Carceles en Cuba
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    Conversación con el escritor fantasma

    Conversación con el escritor fantasma
    En esta entrevista Ángel Santiesteban habla acerca de sus inicios en la
    literatura, su preferencia por el cuento, los autores con quienes más se
    identifica, y también sobre sus choques con la censura y sus dos
    estancias en la cárcel
    Carlos Espinosa Domínguez, Misisipi | 03/06/2016 3:19 pm

    De seguro habrá quienes piensen que la publicación de esta entrevista
    responde a oportunismo de este cronista. A comienzos de esta semana se
    dio a conocer que el PEN Club de Suecia había designado a Ángel
    Santiesteban, junto con Jorge Olivera, miembro de honor. Sin embargo,
    juro solemnemente que ha sido obra de lo que Lezama Lima definió como el
    azar concurrente. Tenía programado que el texto de marras saliese esta
    semana, una vez que recibí el texto revisado por Santiesteban.
    Ya antes, en febrero de 2013, había publicado en este mismo diario un
    artículo bastante extenso sobre su obra narrativa. O mejor dicho, sobre
    los tres libros que entonces tenía publicados. Con ellos había sido
    galardonado con los premios más importantes que se conceden en la Isla,
    el UNEAC, el Alejo Carpentier y el Casa de las Américas. Pero el hecho
    de que abordaba asuntos que incomodaban a los comisarios y censores y,
    sobre todo, el haber iniciado un blog que incluía comentarios críticos
    sobre la realidad política, lo convirtieron en un autor defenestrado y
    dieron lugar además a su segunda condena carcelaria. A partir de
    entonces, pasó a ser un escritor innombrable y proscrito, un escritor
    fantasma. Un alto precio que él, sin embargo, acepta pagar por defender
    sus principios y no traicionarse a sí mismo.
    Cuando escribí sobre Santiesteban, yo no lo conocía personalmente. Lo
    vine a conocer casi dos años después, durante mi penúltimo viaje a La
    Habana. Pensé que era además la ocasión idónea para escribir nuevamente
    sobre él, pero ahora dándole la palabra. Le propuse entrevistarlo, algo
    a lo cual accedió con mucha amabilidad. El texto que sigue es el
    resultado de aquella conversación.
    En una entrevista declaraste que tu primer pensamiento literario surgió
    a los 18 años, cuando te encontrabas preso en La Cabaña por el “delito”
    de haber ido a despedir a tu familia que se iba clandestinamente del
    país. ¿Recuerdas cuáles fueron esos primeros cuentos que escribiste?
    Lo primero que yo escribí fue en realidad una novela sobre los
    palestinos. Aún tengo el original, que está escrito a mano. Era la
    historia de unos jóvenes que quedan en la retaguardia del ejército
    israelí y desde allí comienzan a causarle bajas, hasta que terminan
    inmolándose. Creo que respondía a la educación que uno había recibido en
    ese momento. Lo curioso es que yo empiezo a escribir en la cárcel, pues
    como tú dices había acompañado a mi familia que se iba a en una lancha.
    Entonces yo era camilito y lo vieron como una traición o algo así. A la
    Fortaleza de la Cabaña entré en junio de 1984, dos meses antes de
    cumplir 18 y salí dos meses después de cumplir 19. En el juicio me
    dijeron que se había cometido un error, porque entre hermanos no había
    delito de encubrimiento, y debido a eso no me sancionaron. Pero ya había
    estado 14 meses preso, aunque no en el mismo lugar. Nueve meses los pasé
    en la Cabaña y los otros cinco, en Micro X, una prisión de trabajo
    forzado donde tuve que contribuir a la construcción de edificios en Alamar.
    Yo creo en Dios y pienso que pasé esos 14 meses en la cárcel porque Dios
    lo hizo para sacarme de la vida militar. En ese tiempo, yo aún estaba en
    la etapa ingenua y quería licenciarme en Mando en Tropas Tácticas. Hasta
    ese momento, a mí nunca un policía me había parado ni para pedirme el
    carnet de identidad. Y de pronto me vi metido en un mundo del que yo no
    tenía idea, un lugar donde había mucha violencia. Para liberarme de la
    presión sicológica que significaba estar inmerso en esa locura, comencé
    a escribir mentalmente una historia.
