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    A 50 años de las Umap – Entrevista con “Marino”

    A 50 años de las Umap
    Entrevista con “Marino”
    Félix Luis Viera, México DF | 03/12/2015 10:18 am

    El “exsoldado” Umap “Marino” —seudónimo que utiliza por temor a
    represalias— llevó el número “4”, el “48” y el “56”, puesto que estuvo
    en tres campamentos durante los dos años, siete meses y un día que
    permaneció en las llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción
    (Umap), establecidas en Cuba de 1965 a 1968 por la revolución
    socialista. Cuando fue llevado a las Umap, “Marino” profesaba la fe
    cristiana y era un trabajador que además impartía clases nocturnas de
    manera voluntaria.
    ¿Cómo fue la despedida de tu familia?
    La despedida resultó triste, dejaba mi hogar, mis estudios, mi trabajo,
    mi dedicación al apostolado seglar, mi novia. Nos reunieron en los bajos
    del antiguo Ayuntamiento de la provincia, en el centro de la ciudad de
    Matanzas, actual sede de la Asamblea Provincial del Poder Popular.
    Fueron a despedirme mi madre y mi novia. Allí se encontraban algunos
    jóvenes católicos conocidos, así como otros de diversas religiones,
    entre ellos un negro grande y gordo que decía tener azúcar en la sangre
    y que el día anterior, según comentó, se había hecho “santo”.
    ¿Sospechabas que era hacia las Umap adonde te llevaban?
    No podía sospechar nada, pues mi llamado fue el primero que se hizo para
    las Umap y yo desconocía la existencia de estas. Me llevaron el día 29
    de Noviembre de 1965.
    ¿Sabías, tenías conciencia de lo que eran las Umap?
    No, no sabía qué eran las Umap.
    Mi citación era para cumplir el Servicio Militar Obligatorio. Luego supe
    que era para las Umap y que el visto bueno para que me llevaran lo dio
    un vecino de mi cuadra, quien, por envidia, en mi opinión, arremetió
    contra mí. Era de esperar, esta persona era un fanático comunista que
    trabajaba en el Comité Municipal de Reclutamiento. Creo que le molestaba
    mi decencia, mi buen vivir, mi honestidad al expresarme, y que yo,
    religioso, resultaba además un estudiante destacado y un buen trabajador
    que mantenía excelentes relaciones humanas con todo el mundo.
    ¿Qué edad tenías en ese momento?
    Acababa de cumplir 24 años.
    ¿A qué te dedicabas?
    Por una serie de problemas personales que me llevaron a la depresión,
    debí dejar mis estudios de Psicología en la Universidad de La Habana.
    Regresé a Matanzas y comencé a estudiar la carrera de
    Contador-Planificador en la antigua Escuela Profesional de Comercio, en
    el horario nocturno, ya que por el día trabajaba en la Empresa de
    Víveres San Juan de la Unidad 302, donde además servía como profesor de
    Contabilidad de los trabajadores con carácter voluntario en horario extra.
    ¿Por qué crees que te llevaron? ¿Tenías antecedentes penales? ¿Habías
    cometido algún delito?
    Creía que me llevaban para cumplir la ley del Servicio Militar
    Obligatorio (SMO), no tenía antecedentes penales ni había cometido algún
    delito. Luego, cuando vi las personas que habían sido citadas, me di
    cuenta de que me llevaban por mis creencias religiosas.
    ¿Cómo fue el viaje desde Matanzas hasta el destino final? ¿Cuáles te
    resultaron los momentos más difíciles de ese viaje?
    Nos llevaron para las afueras de la ciudad en camiones militares a un
    lugar llamado Gelpy. Allí nos montaron en un tren lechero como de nueve
    vagones, que luego vimos venían cargados de otras personas de las
    provincias de Pinar del Río y de La Habana. A los vagones nos mandaron a
    subir un grupo de soldados que llevaban armas largas, muy groseros y
    violentos, nos decían palabras obscenas y nos apuntaban con los fusiles
    para que nos alejáramos de las puertas; nos trataron como si fuéramos
    delincuentes peligrosos.
