Carceles en Cuba
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    La Terminal 2

    La Terminal 2
    septiembre 6, 2016 2:09 pm

    La Habana, Cuba, Eduardo Martínez, (PD) El Aeropuerto Internacional José
    Martí, en La Habana, es uno de los más veteranos del planeta. Fue
    construido cuando los aviones necesitaron una pista sólida donde
    aterrizar pues ya comenzaban a hacerse inoperables los hidroaviones de
    doble ala que amarizaban justo frente al Malecón, al costado de la ya
    desaparecida Cárcel de Tacón y el inicio del Prado. A esta primigenia
    línea de aeroplanos les tomaba cuatro horas volar desde La Habana hasta
    Cayo Hueso, en la puntica de la Florida, cuando allí aún no se había
    construido la autopista de enlace con tierra firme pero sí había muchos
    cubanos laborando directamente o relacionados con el próspero negocio
    del tabaco.

    Hoy las antiguas instalaciones y la torre de control, edificadas en la
    finca Rancho Boyeros al final de los años cuarenta del siglo XX,
    conforman la Terminal Uno destinada para vuelos domésticos.

    La Tres es la más moderna, la que cuenta con más espacio y procesa a
    todos quienes arriban de cualquier parte, excepto de los Estados Unidos.
    La cuatro es la de carga. La Cinco situada al final de la pista, hacia
    el oeste, acomoda vuelos de las aerolíneas Aero Caribean -un
    desprendimiento de Cubana de Aviación para asumir todo lo informal y
    donde van a parar todos los aviones que son dados de baja por horas de
    vuelo como los DC3, hoy aerotaxis, Un Il18 y algunos Il62- y
    Aerogaviota, dotada con antiguos pero fuertes aviones militares como los
    An 26 y 30, pertenecientes al ejército pero hoy reformados y destinados
    al turismo y demás asuntos delicados). Área bien alejada de todos los
    centros urbanos donde son recibidos todos los colaboradores y
    cooperantes internacionalistas que retornan al país. Esta es una
    terminal pequeña, la menor.

    La Terminal 2 le sigue en tamaño. Fue destinada y construida
    especialmente en los años ochenta para recibir y procesar a todos los
    vuelos que arriban desde los Estados Unidos o salían para allá.

    Los aviones de algunas aerolíneas foráneas que eran autorizados a volar
    al Caribe, como la Cóndor, la Gulfstream, etc., no podían permanecer la
    noche en suelo cubano, por lo tanto, esta terminal solo labora de día y
    sus frecuencias no son muy intensas.

    Las aeronaves de mediano porte aterrizan en la pista común y única de
    este envejecido aeropuerto y se desplazan hasta casi al inicio de la
    punta Este donde se deshacen de las cargas humanas y de equipajes de
    todo tipo que traen los cubanos, siempre pasados de peso (los equipajes,
    quiero decir).

    En esta Terminal 2 la vigilancia es mucho mayor que en la tres o las
    otras juntas. Tanto los medios técnicos como los humanos son muy
    superiores a los otros lugares de llegada. Aquí arriban algunos
    norteamericanos medio perdidos y muy autorizados, pero la mayoría de los
    pasajeros son “ex-cubanos” (como dicen últimamente) y eso puede ser muy
    peligroso: enemigos internos que en algún momento desertaron en busca
    del pasto más verde sin importarle su pueblo y su Revolución que tanto
    hacía por ellos.

    Cada funcionario de emigración que labora ahí tiene delante de sus ojos
    una extensa lista negra de personas quienes no pueden ingresar a nuestro
    suelo por muy diversas causas, casi siempre de corte político. Si uno de
    estos personajes llega intentando penetrar las fronteras de esta cárcel,
    perdón, isla, es detenido y se le confina a una oficinita sin ninguna
    explicación hasta cuando pueden colocarlo en un próximo vuelo de retorno
    a Yanquilandia, sin que tenga que mediar pago compensatorio alguno.
    Imagínense el nivel de encabronamiento de estas personas, en ocasiones
    familias completas, incluyendo niños.

    Esta es la terminal más política de todas. Alrededor han instalado una
    alta doble cerca, de alambres y de bloques con púas en la parte
    superior, que impide totalmente la visibilidad hacia el interior del
    aeródromo y aporta una más fuerte impresión represiva-carcelaria.

    Hay casi un kilómetro entre la zona que han destinado al parqueo de los
    autos a pagar en cup y el estacionamiento en cuc, también moneda
    nacional pero con privilegios. Afuera hay varios empleados de Etecsa, o
    eso parecen, vendiendo meriendas bastante atractivas a un Cuc. Avanzando
    por la acerca hacia la Terminal se cruzan los jardines y los separadores
    que limitan el estacionamiento en Cuc.

    Hay aquí tan solo dos o tres autos modernos, ninguno viejo. Se cuentan
    muchos policías, generalmente infantes jóvenes, moviéndose perezosamente
    por los accesos y por las cafeterías a los costados del andén donde se
    ve un inquietante tumulto. Más bien dos tumultos diferentes frente a las
    dos únicas y amplias puertas de cristal automáticas deslizantes hacia
    los lados. A la derecha una cafetería y a la izquierda un par de
    oficinas ocultas en lo alto detrás de una escalera. La puerta de la
    derecha es para quienes llegan, la de la izquierda para quienes se
    devuelven o se machan por primera vez, definitivamente.

