Carceles en Cuba
Calendario
April 2016
M T W T F S S
« Mar   May »
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
252627282930  
We run various sites in defense of human rights and need support in paying for servers. Thank you.
Archives
Recent Comments

    Miami. El deshielo en la otra orilla

    Miami. El deshielo en la otra orilla
    Luis Barbero

    Más de un millón de cubanos han emigrado a la que ya es la capital de
    América Latina en Estados Unidos. Retrato de varias generaciones de
    exiliados ante el acercamiento entre el país al que llegaron y Cuba seis
    décadas después de la revolución.
    ACTUALIZADOJUEVES 07 DE ABRIL DE 2016 16:45

    Cuando Juan Carlos Tejedor pisó Miami por primera vez, lo que más le
    llamó la atención fue la luz nocturna. En su memoria permanece el
    impacto que le causó la iluminación de los rascacielos y centros
    comerciales que salpican y colorean la ciudad. “El contraste con La
    Habana es tremendo, por la noche aquello es una cueva”, afirma Tejedor,
    de 48 años, que nació y creció en la Cuba comandada por los hermanos
    Castro y que representa la nueva oleada de ciudadanos de la isla que
    están emigrando por la falta de libertades, la escasez de bienes básicos
    y la convicción de que allí no hay futuro.

    Tejedor llegó en 2014 a Miami, corazón del exilio cubano desde hace más
    de medio siglo. Su caso, a diferencia de otros miles de emigrados, fue
    noticia. En Cuba era un conocido presentador de la televisión estatal,
    en la que conducía un programa informativo que se emitía a las once de
    la noche. “Pero hacía otros trabajos para completar el sueldo, que no
    daba para nada”, precisa. El periodista venía rumiando su marcha desde
    hacía tiempo y cuando ahorró el dinero para el viaje no dudó. Pidió
    vacaciones en la televisión, voló en secreto hasta las islas Caimán y
    desde ahí a Estados Unidos. No ha vuelto.

    “Cuando llegué no tenía a nadie en Miami y empecé dando tumbos, pero
    pronto me di cuenta de que teníamos el disco duro equivocado, de que nos
    habían lavado el cerebro. Allí tenemos un dicho: ‘En Cuba todo está
    prohibido y lo que no está prohibido es obligatorio”, añade Tejedor, que
    ahora trabaja como ayudante de Humberto Calzada, un pintor cubano de 71
    años que llegó a EE UU en 1960, en la primera oleada de exiliados que
    huyó de la isla tras el triunfo de la revolución de Castro. Una
    generación que se fue con la aspiración de volver pronto a Cuba y que se
    desvaneció en poco tiempo. “Cuando llegamos, todos teníamos la esperanza
    de derrocar a Castro, pero tras el fracaso de la invasión de Bahía
    Cochinos la perdimos”, dice el pintor, cuyos cuadros siguen evocando
    casas y paisajes cubanos.

    Calzada y Tejedor simbolizan la primera y última oleada de un éxodo que
    empezó en 1959 y que hoy continúa su marcha inexorable. Los expertos en
    este fenómeno estiman que 1,2 millones de cubanos, el 10% de la
    población de la isla, han escapado en estas seis décadas, ya sea por
    motivos políticos, por la desesperación económica o la asfixia vital. La
    mayoría se ha dirigido a Miami, una ciudad que hace 57 años era poco más
    que un pueblo grande de EE UU. Hoy, gracias al inconformismo de la
    comunidad cubana, está considerada la capital de América Latina, un
    enclave de lenguas y nacionalidades mezcladas que se ha convertido en un
    centro de poder económico y de dinamismo cultural.

    Esta velocidad con la que funciona la ciudad impresionó a Mario José
    Penton, de 29 años, un antiguo hermano marista que dejó los hábitos y
    que lleva en Miami cuatro meses. “Nada más llegar me chocó el ritmo
    vertiginoso, el individualismo, que todo se haga por interés, que se
    tiren las sobras de la comida…”, afirma Penton, que vive con unos
    familiares mientras tramita su permiso de trabajo.

    Antes de llegar a Miami, Penton pasó dos años en Guatemala aguardando su
    momento. Como tantos miles de cubanos de esta nueva oleada, recurrió a
    la ruta terrestre: atravesó México hasta llegar a la frontera de Laredo
    (Texas). Pagó 2.500 dólares a los coyotes, los traficantes de personas
    que están haciendo un negocio redondo con los refugiados cubanos. En su
    odisea, cruzó un río a nado, atravesó un pantano en canoa, pasó una
    noche en la selva y se tuvo que tirar de un camión en marcha para
    sortear un control policial. Pero finalmente llegó a Laredo. “Crucé el
    puente y lloré. Estaba en la gloria”, recuerda. En la frontera se acogió
    a la ley que permite a los cubanos obtener la residencia en Estados
    Unidos al año y un día de pisar suelo americano.

