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    Congresistas cubanoamericanos pierden peso en la Casa Blanca

    Congresistas cubanoamericanos pierden peso en la Casa Blanca
    PATRICIA MAZZEI
    pmazzei@miamiherald.com

    El histórico viaje a Cuba el mes pasado del presidente Barack Obama
    marcó la culminación de una política exterior que él expuso hace ocho
    años durante su candidatura a la presidencia, cuando rompió con sus
    predecesores y se comprometió a sentarse a conversar con dictadores poco
    amistosos, porque castigarlos con el silencio le parecía “ridículo”.

    Hizo más que tener un simple encuentro con Raúl Castro. Utilizando el
    extenso poder ejecutivo de su cargo sobre los asuntos internacionales,
    Obama desmanteló casi por completo la política de la época de la Guerra
    Fría de Estados Unidos con respecto a Cuba.

    De esta conversación quedaron excluidos todos aquellos que no estuvieran
    de acuerdo, incluyendo a los ocho cubanoamericanos –republicanos y
    demócratas– en el Congreso, 57 años después de la revolución cubana. La
    mitad de ellos –un senador y tres representantes– proceden de Miami, la
    nueva ciudad que los exiliados rehicieron a imagen y semejanza de La
    Habana del ayer.

    Por ocho años, no han tenido voz ni voto en un tema sobre el cual
    algunos de ellos construyeron sus carreras políticas. Y ahora enfrentan
    la perspectiva de cuatro u ocho años más de lo mismo, con un nuevo
    ocupante en la Casa Blanca a partir de enero. Castro ha prometido
    retirarse en el 2018.

    La vieja guardia política cubanoamericana de Miami se arriesga a perder
    toda la influencia que le queda en un momento en que Cuba podría
    experimentar sus cambios más profundos.

    “De eso no hay duda”, dijo Pepe Hernández, presidente de la Fundación
    Nacional Cubano Americana, la cual apoya la política hacia Cuba que
    Obama develó hace 15 meses. “Como se dice en el dominó, los han sacado
    de la mesa, muy sustancialmente, en los últimos años, pero especialmente
    desde el 17 de diciembre del 2014.

    “Pero, honestamente, no creo que les importe mucho”.

    No les importa.

    “Eso no me ha afectado para nada; me da más tiempo libre en el día”,
    dijo la representante republicana de Miami Ileana Ros-Lehtinen sobre no
    hablar con Obama. “El no tiene importancia alguna para nosotros”.

    Pero, ¿y el nuevo presidente?

    De los cinco candidatos presidenciales que quedan de ambos partidos
    políticos, solamente el senador de Texas Ted Cruz, republicano
    cubanoamericano cuyo padre es de Matanzas, ha adoptado la posición
    tradicional de línea dura con respecto a Cuba y ha prometido revertir la
    política de Obama. El gobernador de Ohio John Kasich no ha ido tan
    lejos, aunque sí calificó los cambios de política como un “gran error”.
    El puntero de los aspirantes a la nominación republicana Donald Trump,
    aunque critica los términos negociados por la Casa Blanca con Cuba, ha
    dicho que el método de Obama está “bien”.

    Por el otro lado, hay un profundo compromiso con la doctrina de Obama
    con relación a Cuba. La demócrata Hillary Clinton vino el año pasado a
    la Universidad Internacional de la Florida, cuna del mundo académico
    cubanoamericano, para abogar por la eliminación del embargo. Su
    oponente, el senador de Vermont Bernie Sanders, quien se presenta a sí
    mismo como socialdemócrata, ha visitado a Cuba varias veces. El mes
    pasado, de pie en un escenario del Miami Dade College, elogió los
    “avances cubanos en la atención médica y la educación.

    No obstante, los políticos cubanoamericanos de Miami, sostienen que
    ellos –y sus opiniones– sobrevivirán a Obama y a todos sus seguidores.

    El Congreso es el único lugar donde los políticos cubanoamericanos
    conservan alguna influencia –y el único donde dos piedras angulares de
    la legislación en contra de Cuba se mantienen todavía en pie: el embargo
    comercial de EEUU que prohíbe el comercio abierto con Cuba, y la Ley de
    Ajuste Cubano que permite a los cubanos permanecer legalmente en Estados
    Unidos–, dos medidas que Cuba anhela desesperadamente ver derogadas.

    Es probable que el próximo presidente no ejerza tanta presión para la
    eliminación del embargo como Obama, sugirió Mauricio Claver-Carone,
    director del U.S.–Cuba Democracy PAC en Washington y opositor de la
    posición de Obama: “No es un tema presente en el legado a su sucesor,
    más allá de quién sea su sucesor”.

    Los representantes han hecho el trabajo de buscar contactos para ganarse
    el apoyo del Capitolio a las leyes existentes.

    “A diferencia del Presidente”, dijo Ros-Lehtinen, “nosotros nos
    mantenemos en contacto con los miembros del Congreso”.