    El tren parecía que se había vuelto loco. Parecía un viaje eterno, sin
    final. Estuvimos las 25 horas que duró el viaje, hasta la terminal de
    ferrocarriles de Morón, sin poder beber una gota de agua. El depósito de
    agua que se hallaba en el vagón estaba vacío y a pesar de suplicarles a
    los guardias que los llenaran al pasar por las terminales, no lo hacían.
    El ambiente del vagón era deprimente. Durante las 25 horas que demoró el
    recorrido hasta llegar a la terminal de ferrocarriles de la ciudad de
    Morón, solo nos habían dado comida en Santa Clara: una cajita con
    congrí, con congrí nada más.
    Allí en Santa Clara pedimos a los soldados que nos dieran agua o que nos
    llenaran el depósito, pero no nos hicieron caso.
    ¿Cuáles fueron algunos de los momentos en que más temor sentiste, si es
    que los hubo?
    Sentí mucho temor al llegar a Morón. Allí una muchedumbre nos repudió.
    Nos gritaban “maricones”, nos mentaban la madre y otros muchos
    improperios. Nos habían llevado para la parte de atrás de la terminal.
    Allí estuvimos mucho tiempo.
    Pude saber entonces con más precisión las características de mis
    compañeros de viaje. Casi todos eran jóvenes, religiosos de varias
    denominaciones: masones, santeros, paleros, etcétera y también
    homosexuales y desafectos a la revolución en sentido general.
    Al poco rato comenzaron a llegar varios camiones militares para
    trasladarnos. A mí y a dos amigos católicos, entre otros, nos llevaron
    para un campamento conocido como Guindandillo, no muy lejos del batey
    Manguito, del central azucarero Pina. Allí nos informaron que formábamos
    la “compañía” 3.
    La llegada al campamento fue muy deprimente. El piso de la barraca era
    de tierra y las literas de madera y saco de yute, sin colchón ni almohada.
    Cerca del comedor había un latón de manteca ruso con agua para beber.
    Allí todos metíamos un jarrito para coger agua, de manera que el agua se
    ensuciaba y se contaminaba.
    Carecíamos de luz eléctrica, nos alumbrábamos con mechones de queroseno
    cuya mecha era de saco de yute.
    El campamento se hallaba resguardado por enormes cercas de alambres de
    púas y estaba prohibido acercarse a ellas.
    La primera noche, y otras, me conmovió escuchar como lloraban muchos de
    los “reclutados”. Los religiosos nos pusimos de acuerdo para ir por las
    literas a consolarlos fraternalmente, a darles ánimo.
    Un mulato grande, que era santero, lloriqueaba mucho, siempre lo
    apadriné y me tomó gran cariño, me decía “Padre”. Él apenas sabía
    escribir y yo le hacía las cartas a su mamá a la que él llamaba “La
    Pura”. Él era de Guanabacoa.
    ¿Qué propósito, en verdad, piensas que tenía el gobierno al crear las Umap?
    Era un centro de castigo, así se lo decían constantemente a los testigos
    de Jehová para que trabajaran y evitaran las consecuencias, pues ellos
    mantenían su plante de que su religión no les permitía servir a dos señores.
    El gobierno había creado las Umap para ejercer una represión contra todo
    joven, y algunos no jóvenes, que no se correspondieran con la ideología
    imperante. Era una forma de desarticular y desorganizar las iglesias
    cristianas, las logias, etcétera. De amedrentar a los creyentes para que
    se alejaran de las iglesias y de las logias.
    Y también para aterrorizar a la juventud desafecta con la revolución y a
    la vez garantizar mano de obra gratis en la agricultura; ya en esa época
    los campos se hallaban muy desiertos porque muchas personas, jóvenes y
    no, habían emigrado hacia La Habana.
    Cuéntame un día de trabajo, desde la salida del campamento hasta el regreso.
    Daban el de pie alrededor de las cinco y media de la mañana. A veces
    antes de esa hora. Había que andar muy rápido; asearse como fuera
    posible, recoger las literas y formar frente al asta de la bandera para
    luego ir en fila al comedor. El desayuno era un jarrito de fécula de
    maíz ruso con un pedacito de pan. Poco después montábamos en carretas
    para ir a los campos de caña. Nos acompañaban soldados con sus armas
    largas y nos vigilaban todo el día, se nos daba por merienda una naranja
    y se llevaba el almuerzo, consistente casi siempre en arroz, chícharos y
    tronchos de pescado.
