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    Trastorno de la personalidad en Cuba

    Trastorno de la personalidad en Cuba
    ARIEL HIDALGO

    Si en un país teóricamente todo pertenece a todos, en la realidad nada
    pertenece a nadie, y por tanto las propiedades están expensas a ser
    explotadas por aquellos que detenten cierto grado de autoridad, por lo
    que una burocracia corrupta disfruta de las empresas como si fueran
    suyas pero las derrocha como si fueran ajenas, de modo que en el
    centralismo monopolista de Estado que rige en Cuba la ley económica
    fundamental –ley que se cumple sin que nadie la haya enunciado–, es la
    contradicción entre la propiedad estatal y la apropiación privada. Se
    afirman que las administran en nombre del pueblo, pero… ¿quiénes
    designan a esos burócratas? Pues los de arriba. Cierto que esos de
    arriba han procedido a aplicar numerosas purgas, pero evidentemente han
    sido incapaces de detener esa corrupción, pues el problema no reside en
    individuos corruptos sino en aquello que los convierte en corruptos,
    como las hojas enfermas de un árbol, cuando el mal reside en la raíz
    misma de ese árbol: las relaciones de producción generadas por la
    propiedad estatal. Podrán destituir a uno o a varios burócratas, pero no
    a la burocracia en su conjunto, pues al controlar directamente los
    medios de producción, adquieren un poder especial que los convierte en
    lo que todo el mundo sabe y pocos se atreven a decir claramente: una
    nueva clase social dominante.

    Cosas como éstas escribía en 1980 un joven escritor y profesor de
    Filosofía Marxista de un preuniversitario, razón por la que fue detenido
    e interrogado. Al escuchar el oficial de Seguridad de sus propios labios
    su propuesta de que los funcionarios, en vez de ser designados por
    méritos políticos desde arriba, lo fueran desde abajo por su capacidad,
    dándoles a los trabajadores voz y voto en los asuntos de las empresas,
    como elegir a sus propios administradores, exclamó: “¡Usted está
    completamente loco!” Y lo envió a un manicomio.

    Los psiquiatras certificaron “trastorno de la personalidad”. Como al
    salir de allí seguía repitiendo lo mismo, fue condenado a ocho años de
    privación de libertad acusado de “revisionista de izquierda”, con un
    acápite donde se ordenaba que sus obras fueran destruidas “mediante el
    fuego”. Y como en la prisión continuaba hablando igual, fue separado de
    los demás reclusos e incomunicado indefinidamente en una celda tapiada
    de un área especial para condenados a muerte. ¿Qué temían sus captores
    al adoptar tantas medidas de seguridad, incluyendo la quema de sus
    escritos? ¿Acaso para que la contaminación no trastornara también la
    personalidad de otros ciudadanos? Pero al parecer todas estas medidas
    para mantener a aquel “trastornado” profesor en una hermética cuarentena
    fueron inútiles, porque comenzaron a escucharse, entre las propias filas
    del poder, algunas voces disonantes. ¿Acaso el virus de aquella extraña
    locura había atravesado muros y cerrojos? En verdad, más subversivo que
    las palabras de un hombre… era la realidad misma.

    Filósofos, estadistas y cardenales intercederían por el confinado. “Ya
    lleva más de un año en hermético aislamiento”, pensaron los opresores.
    “Debe haber escarmentado”. Y lo juntaron con los demás presos. Y
    entonces se unió a otro prisionero que proponía un viejo proyecto de
    crear un comité de derechos humanos y entre los dos redactaron la
    primera denuncia de lo que sería el primer grupo disidente de un gran
    movimiento destinado a extenderse por todas las ciudades y campos de Cuba.

    Llegaron y lo amenazaron con abrirle una nueva causa para aumentarle la
    condena y él contestó que aguardaría por los papeles para firmarlos. Y
    sus denuncias continuaron atravesando muros y rejas para cruzar los
    mares y alcanzar otras tierras. Finalmente, tras siete años de prisión,
    el ministro del Interior le envió un mensajero: le darían la libertad a
    condición de que se fuera del país, que si no aceptaba, jamás lo
    excarcelarían, con una clara alusión de que podría morir en prisión de
    muerte “natural”. Aceptó y poco después lo trasladaron escoltado hacia
    el aeropuerto.

    Al año siguiente sería aquel propio ministro quien moriría en prisión de
    muerte supuestamente natural. Y siete años después varios miembros de un
    centro creado por el propio Partido Comunista, fueron anatematizados por
    llegar a conclusiones muy similares a las de aquel profesor.

    Parafraseando a Henry David Thoreau, aquel filósofo norteamericano que
    fue a prisión por negarse a pagar impuestos en protesta por la guerra de
    rapiña contra México, si un solo hombre se opone a la injusticia y está
    dispuesto a ir a la cárcel por esa idea, ese será el principio del fin
    de esa injusticia.

    Escritor e historiador.

    concordiaencuba@outlook.com

    Source: Corrupción y trastorno de la personalidad en Cuba | El Nuevo
    Herald –
    www.elnuevoherald.com/opinion-es/opin-col-blogs/opinion-sobre-cuba/article100479867.html

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