que pedir disculpas a nadie”, sostiene Benes.

    Source: El diálogo que puso a dar explicaciones a Fidel Castro | Cuba –
    www.diariolasamericas.com/america-latina/el-dialogo-que-puso-dar-explicaciones-fidel-castro-n4110794

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