    No sabía ni siquiera que estaba creando una historia. Era un
    entrenamiento mental para escaparme de esa realidad que estaba ahí. La
    historia sobre los palestinos empezó a ser más fuerte, al punto de que
    ya no podía dormir pensando en ella. Yo nunca había conocido a un
    escritor y no sabía nada de literatura, pero llegué al convencimiento de
    que si escribía quizás mi mente se liberaría de esa continua escritura
    mental y me dejaba tranquilo. Podía ser un modo de exorcizar esa
    historia. Y empecé a escribir.
    Hubo un momento en que los presos se enteraron de que yo estaba
    escribiendo una novela y comenzaron a preguntarme: ¿Yo estoy en esa
    novela? A partir de ahí, me di cuenta de que podía escribir una novela
    en la que ellos estuvieran. Pasé entonces a escribir unas historias con
    ellos y sobre ellos, por supuesto unas historias muy malas. Ya después
    de que salí de la cárcel, me enteré que existía un Taller Literario en
    10 de Octubre. Allí conocí a Mercedes Melo, Chachi, la madre de Abel
    González Melo, quien en ese momento era muy chiquito, un niño rubiecito
    y de ojos azules, como este que está aquí. Ahí empiezo a presentar en el
    taller algunas historias, aunque no sobre la cárcel, pues entonces era
    algo que yo ocultaba porque me daba vergüenza. Participé y gané el
    concurso provincial y después el nacional.
    En ese tiempo además es cuando empiezo a escribir sobre Angola, por la
    similitud que descubrí entre un preso y un soldado. Mandé al Premio Juan
    Rulfo un cuento que se llama “Sueño de un día de verano”. Realmente yo
    lo que quería era recibir el criterio de un jurado internacional. Quería
    saber si mi literatura funcionaba fuera de Cuba, si parecería
    interesante o aburrida, si su temática era demasiado regionalista. Y
    para mi sorpresa, me dieron una mención. Severo Sarduy era miembro del
    jurado y me mandó una carta felicitándome. Me dijo que había hecho algo
    que no sabía si a mí me iba a molestar: había entregado mi cuento para
    que lo publicaran en Le Monde Diplomatique, por lo cual iba a recibir un
    dinero. Y que también lo había mandado a la revista El Cuento, de
    México. Esas fueron las primeras historias que yo escribí.
    Tu primer libro, Sur: latitud 13, ganó el Premio UNEAC en 1995. Pero no
    se publicó hasta 1998 y además salió con el título de Sueño de un día de
    verano. ¿Por qué la demora y por qué el cambio de título?
    Ese libro tiene una historia anterior. En el año 92, lo envié al Premio
    Casa de las Américas. Ese año, Abilio Estévez era el jurado cubano.
    Recibí una llamada de los funcionarios de la Casa para notificarme que
    mi libro había ganado. Cuando llegué ese día a las 8 de la noche para
    recoger el premio, me notificaron que mi libro no era el premiado. Luego
    Abilio me llamó a un lado y conversó conmigo. Su primer comentario fue:
    Ah, pero si eres un niño. Y después, muy compungido, me contó lo que
    había pasado: Perdóname, pero no pude hacer nada para defender tu libro.
    La Seguridad del Estado te quitó el premio.
    Es una historia que él ha hecho muchas veces. Cuando estaba en el hotel
    Riviera, lo llamaron por el audio: Señor Abilio Estévez, preséntese en
    la habitación número tal. Cuando llegó a la habitación, había tres
    hombres desconocidos que le dijeron: Ese libro no puede ser premiado.
    Trata sobre la guerra de Angola y no es esa la visión que nosotros
    queremos que se tenga de esa guerra. Y Abilio no tuvo más remedio que
    aceptar. Eso mismo hicieron con la escritora argentina Luisa Valenzuela,
    quien también formaba parte del jurado. Amir Valle ha dicho que ese año
    fue premiado el peor libro de la historia del Premio Casa de las
    Américas. Es de un peruano, Dante Castro creo que se llama.