    “Tenemos ahora más apoyo en la Cámara que nunca”, añadió el
    representante republicano Mario Diaz-Balart, señalando que en junio del
    año pasado la Cámara de Representantes votó 247 a 176 en contra de
    relajar las restricciones a los viajes a Cuba, y 273 a 153 en contra de
    permitir las exportaciones directas a las fuerzas armadas cubanas.

    Diaz-Balart se ha cansado de contradecir sugerencias de que sus
    constituyentes cubanoamericanos han cambiado de opinión con respecto a
    aislar a la isla. El mantiene un documento de Notes en su iPhone donde
    guarda titulares periodísticos –que se remontan a 1965– proclamando el
    fin inminente de la política de línea dura.

    “Al Presidente le quedan siete u ocho meses en la Casa Blanca”, dijo
    Diaz-Balart. “A él le gustaría creer que todo lo que él ha hecho y todo
    lo que está haciendo es permanente, pero en realidad creo que ustedes
    van a ver una reversión muy drástica. Aquellos que están prestando
    atención, aquellos que tienen contactos entre la oposición, con personas
    en la isla, saben que esas medidas son peligrosas, y son desastrosas”.

    Eso parecía ser un argumento difícil de presentar a los residentes de La
    Habana durante la visita de Obama. La inmensa mayoría de ellos dieron
    una cálida bienvenida al Presidente y sonaban esperanzados de que sus
    vidas cotidianas empobrecidas podrían mejorar con una presencia
    estadounidense más fuerte. Cuba ya ha comenzado a hacer algunos cambios,
    unos pocos de los cuales fueron hechos antes de la nueva política de
    Obama, entre ellos permitir algunos negocios pequeños, ventas de
    propiedad y cierto acceso a la internet.

    “Cada vez que me encuentro con un amigo cubanoamericano –los que no
    están de acuerdo– me dicen: ‘¿Cómo puedes hacer eso?’”, dijo Joe
    Arriola, presidente del Fideicomiso de Salud Pública de Miami-Dade que
    apoya la política de Obama. “Yo les digo: ‘Antes de que digas una
    palabra más, súbete a un avión y ven a Cuba conmigo’. Y he tenido éxito
    en hacerlos cambiar de idea en todos los casos.

    “Esto no se hace por el gobierno. Esto se hace por 11.5 millones de
    personas”.

    Influencia pasada

    Tres décadas atrás, la idea de un presidente de EEUU haciendo cualquier
    tipo de gesto amistoso hacia Cuba –y de repudiar a los incondicionales
    cubanoamericanos de Miami–hubiera sido impensable.

    Jorge Mas Canosa, empresario e inmigrante de Santiago de Cuba, creó la
    Fundación Nacional Cubano Americana, dando a los exiliados una voz
    unificada en Washington. Siguiendo el modelo de la Comisión
    Estadounidense de Asuntos Públicos de Israel, la fundación adoptó un
    método pragmático: apoyar a los políticos que estén en el lado correcto
    del tema de Cuba, más allá de su afiliación partidista.

    Mas Canosa contaba con acceso al presidente Ronald Reagan, y el poder de
    la Fundación creció a medida que la primera generación de
    cubanoamericanos fue adquiriendo preeminencia. En Nueva Jersey, fue un
    demócrata, el ahora senador Bob Menéndez (quien fue sucedido en la
    Cámara por otro cubanoamericano, el representante Albio Sires). En la
    Florida, fueron republicanos. Ros-Lehtinen. Lincoln Diaz-Balart. Mario
    Diaz-Balart. Mel Martínez. El senador Marco Rubio. David Rivera. El
    representante Carlos Curbelo.

    Presidente tras presidente los escucharon, incluso el demócrata Bill
    Clinton (“Dios mío, lo creas o no lo creas, el presidente Clinton nos
    consultaba”, dijo Ros-Lehtinen), aunque sus posiciones preocuparon tanto
    a los cubanoamericanos que ellos convirtieron el embargo comercial
    –entonces una medida ejecutiva que tenía 32 años– en la Ley de la
    Democracia Cubana de 1992 y la Ley Helms-Burton de 1996. Ahora sólo el
    Congreso tenía poder para eliminar esas sanciones.

    Esa es la última ventaja política que tiene todavía el Congreso sobre la
    Casa Blanca con respecto al tema, dijo el ex representante Lincoln
    Diaz-Balart, quien estuvo a la cabeza de esos esfuerzos. Las leyes
    exigen que Cuba cumpla con ciertas condiciones –la liberación de los
    presos políticos, la legalización de los partidos políticos y los
    sindicatos independientes, las elecciones libres– antes de que se pueda
    levantar el embargo.

    Esas condiciones son lo único que impide al gobierno cubano tomar
    medidas represivas más duras contra críticos y disidentes, alegó
    Diaz-Balart. El gobierno detiene a los disidentes por unas pocas horas
    en vez de meterlos en la cárcel indefinidamente para poder afirmar que
    no tienen presos políticos, dijo.