    Las multitudes son diferentes. En ninguna parte del planeta tantas
    personas van a recibir o a despedir a sus seres queridos como aquí en
    esta Terminal 2. Esto es clásico de los cubanos, nacionalidad que como
    otras pocas hemos estado divididos en dos grupos artificialmente
    antagónicos, delimitados casi únicamente por sus signos políticos.
    Quienes permanecen en la isla son los de izquierda (el insilio), los
    buenos. Los que se van al exilio son los de derecha, los malos. Eso nos
    han hecho creer por más de cincuenta años como un cuento barato y mal
    redactado.

    En el molote de la izquierda están quienes retornan al exilio y viajan
    muy ligeros de equipaje, muchas veces sin equipajes, porque todo lo han
    dejado aquí a sus familiares. Se van contentos por regresar al
    desarrollo y la libertad, tristes porque dejan a los suyos detrás, en
    muchas ocasiones seres muy entrañables a quienes no saben cuándo
    volverán a ver. Se despiden delante de las puertas deslizantes porque no
    permiten ingresar a la sala de procesamiento a los familiares, siempre
    son demasiados. Llevan en sus corazones esa mezcla de sentimientos que
    los marca y los pone rabiosos contra quienes han provocado todo esto.

    Otros no encuentran la forma de zafarse de hijos, o madres, el amante,
    el familiar allegado quienes no cesan de regalarles consejos de todo
    tipo para cuando arriben.

    “Fefita, recuerda que cuando llegues al aeropuerto de Miami tienes que
    tener el sobre amarillo sellado en tus manos. Así es como Inmigración te
    identifica.” “Sí mami. No te preocupes que todo saldrá bien”, responde
    la joven y empuja un ligero maletín tras las puertas corredizas. De
    pronto corre de vuelta y se abraza de un joven que la ha estado
    observando callado, con los brazos cruzados sobre el pecho y los labios
    mordidos. Tienen lágrimas en los ojos. Probablemente cuando vuelvan a
    verse habrán pasado años y ya no serán iguales. Ya nada será igual. Ella
    se suelta y corre hacia las puertas de cristal que se cierran tras su
    ligera figura como unas fauces voraces, eternas, definitivas.

    Afortunadamente han entintado los cristales y no se alarga la agonía de
    las despedidas definitivas. La mayoría se marcha en silencio, enjugando
    lágrimas, rumiando sentimientos tristes, alegres.

    Sin embargo, el grupo posiblemente más numeroso es el de la derecha.
    Aquí todo el mundo está contento.

    Delante de las puertas corredizas se ha acordonado un espacio de nadie,
    tierra de nadie, donde se malhumoran varios agentes de la seguridad
    interna del aeropuerto. Controlar a este molote para que se mantenga
    detrás de los muy ligeros límites conformados para otras naciones más
    normales y menos alebrestosas como una cinta resistente y varios
    soportes metálicos, tubos niquelados de un metro de alto que se caen
    continuamente por el empuje de los que esperan, es una tarea sumamente
    difícil y hay que poner cara de circunstancia, es decir, fea.

    Se ve a todo tipo de personas apretujándose contra la débil cinta. Se
    ven niños, mujeres y hombres, muchos de ellos con botellas de ron medio
    vacías celebrando anticipadamente a pico de recipiente la llegada de
    algún socio o ser querido. Borrachos y medio ya para cuando sale el
    esperado.

    Hay bulla, mucha bulla a cargo de personas quienes gritan algún nombre
    de alguien a quien han creído divisar cuando se abre la puerta
    momentáneamente para dejar salir a alguno.

    El espectáculo es kafkiano, surrealista en extremo. Algunos pasajeros
    traen tres o cuatro sombreros tejanos en una sola cabeza, o parecen
    extremadamente gordos debido a las varias mudas de ropa que visten para
    que la Aduana no se las decomise o les cobre impuesto sobre los
    artículos que ingresan de más.

    Otros, casi siempre hombres, portan alrededor del cuello varias gruesas
    cadenas de aparente oro y algunas prendas en los dedos que en La Habana
    Vieja constituyen una segura sentencia de muerte.

    La mayoría arrastra los ya muy conocidos maletines llamados gusanos,
    alargados fardos, casi siempre negros de churre, donde cabe medio edificio.

    Los medicamentos exentos de impuesto siempre se cargan en jabas de nylon
    fuerte pero transparente para que la Aduana no registre innecesariamente.

    Casi todos se asustan cuando ven al barullo por donde tienen que pasar,
    o se intimidan pues no pueden identificar a nadie hasta cuando alguien
    grita su nombre y cierta parte del grupo levanta las manos en saludo.

    Cuando finalmente sale, le quitan el manejo del carrito metálico donde
    trae la pacotilla, le abrazan, le mojan con ron, quieren que beba. Les
    presentan a los familiares que no conoce y literalmente le arrastran
    hasta el almendrón que acaban de llamar con el celular al
    estacionamiento, en cup para que los recoja. Todos, no importa al
    número, de alguna forma se meten dentro del carro y parten ruidosos y
    contentos hacia la ciudad a celebrar varios días consecutivos.

    ¿Cambiará esto con el sostenido aumento del arribo de norteamericanos a
    Cuba y la futura nueva administración francesa del aeropuerto?
    eduardom57@nauta.cu; Eduardo Maro

    Source: La Terminal 2 | Primavera Digital –
    primaveradigital.net/la-terminal-2/

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