    En el año 94 lo volví a enviar a la Casa de las Américas, pero esa vez
    la Seguridad tuvo más cuidado y se ocupó que mi libro no llegara a
    competir. Una de las trabajadoras me confesó que no se lo llegaron a dar
    al jurado. Me dijo: Tú no estás compitiendo. Tu libro y el de Guillermo
    Vidal nunca llegaron a manos del jurado. Los pusieron en una cajita y
    aquí están. Estaba hablando conmigo por teléfono y me dijo: La cajita la
    tengo debajo de mi buró y casualmente tengo los pies encima de ella.
    Como truco, le cambié el título al libro y al año siguiente lo mandé al
    Premio UNEAC y ganó. Esta vez no intervino la mano de la censura. Abel
    Prieto, quien entonces era presidente de la UNEAC, me mandó a buscar y
    me dijo: Ángel, en todo mi período al frente de la UNEAC nunca se ha
    censurado un libro. Todos se han publicado sin problemas. Ayúdame con el
    tuyo. Necesito que elimines cinco de los cuentos. Me comentó que
    específicamente había uno titulado “Los olvidados”, que no se podría
    publicar ni en el año 2025. Yo le comenté que no me interesaba obtener
    la fama, pero si llega quiero que sea por razones literarias, no gracias
    al escándalo. Y le dije: Si mi libro va a salir cercenado, prefiero que
    no se publique. Olvídate del libro. Yo no voy a hacer ninguna bulla,
    dejaré que el hecho pase inadvertido. Pero no quiere que mi libro salga
    cercenado. Aceptar que saliera sin esos cuentos me parecía una traición,
    la peor de todas, la de traicionarme a mí mismo
    Pasaron unos dos años y Abel me mandó a buscar de nuevo. Me insistió en
    que necesitaba sacar mi libro, que la gente estaba preguntando. Dime en
    qué te puedo ayudar. No, no me puedes ayudar en nada, le contesté. Solo
    en que mi libro se publique completo o que no salga. Él insistió: ¿Tú
    tienes carro? Sí, yo tengo carro. ¿Y apartamento? Sí, yo tengo
    apartamento. Yo te puedo conseguir un apartamento donde tú quieras.
    Ahora mismo tengo apartamentos en Cojímar. También te lo puedo buscar
    aquí en el Vedado, aunque para eso tengo que hablar con Lage. Yo hablo
    con él y me lo da.
    Recordé entonces que la mujer de mi hijo tiene familia en Cojímar y su
    sueño era vivir allí. Cuando Abel me habló del apartamento, pensé: Vamos
    a decir que estos cuentos son un producto y que me los están comprando.
    De todas formas, si yo los mando a una editorial en el extranjero y a
    ellos les interesan unos y otros no, me van a decir: De este libro, solo
    nos interesa esta parte, y es por esos cuentos que publiquen por los que
    me pagarán. En cambio, este hombre me está pidiendo que saque cinco
    cuentos y a cambio me está pagando por ellos un apartamento en Cojímar,
    que en ese momento costaba 8 mil dólares. Estoy vendiendo cinco cuentos
    por los que me pagan, y que además me quedan inéditos.
    Esa es, en resumen, la razón por la que el libro no salió hasta 1998.
    Todo ese tiempo estuvo en el bregar de si me lo publicaban o no. Salió
    con un diseño muy feo, que parece hecho para una caja de detergente. Fue
    hecho ex profeso, para que el libro no llamara la atención y pasara lo
    más inadvertido posible. Y prácticamente no se distribuyó.
    En la década de los 60, se publicaron los libros de cuentos de Jesús
    Díaz, Norberto Fuentes y Eduardo Heras León, que dieron lugar a que se
    hablara de la narrativa de la violencia. ¿Reconoces alguna influencia de
    ellos en tu obra?
    Sí, por supuesto. Eso además entronca con la violencia que yo había
    vivido en la prisión. Así que esa literatura fue la que más me motivó.