    “A mí no me importa cuántos empresarios quieran hacer dinero haciendo
    negocios con la dictadura”, dijo Diaz-Balart. “Los miembros del Congreso
    hacen la política, y los miembros del Congreso están ahí para defender
    los intereses nacionales de Estados Unidos y del pueblo cubano”.

    Esos empresarios — todos ellos no electos — son los principales
    consejeros de la administración de Obama en el tema. Algunos son
    constituyentes republicanos –y patrocinadores financieros– no sólo de
    los políticos cubanoamericanos de Miami, sino además de otros
    importantes nombres republicanos.

    Uno de estos magnates, el multimillonario de la salud radicado en Coral
    Gables Mike Fernández, recibió el mes pasado al presidente de la Cámara
    Paul Ryan en su mansión de Coral Gables. En el encuentro, reportado
    primero por Politico, participó el representante Curbelo, el único
    representante republicano local republicano que se ha reunido con la
    Casa Blanca para discutir su política sobre Cuba. Curbelo se acercó al
    asesor de Seguridad Nacional Ben Rhodes cuando este visitó Miami poco
    antes del viaje de Obama.

    Aunque él está en contra de las posiciones de Obama y de Fernández con
    relación a Cuba, Curbelo, quien pertenece a una generación más joven que
    la de sus homólogos de Miami en el Congreso, ha asumido una posición
    algo diferente a la de ellos.

    “Nadie se quedó con mi casa”, dijo. “Mi abuelo fue torturado como preso
    político –esa es la razón por la que no voy a ir a Cuba mientras que
    Raúl y Fidel estén en el poder– pero no considero que ir sea una
    traición. Creo que personas que han vivido en la miseria durante décadas
    se aferrarán a cualquier cosa que podría representar un cambio para
    mejorar. Por desgracia, eso no significa que vaya a ocurrir”.

    Su estudiada posición sobre el tema, ahora que él está en un distrito
    con mayores tendencias demócratas, se convertirá probablemente en un
    tema de campaña para Joe García, uno de dos demócratas que se postularán
    en contra de Curbelo en noviembre. García ocupaba ese escaño congresual
    antes de que Curbelo lo derrocara en el 2014, y él es el ex director
    ejecutivo de la Fundación Nacional Cubano Americana que hizo cambiar la
    organización de contraria a las relaciones con Cuba a partidaria de las
    mismas.

    “Yo soy tan responsable como cualquier otro por la política establecida
    en estos momentos”, admitió García, recordando su apoyo anterior a la
    línea dura. “Pero también soy pragmático”.

    El culpó de la división de la Fundación, la cual ocurrió después de la
    muerte de Mas Canosa en 1997, al haber perdido de vista la posición no
    partidista inicial del grupo, la cual a su vez disminuyó la influencia
    de los republicanos cubanoamericanos, dijo.

    “Lo cierto es que ellos empujaron este tema, lo empujaron muy duro, pero
    acabaron aislándose del debate más generalizado sobre la política hacia
    Cuba porque se convirtieron en una ortodoxia tal que era imposible
    decirles: ‘¿Qué tal si hacemos esto? ¿Qué tal si probamos esto otro?’ ”,
    dijo García. “Ellos se convirtieron en una herramienta del Partido
    Republicano, en vez de una herramienta para la promoción del cambio en
    Cuba”.

    Y ellos dependían de los exiliados cubanos de más edad –conocidos en la
    política local como “los viejitos”– quienes reaccionan con respecto al
    tema de un modo puramente emotivo, de acuerdo con Fernández, el
    ejecutivo de la salud de Coral Gables.

    “Dos o tres miembros del Congreso pueden secuestrar una agenda
    nacional”, se quejó. “Dos o tres miembros del Congreso que se aseguran
    de ser electos por medio de recordar a las personas de la edad de mis
    padres los días más tristes –y los peores– de sus vidas”.

    Los republicanos afirman que eso es un disparate, y señalan a sus
    colegas Menéndez y Sires, y a otros demócratas, como la representante de
    Weston, Debbie Wasserman Schultz, presidenta de la Comisión Nacional
    Demócrata, quienes han asumido un tono cauteloso con respecto a la
    política de Obama hacia Cuba.

    “Si de verdad quieren saber cuál es la posición de la comunidad cubana,
    miren a las personas que ellos han electo”, dijo Frank Calzón, el primer
    director de la Fundación Nacional Cubano Americana, quien dirige ahora
    el Center for a Free Cuba (Centro para una Cuba Libre).

    “En cuanto a los miembros del Congreso que fueron dejados de lado por la
    Administración, sus constituyentes no van a darles la espalda por hacer
    valientemente lo que ellos consideran que es lo correcto”.

    Source: Congresistas cubanoamericanos pierden peso en la Casa Blanca |
    El Nuevo Herald –
    www.elnuevoherald.com/noticias/sur-de-la-florida/article70983562.html

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