    El trabajo agrícola fundamentalmente consistía en cortar caña, y a veces
    desyerbar los campos de frutos menores. Un trabajo muy rudo para quienes
    no estábamos acostumbrados a realizarlo. Nos agobiaba sentir que no
    podríamos cumplir la norma que nos imponían.
    La norma era de 15 grandes pilas de caña.
    Era un trabajo terrible. Tanto que algunos de los “reclutados” se
    autoagredían con el machete, casi siempre en manos y piernas, para de
    este modo tener unos días de descanso, cuando los situaban como
    cuarteleros en la barraca.
    Regresábamos al anochecer.
    Una vez en el campamento, había que actuar con agilidad para alcanzar lo
    más rápido posible una de las duchas del baño colectivo, que eran más
    bien ocho tubos de agua para 120 hombres, sin privacidad alguna.
    Luego de más o menos una hora, formábamos fila para arriar la bandera e
    ir al comedor. Todo estaba alumbrado con mechones.
    Nos hallábamos muy agotados al terminar el día. A las diez de la noche
    daban la orden de “Silencio”.
    ¿En algún momento recibieron instrucción, adoctrinamiento alguno que
    indicara que estaban allí para “reeducarlos”, o quedaba claro que no era
    más que un castigo por equis razón?
    En realidad, nunca nos dieron alguna instrucción. Los sargentos
    políticos eran personas con una cultura muy pobre, al igual que los
    demás que dirigían la “compañía”. Eran militares en su mayoría también
    castigados. Siempre nos decían que nos portáramos bien, tenían muy mal
    concepto de todos nosotros, a quienes consideraban “lacra social”.
    Algunos se sorprendían con el comportamiento de los católicos: el
    teniente segundo de la “compañía”, de apellido Ferriol, un día me dijo
    que consideraba que yo y otros más estábamos allí por una equivocación,
    que éramos muy buenos y le pregunté: “Oficial, ¿cómo usted cree que
    sería esta ´compañía´ si todos fueran como nosotros?”. Él se torció el
    hombro y mirando por la ventana hacia fuera me respondió: “Esto sería de
    maravilla, pues a pesar de todas las boberías en que ustedes creen, son
    buenos”. Entonces le dije: “Precisamente, esas boberías son las que nos
    hacen ser felices en medio de tanto sufrimiento injusto”.
    ¿En cuál o cuáles campamentos estuviste? ¿Cómo eran estos campamentos,
    cómo funcionaban, cuán alejados de la “civilización” se hallaban?
    Estuve inicialmente en el de la “compañía” No. 3, después me enviaron a
    trabajar en el Suministro del “Batallón” No.9, donde al poco tiempo me
    castigó el político de allí, un tipo muy despectivo de apellido Manzano.
    Él violaba mi correspondencia y leyó cartas de personas católicas que me
    escribían dándome ánimos. El castigo consistió en trabajar donde lo
    hacía la “compañía” número 4, no la 3. De este modo me alejó de mis
    amigos y antiguos jefes, quienes ya me conocían bien y creo que hasta me
    tenían alguna estima.
    No mucho tiempo después, el sargento Alberto Rodríguez Pérez logró
    reincorporarme a trabajar con él en la jefatura del “Batallón”, alegando
    mi eficiencia en la distribución de los alimentos y en el vestuario de
    todas las “compañías”.
    La jefatura del “Batallón” se encontraba en un lugar llamado “La Norma”,
    cerca del entronque de la carretera que va para Ciego de Ávila y Morón,
    mientras que la “compañía” 4 estaba cerca del batey Minas, también
    cercano al pueblo Pina del central Ciro Redondo (antiguamente, tanto el
    pueblo como el central azucarero, se llamaban Pina).
    ¿Tú o tus copadecientes recibieron, además de castigos psicológicos,
    castigos físicos? Si así fue, ¿puedes detallarme algunos de esos
    castigos y las causas por las cuales se aplicaban?