    Isaac Babel, Juan Rulfo, Ernest Hemingway también me impresionaron
    mucho. Me nutrí de todos ellos y a partir de esas lecturas fue que
    empecé a escribir mis vivencias. Hay algo curioso y es que el
    internacionalista sobre el que yo escribo es en realidad un preso. Yo
    descubrí que el soldado internacionalista añoraba lo mismo que añora un
    preso. Los que estuvieron en Angola y leyeron mi libro me comentaron:
    Esto es así como tú lo describes. ¿Tú estuviste allá? Por supuesto, les
    dije que no había estado. Hubo personas a las que incluso he tenido que
    mentir. Se pusieron a contarme sus historias y yo me quedé callado,
    porque me daba vergüenza confesarles que yo no había estado en Angola.
    Como te digo, el soldado que yo describo es en realidad un preso
    añorando regresar a su vida normal. Es el hombre que tiene miedo a
    morir, a complicarse. Todo eso sale del preso que yo tenía dentro, de mi
    experiencia en la cárcel. Esa vivencia me ayudó a establecer un paralelo
    con el internacionalista. Es decir, que ese sentimiento del soldado yo
    lo escribí basándome en el sentimiento del preso.
    A propósito de mi pregunta anterior, ¿con qué autores contemporáneos
    tuyos te sientes literariamente más identificados?
    Está Amir Valle, a quien siento muy cercano en esta descripción de la
    violencia actual, y sobre la cual no se puede escribir. A él también le
    hicieron pagar por violar esa ley. Otro autor para mí entrañable es el
    tunero Guillermo Vidal. No se me ocurre ningún otro escritor de mi
    generación.
    En Los hijos que nadie quiso y Dichosos los que lloran, haces una
    ampliación del tema de la violencia y lo extiendes a otros planos.
    ¿Acaso querías salir del ámbito de la guerra?
    Los hijos que nadie quiso es un libro que recoge los cuentos censurados
    de Sueño de un día de verano. Por eso le puse ese título. Ahí está, por
    ejemplo, “Los olvidados”, y al dedicarle un ejemplar del libro a Abel le
    puse de puño y letra: 24 años antes de la predicción. Como te comenté
    antes, él me había dicho dijo que ese cuento no se publicaría ni en el
    2025. Dichosos los que lloran es, a su vez, un remanente de Los hijos
    que nadie quiso.
    En Los hijos que nadie quiso incluí también unos cuentos que la Casa de
    las Américas me había pedido, para un dossier sobre jóvenes narradores
    cubanos. Me pidieron uno y yo tuve la delicadeza de entregarles cinco
    para que ellos escogieran. Pero al final, no incluyeron ninguno en el
    dossier. Yo hubiera entendido si fuese porque literariamente no les
    gustaron los cuentos, pero me dijeron que daban una visión crítica de la
    realidad cubana y que por tanto no les interesaban. Esa fue otra de las
    razones que me llevó a escribir Los hijos que nadie quiso.
    Iroel Sánchez me dijo que la Asociación de Combatientes de Cuba se había
    quejado a través de una carta, exigiendo explicación por la publicación
    de ese libro. Y en un plano más personal, me comentó que compañeros que
    estuvieron con él en Angola le criticaban que bajo su etapa como
    presidente del Instituto del Libro hubiera salido aquella despiadada
    visión de la guerra. Yo le pregunté si el libro mentía. Ese es el
    problema, me respondió, que sabemos que fue así o incluso peor. Pero el
    enemigo se aprovecha de nuestras debilidades para atacarnos. No podemos
    darle el pretexto.
    Después salió Dichosos los que lloran, con el que gané el Premio Casa de
    las Américas, y que es el tercer y último libro mío que se publicó aquí.
    Como te comentaba antes, es un remanente de las otras historias. Fue
    además una deuda que yo tenía conmigo mismo, para acabar de exorcizar
    todas esas historias que tenía dándome vueltas. Y contestando tu
    pregunta, con ese libro sí quise salir del tema de la guerra de Sueño de
    un día de verano.
    El verano en que Dios dormía es tu primera incursión en la novela. ¿Por
    qué era ese un tema para ese género y no para el cuento?