    Penton tiene la visión más reciente de Cuba, muy crítica, como la
    mayoría de recién llegados. “Cuba es un país de extremos. Tener pasta de
    dientes o comer un plato de patatas es un lujo, pero puedes hacer
    estudios superiores sin problemas. Muchos no hemos vivido otra cosa que
    el comunismo, que ha sido un desastre”.

    El día a día en la isla caribeña, según su relato, es una lucha de
    pícaros por la supervivencia. “La gente de Cuba roba para comer, roba al
    Estado, que es el gran ladrón, que a su vez roba a la gente en la cuota,
    en la tarjeta de abastecimiento”. Pero si algo ha constatado Penton tras
    su marcha es el apagón informativo en el que viven sus paisanos. “Yo no
    sabía quiénes eran Celia Cruz ni Yoani Sánchez hasta que salí”, dice
    Penton, que ahora colabora con el medio digital de la disidente cubana,
    14ymedio.

    Su adaptación al nuevo entorno, sin embargo, no está siendo sencilla y
    su idea es volver algún día a su país para dedicarse a la enseñanza. “En
    Cuba se cree que Miami es el paraíso, que los dólares se arrancan de los
    árboles, y no es así”. Miami, efectivamente, no es el paraíso, pero si
    hoy es una gran urbe es debido al tesón de miles de cubanos. La huella
    del exilio está en cada esquina, en barrios como la Pequeña Habana o
    ciudades como Hialeah; en la universidad y en medios de comunicación
    como El Nuevo Herald, y, por supuesto, en la economía y la política.

    Un ejemplo del éxito económico es Benjamín León, que llegó en 1961 con
    su familia a Miami, donde ha construido una gran empresa médica que
    empezó atendiendo a los primeros inmigrantes cubanos y que hoy emplea a
    más de 2.000 trabajadores. “La comunidad cubana sembró la semilla para
    que Miami se convirtiese en la gran ciudad internacional que hoy es. Por
    lo que hemos sufrido en carne propia, sabemos la importancia de la
    libertad y la democracia”, afirma este empresario de 71 años, que
    atribuye a los cubanos un “deseo insaciable de superación”.

    Una persona que conoce al dedillo la evolución de Miami es Raúl
    Martínez, que fue 24 años alcalde de Hialeah, una ciudad del condado de
    Miami-Dade con un 90% de población hispana. Martínez llegó en 1960,
    cuando Miami era una “aldea”. “Teníamos que ir al Downtown [el centro de
    la ciudad] a hacer la compra porque no había centros comerciales. La
    mitad de Miami Beach eran dunas y, donde hoy hay grandes calles y
    avenidas, solo había montes y culebras”, recuerda.

    Por aquel entonces, Miami era el prototipo de ciudad sureña de EE UU,
    con mayoría anglohablante. “Nosotros vivimos el racismo que también
    sufrieron los negros. Recuerdo que cuando íbamos a alquilar una vivienda
    había sitios donde ponía: ‘No children, no dogs, no cubans” (ni niños,
    ni perros, ni cubanos). Hoy el alcalde de Miami se llama Tomás Regalado,
    y el del condado, Carlos Giménez, y los dos simbolizan el poder cubano
    en la ciudad.

    Martínez rescata de la memoria los primeros pasos que dio la comunidad
    de exiliados: abrieron pequeños negocios, como fruterías o tiendas de
    muebles; revitalizaron la famosa calle Ocho de la Pequeña Habana; se
    metieron en el negocio de la construcción y, finalmente, empezaron a
    hacer activismo para que su voz fuera oída por los políticos locales.
    “Nosotros dimos diversidad a la ciudad y abrimos las puertas a gente de
    todo el mundo, a asiáticos, rusos, españoles, colombianos…”, afirma
    Martínez, un político demócrata que aún recuerda con tristeza cómo su
    partido “no hizo caso a los cubanos”, que masivamente empezaron a
    simpatizar con los republicanos, que sí vieron el potencial de los
    nuevos vecinos.

    Durante años, el célebre exilio cubano de Miami fue un grupo homogéneo
    obsesionado con derribar a Castro e identificado con posiciones
    intransigentes. Hoy ya no es así. Se trata de un exilio más plural, en
    el que las nuevas generaciones han aportado una visión más aperturista y
    deslizan sus simpatías hacia los demócratas. Este cambio de actitud se
    percibe a la perfección en la decisión del presidente, Barack Obama, de
    reanudar las relaciones diplomáticas con Cuba tras más de medio siglo de
    hostilidad. “Es una decisión inteligente. En 10 años morirán los
    dinosaurios y lo mejor que nos puede pasar es que lleguen los
    americanos, pero Obama debería exigir más a Raúl Castro”, afirma Penton.
    De forma parecida, aunque con más dudas, se pronuncia Tejedor. “Lo más
    positivo es que algo se está moviendo en Cuba, pero no sé qué es”.