    Nunca fue un tema para una novela. Yo me atrevería a decir que no sé
    escribir novela. Me cuesta mucho trabajo. El verano en que Dios dormía
    son historias separadas que yo traté de unir, traté de coserlas e
    hilvanarlas para que fueran una novela. La novela que acabo de terminar
    es igual: son historias que yo trato de unir para que tengan un sentido,
    pero en realidad son historias independientes. No sé si yo pueda
    escribir una novela que no me salga con este lastre de escribir cuentos.
    El verano en que Dios dormía nunca debió ser una novela y como escritor,
    yo no estoy satisfecho con ella.
    También debo decir que la tuve que terminar en la prisión para mandarla
    al Concurso Franz Kafka. Esa novela estaba escrita desde hacía diez
    años. Creo que en una semana la revisé, le quité unas 200 páginas.
    Recuerdo que un día estaba encima de la litera y pensé: Gracias, Dios
    mío, por mandarme para acá. Porque era la única manera de darle
    terminación a la novela. Había un preso que me estaba mirando, me oyó
    decir eso y dijo: ¡Este hombre sí que está loco! Pero mi agradecimiento
    era verdad: si no llego a estar preso, nunca hubiera terminado esa
    novela. Llevaba años ahí tirada, pues yo no tenía ganas de retomarla y
    darla por terminada. Quizás porque yo sabía que no estaba satisfecho con
    ella.
    De tu respuesta deduzco que en el género donde más cómodo te sientes es
    el cuento.
    Sí, mi género es el cuento. Yo un cuento lo escribo de una sentada.
    Cuando empiezo uno, ya sé cómo y en qué va a acabar. Me es fácil
    trabajarlo. Recuerdo que yo quería participar en un concurso, pero lo
    que tenía escrito no llegaba a 80 páginas, que era el espacio mínimo
    exigido. Michel Perdomo, un escritor que ahora vive en España, estaba en
    mi casa y se lo comenté: Tengo 60 páginas escritas. Me faltan 20 para
    llegar a las 80. Necesito dos cuentos más. Me senté entonces y escribí
    “La Puerca”, y luego escribí “La Perra”. Cuando se los enseñé a Michel,
    él se quedó sorprendido y me dijo: ¿Cómo es posible que en dos sentadas
    tú hayas escrito esos dos cuentos tan extensos?
    Aquellos dos cuentos yo no los tenía pensados. Cuando me di cuenta que
    me faltaban para completar el libro, me puse a pensar: ¿Qué historias
    puedo escoger para escribir esos cuentos? Me senté y así salió el
    primero. Aún me faltaban 10 páginas. Me volví a sentar y escribí el
    otro. Pero con la novela no ocurre así, porque al poco tiempo se me
    acaban las ganas, se me acaba la emoción. Esa es la palabra exacta:
    emoción. Cuando yo me siento a escribir un cuento, me mantengo con esa
    emoción hasta el final. En cambio, la novela, por ser más larga, ya es
    más oficio que emoción. Es más oficio de carpintero, de empezar a
    inventarte un aliento, porque el aliento no te puede durar un año ni
    mucho menos. La emoción no te puede durar tanto tiempo y entonces te vas
    enfriando. De hecho, cuando yo empiezo a escribir un cuento y por equis
    razón lo dejo dos o tres días, cuando lo retomo ya no me funciona igual.
    Y cuando eso ocurre, casi nunca lo termino. Por eso cuando escribo
    cuentos trato de hacerlo de una sentada, o por lo menos llevarlo hasta
    el final. Después, por supuesto, le dedico varios días a trabajarlo.
    Pero lo que importa es que la emoción está ahí.
    En 2015 la Editorial Hypermedia publicó un nuevo libro tuyo, Última
    sinfonía. En él incluyes un cuento sobre la violencia en el Holocausto.
    ¿Qué te llevó a abandonar por primera vez el ámbito cubano?
    Fueron varias circunstancias, aunque siempre tomando en cuenta que
    entonces yo estaba preso. Ya de por sí me embargaba ese sentimiento de
    injusticia, de encontrarme en la cárcel sin haber cometido un delito.
    Eso me daba el equilibrio para contar esa historia. En ese tiempo, yo
    sabía que los Santiesteban tienen un origen judío. Pero ignoraba que los
    Prats, que es mi apellido materno, también eran judíos. A todas estas,
    la administradora de mi blog, que es argentina, viene de padres judíos.
    Yo le empiezo a hablar de mi ascendencia judía y ella me contó que
    acababa de encontrar en un bazar un violín de Praga del año 1942 o 1943,
    que debió de haber pertenecido a alguna niña judía que llegó a la
    Argentina, como muchos otros judíos. Y me sugirió: ¿Por qué no escribes
    un cuento sobre eso?
    Yo no le hice caso y en varias ocasiones me insistió. Ella también lo
    que quería era que yo saliese de los posts críticos y de las denuncias,
    y que me dedicara a algún ejercicio como escritor. Tratar el tema del
    Holocausto me llevaría además a escribir sobre otra realidad. Tanto me
    insistió y me dijo que yo podía hacerlo, que al final decidí complacerla
    para que me dejara tranquilo. Pero a partir de cierto momento, comencé a
    sentir que era una deuda que yo tenía como ser humano. Y quizás también
    por mi origen judío por ambas partes, materna y paterna, tenía la
    obligación y la necesidad de escribir una historia como esa.
    En ese libro aparecen tres cuentos que pertenecen a un volumen inédito,
    Zona de silencio. En él vuelves a tratar el tema carcelario. ¿Hay alguna
    diferencia con las narraciones anteriores sobre esa temática?
    En Zona de silencio, yo trato de romper con la escritura realista por la
    que a mí más se me conoce. Yo tenía algunos cuentos del absurdo y esas
    narraciones siempre me estuvieron acompañando. Entonces me propuse
    escribir otros cuentos en esa misma línea, pero ahora sobre el absurdo
    de la realidad cubana. Abordan temas como la censura, la presión
    gubernamental sobre el ciudadano, pero trato de llevarlos al plano del
    absurdo, como lo son en realidad. Después descubrí que Noel Navarro
    tiene una novela hoy olvidada que se llama así, Zona de silencio. Así
    que si publico mi libro, tendré que ponerle Zona del silencio.
    A propósito de la cárcel, me imagino que debe haber sido una experiencia
    dura y terrible. ¿Te han aportado algo como ser humano y como escritor
    esas dos temporadas en el infierno?
    Yo creo que sí me ha aportado, y mucho. Cuando uno está preso, tiene que
    convertirse en un tipo duro para poder sobrevivir en ese mundo tan
    cruel. Ahora bien, las dos experiencias que yo viví fueron muy
    diferentes. Mi experiencia en el año 84 no es igual a la de 2013.
    Aquella primera era una prisión más salvaje. Ahora han tratado de
    “occidentalizarla” un poco, aparte de que en la segunda vez yo era un
    preso político. Siempre estaba en un lugar especial, aunque también
    había más vigilancia sobre mí. Alrededor mío ponían gente que colaborara
    con ellos.
    A los otros presos les prohibían hablar conmigo, y el que lo hacía era
    trasladado a Santa Clara. Se lo decían: Al que veamos hablando con
    Santiesteban lo mandamos para Santa Clara. Yo mismo me encargaba de
    advertirlos: No debes hablar conmigo. ¿Por qué no puedo hablar contigo?,
    me preguntaban algunos. No debes hacerlo porque te van a castigar. Y así
    era. Si alguno se atrevía, después yo me enteraba de que lo habían
    castigado. ¿Te acuerdas de aquel preso que habló contigo? Ahora está en
    Santa Clara.
    Hubo un preso llamado Peter, no se me olvida su nombre. Su mamá había
    sido teniente coronel y tenía un cáncer, pero él no lo sabía. Lo
    mandaron a Santa Clara por hablar conmigo. La madre hizo gestiones en 15
    y K, donde estaba la Dirección de Prisiones, argumentando que estaba
    enferma y no podía ir a verlo a Santa Clara. Y como había sido teniente
    coronel y mostró los papeles de su enfermedad, trajeron de nuevo al hijo
    para la 1580 y allí me lo volví a encontrar. Cuando lo vi, el hombre me
    abrazó llorando y me contó todo lo que había vivido allá. Le quitaban la
    comida, lo golpeaban, todo por el simple hecho de haber conversado
    conmigo. Lo curioso es que nosotros nunca hablamos de política. Pero le
    habían advertido que si hablaba conmigo la iba a pasar mal y,
    efectivamente, la pasó muy mal. Su estado físico era una denuncia de
    todo lo que le habían hecho, y yo me encargué de denunciarlo en un post.