    En el polo opuesto se sitúan quienes llegaron en el primer exilio, que
    rechazan cualquier acercamiento a Cuba. “Estoy en desacuerdo”, dice
    tajante León. “Obama está tratando con el diablo, con los Castro es
    imposible. Las nuevas generaciones creen que la reanudación es buena,
    pero porque ellos no saben qué pasó”, añade Calzada, el pintor, que
    sangra por una herida que aún no ha cicatrizado.
    Cada oleada migratoria de cubanos a Miami tiene sus propias heridas y,
    aunque todos han contribuido a construir una gran ciudad, el
    resentimiento entre ellas persiste. En los primeros años de la
    revolución salieron de Cuba las clases acomodadas, empresarios o
    profesionales que rehicieron sus vidas en EE UU. Pero desde hace mucho,
    quienes llegan a Miami son cubanos de a pie, sin un dólar en el bolsillo.
    Los primeros exiliados se consideran especiales. “Nos fuimos por ideas
    políticas y religiosas, no por motivos económicos. Nos sentimos cubanos,
    pero también americanos. No fuimos educados en el odio como los que
    vinieron después. No somos iguales ni nunca lo seremos”, afirma Oswaldo
    Mena, de 78 años, un cubano de primera generación.

    Los últimos en llegar, Tejedor y Penton, han percibido este desdén, una
    actitud que achacan a que cada generación que se ha exiliado en Miami ha
    proyectado su rabia sobre la siguiente. “Se nos dice que emigramos por
    motivos económicos, pero no se puede deslindar la política de la
    economía”, afirma Tejedor. “Los cubanos que llevan tiempo aquí nos
    reciben de forma horrible. Nos dicen que somos vulgares, jineteros
    (prostitutos). Pero la inmigración de hoy es reflejo del desastre que es
    Cuba”, añade Penton.

    De todas las oleadas de cubanos que han llegado a Miami hay una
    especialmente estigmatizada: los marielitos. En 1980, tras un conflicto
    diplomático con Perú, Castro permitió que cualquier ciudadano pudiera
    abandonar el país. Para sorpresa del régimen, miles de personas, hasta
    125.000, se apostaron en el puerto de El Mariel para huir. Cubanos de
    Miami llegaron en barcos hasta la isla para recoger a sus familiares,
    momento que Castro aprovechó para vaciar las cárceles y enviar a EE UU a
    miles de presos comunes. A Miami llegó lo que el dictador denominó “la
    escoria” de la sociedad cubana, en la que incluyó a personas con
    enfermedades mentales, prostitutas y homosexuales.

    Mientras que de los miles de balseros que se jugaron la vida en 1994
    atravesando en precarias embarcaciones el estrecho de Florida persiste
    una idea romántica –muchos perecieron tragados por el océano y los
    tiburones–, de los marielitos aún permanece una imagen negativa.

    Lo primero que aclara Juan Palacios, un marielito de 67 años que toma un
    café en la calle Ocho, es que él no salió de la cárcel. Y a continuación
    manifiesta su ira contra los primeros exiliados. “Como papagayos
    repitieron lo que decía Castro, que éramos la escoria. Algunos eran
    amigos de Fidel, que los dejó salir. Nos despreciaron, nos han echado la
    culpa de todo lo malo que ha pasado en Miami”, asegura.

    Y lo que pasó en Miami en esos años es que se disparó la violencia, el
    tráfico de drogas y el desempleo. La ciudad quedó retratada en series
    como Miami Vice o en películas como Scarface, en la que Al Pacino
    interpreta a un violento marielito con ambiciones de gran gánster.
    Pasados los años, muchos siguen ocultando que son marielitos.

    El contrapunto a la visión que se tiene aún de El Mariel lo aporta Mirta
    Ojito, de 52 años, una periodista de Telemundo que llegó en uno de esos
    barcos. “El Mariel actualizó la idea sobre Cuba, confirmamos que el
    comunismo era un desastre y actuamos de puente entre generaciones”,
    afirma Ojito, exreportera de The New York Times. Autora del libro
    Finding Mañana, una memoria del éxodo cubano, tiene claro que si Miami
    es hoy la “capital de Hispanoamérica” es por los cubanos, sin distinción
    de generaciones o de clase social.

    Source: Miami. El deshielo en la otra orilla – El País Semanal –
    elpaissemanal.elpais.com/documentos/miami-el-deshielo-en-la-otra-orilla/

    Leave a Reply

    Your email address will not be published. Required fields are marked *