    Yo soy muy sentimental y fácilmente dado a llorar con las películas, con
    los libros que leo y, en general, con todo lo que me conmueve. Y me he
    dado cuenta de que en la cárcel eso ha aumentado. Eso me dio un alivio:
    la prisión no me ha hecho daño, no me ha insensibilizado. Yo me conmovía
    con la realidad de los presos. Cuando los lastimaban, ellos venían a
    denunciar esa situación y yo los ayudaba. Una vez recuerdo que fui a ver
    al mayor Erasmo, jefe de Seguridad de la 1580, y le digo: ¿Usted fue el
    que le dio un piñazo al preso que anda con el ojo azul? El hombre se
    asustó, yo mismo me asusté con su reacción: Yo no he golpeado a nadie.
    ¿Quién es el preso que anda con un golpe en el ojo? Y mandó a buscarlo.
    Traen al preso y Erasmo le pregunta: ¿Yo te golpeé a ti? No, no, usted
    no me golpeó. Y Erasmo se vira para mí: Ya ve, yo no lo golpeé. Él mismo
    le está diciendo que yo no lo golpeé. Así que no me ponga en las
    denuncias que usted hace. Ahí yo me di cuenta de que leían mis posts, de
    que estaban al tanto de lo que yo escribía en el blog.
    En cuanto a lo que esas dos experiencias me aportaron como escritor,
    Hemingway decía que la cárcel acelera la maduración del artista. Creo
    que te hace encontrar una mirada, un pie forzado. Te ayuda a saber cómo
    transformar toda esa miseria en literatura. Antes de ir a prisión, yo
    nunca imaginé que podría ser escritor. Detestaba las letras porque me
    parecía que era un oficio de gente débil. Gracias a la prisión maduré
    con prisa, quemé etapas. Cuando estuve preso la primera vez, tenía 17
    años y no era escritor. La segunda vez fue diferente. Entraba a la
    prisión ya con una mirada artística y con cierto oficio. Sin embargo,
    aprendí que en esas circunstancias uno no mira con la óptica del
    escritor, sino con la óptica del ser humano.
    La prisión ha sido para mí una cura salvadora y una rara fuente de
    alimentación. Contar los sucesos que viví y presencié, me ha servido de
    coraza. Todas esas vivencias las he reflejado en mi novela Dios juega a
    los dados. El título parafrasea una frase de Albert Einstein, quien
    decía que Dios no juega a los dados, es decir, que todo es resultado no
    del azar, sino de un hecho científico. En mi novela hay un momento en
    que los presos discrepan con eso y le piden cuentas a Dios. Dios juega a
    los dados es mi venganza por haber sido enviado a un lugar donde no debí
    estar, donde no debía haber visto lo que vi ni escuchado todas las cosas
    que escuché. Todo eso está ahí, reflejado en mi novela.
    Buena parte de tu obra narrativa parte de experiencias vividas por ti.
    Pero otras no, como es el caso de la guerra de Angola. ¿Qué fuentes
    utilizas cuando abordas temas no vividos por ti? ¿Cómo te documentas, si
    es que lo haces?
    Hago lo mismo que estás haciendo ahora con la grabadora. Cuando existían
    las grabadoras de casetes grandes, iba a casa de los soldados
    internacionalistas, sobre todo aquellos que habían perdido las piernas o
    la visión, y durante horas les grababa su testimonio. Hubo ocasiones en
    que me dijeron: Esta parte te la cuento si apagas la grabadora. Incluso
    a veces eso no era suficiente y me hacían desconectarla de la corriente.
    Lo hacían cuando se comprometían en sus testimonios, pues el miedo los
    obligaba a protegerse al contar hechos delicados. Por ejemplo, sobre
    pésimas órdenes de un alto militar por las que se producían víctimas
    inocentes; o bien sobre hechos cometidos por ellos mismos de los cuales
    se avergonzaban. Ese mismo estudio de terreno hice con los balseros que
    decidieron regresar desde la Base de Guantánamo y con los personajes
    marginales que sobreviven a través del delito.
    Como ya te conté, cuando estudiaba en los camilitos yo quería ser
    militar y luego ir a Angola. Era un camino que tenía trazado ya. Pero
    cuando salí de la cárcel a los 19 años y me quisieron mandar a Angola,
    yo me negué a ir. Sueño de un día de verano responde un poco a la
    búsqueda de las razones por las que no quise ir. También tengo un
    hermano que se llama Jorge y a quien está dedicado el libro. Él todavía
    lleva la guerra sobre su espalda. Era director de una escuela secundaria
    básica en el campo y cuando regresó de Angola vino enfermo de los
    nervios. Ya no fue el mismo que fue para allá, nunca más lo ha sido. Así
    que mi libro es también sobre lo que le había sucedido a mi hermano. A
    él no le gusta hablar sobre eso, pero yo logré ir sacándole cosas.
    Compañeros suyos me contaron otras a escondidas, pues mi hermano no
    quería que yo supiese todo lo que él y sus compañeros habían pasado,
    como soldados y como seres humanos.
    ¿De cuál de tus libros tú te sientes más satisfecho o piensas que
    lograste expresar mejor lo que querías decir?
    Yo creo que el que más me gusta es este libro sobre Angola, Sur: latitud
    13. Años después, yo me lo publiqué aquí en Cuba. Inventé una editorial,
    Emily, que se llama así por Emilia, que es el nombre de mi madre.
    Publiqué el libro con mi dinero. Pagué el diseño y lo edité
    clandestinamente por mi cuenta. Es un libro que parece editado en
    España, de hecho yo puse que se publicó allá. Sí, ese es el libro que
    más me satisface. Y aunque tiene historias fuertes, allí no saco todo lo
    lastimado que estoy, como sí lo hice en Dichosos los que lloran. Estaba
    lastimado igual, porque esos cuentos los escribí después de mi primera
    experiencia en la cárcel. Pero ya traté de no aplicarle la maldad del
    oficio a las historias y las reflejé tal como eran.
    La profesora argentina Luz Rodríguez Carranza publicó un ensayo sobre
    Dichosos los que lloran que tituló “Humano, implacablemente humano”. En
    toda tu obra hay mucho sufrimiento humano, mucho dolor, mucha agonía,
    mucha frustración. ¿Tanto hemos sufrido los cubanos?
    Sí, yo opino que sí. De una manera u otra, todos hemos sufrido: los que
    emigran; los que viven dentro de la Isla con temores; los que alguna vez
    han necesitado fingir para no ser reprendidos ni castigados; los que han
    mentido o mienten y traicionan sus verdaderos pensamientos, todos somos
    víctimas del régimen. Y no solo los que están contra el gobierno. Yo
    creo que los que lo apoyan también han sufrido, porque todos estos años
    de fidelidad, de permanencia, de entrega han sido devastadores.
    Pero más allá de estos casi 60 años, yo creo que hemos sufrido desde
    siempre. Tengo un texto donde digo que desde antes de llegar los
    españoles, había enfrentamientos tribales entre los indígenas. Después
    vino la conquista, la colonia, las guerras de independencia, la
    república, Batista, Fidel. Cuba no ha tenido descanso, no ha tenido paz.
    Esta tierra está bañada en sangre desde que se tiene memoria de ella. En
    los últimos cincuenta y tantos años, ha sido una lucha constante por
    buscar algo que todavía no conocemos, que es la democracia. Esa es la
    parte de nuestra historia que yo conozco, pues ha sido la que me ha
    tocado a mí vivir.

    Source: Conversación con el escritor fantasma – Artículos – Entrevistas
    – Cuba Encuentro –
    www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/conversacion-con-el-escritor-fantasma-325703

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