    El castigo físico y moral lo recibimos desde la hora en que nos
    recogieron como animales para hacinarnos en los campos de Camagüey, para
    trabajar en labores agrícolas de manera forzada y con la propaganda
    oficial de que éramos “lacra social”.
    Por ejemplo, a quienes llevaban a la consulta médica en el pueblo de
    Pina, cerca de las ciudades de Morón y Ciego de Ávila, eran mirados con
    temor o desprecio por los transeúntes, puesto que debían pensar que eran
    malas personas.
    Los testigos de Jehová, como se negaban a saludar la bandera e ir a
    trabajar al campo, recibían muchos castigos. En ocasiones no les
    permitían comer. También les retenían los paquetes que les enviaban sus
    familiares y no tenían derecho a recibir cartas.
    Uno de los castigos más crueles que vi fue el que le aplicaron al
    testigo de Jehová Amador: durante horas lo pusieron, desnudo, sin comer
    ni beber agua, al lado del asta de la bandera y encima de él un grueso
    madero que le hacía parecer a Jesucristo camino del Calvario.
    También al propio Amador lo obligaron a cargar una carretilla de piedras
    varios metros fuera del campamento y detrás el primer teniente
    disparando tiros al aire. Esa noche de nuevo lo pararon desnudo al lado
    de la bandera, que él se negaba a saludar, sin probar ni agua ni
    alimentos. Yo, a escondidas de los guardias, le llevé un jarrito con
    agua y otro con algo de mi comida. Sabía a lo que me arriesgaba, pero me
    partía el alma ver al testigo Amador en semejantes condiciones, se veía
    que estaba destrozado, pero resistía.
    Había muchos otros castigos, pero no quiero ni acordarme de eso. Pero la
    verdad es que quienes más castigos inhumanos recibían eran los testigos
    de Jehová, que por otra parte, como no iban al trabajo en el surco,
    estaban obligados a limpiar las letrinas.
    ¿A quiénes de tus copadecientes recuerdas con cariño, o solamente recuerdas?
    Recuerdo con cariño a los “soldados” Umap católicos Gilberto Maseda,
    Reynaldo Ceballos y Osvaldo Mesa; a los bautistas Rolando Padrón y a
    Eduardo; de los testigos de Jehová, principalmente a Amador, y también
    al mulato “Jimagua”, quien le diera mucho aliento a Amador durante los
    castigos.
    Recuerdo también con afecto al recluta del SMO César, quien fuera
    enviado a las Umap, desde su unidad miliar en La Habana, luego que otros
    dos reclutas, también del SMO, lo violaran. Él sufría mucho por esa
    violación y por el hecho de haber ido a parar a las Umap. Sin embargo,
    en la medida en que tuvo contacto con los religiosos, fue resignándose
    hasta que finalmente se convirtió al cristianismo. De igual modo, otros
    jóvenes que eran ateos se convirtieron al cristianismo allí al
    interactuar con nosotros los religiosos.
    Nunca olvido al señor Eliseo García, de 54 años de edad y castigado
    junto con un numeroso grupo de trabajadores de Cubana de Aviación. Se
    afirmaba que habían sido enviados a las Umap porque uno de los
    trabajadores de Cubana de Aviación había intentado desviar una nave
    aérea para huir hacia Estados Unidos y en la confrontación murió el
    piloto de la nave.
    Me dolía mucho ver llorar en silencio al señor Eliseo García. Los
    religiosos le dábamos ánimo.
    ¿A quiénes de los jefes recuerdas con afecto o con repulsión?
    Recuerdo con afecto al sargento responsable de los suministros, Alberto
    Rodríguez Pérez, combatiente de la Sierra Maestra, quien reconoció
    siempre que estábamos allí por una equivocación. También a los muchachos
    reclutas de la guarnición del SMO, entre ellos a Chamorro, Goitizolo y
    “El Buldi”, que tenía cara de perro buldog, pero no recuerdo su nombre,
    y también a Pedro Lister y a José Ramón Gómez Yánez.
    Con repulsión recuerdo a un sargento que le llamaban “El Gallego”. Este,
    una noche nos levantó a todos diciéndonos groserías y afirmando que un
    Umap, en medio de la oscuridad, en horario de silencio, había silbado
    burlándose de él. Yo estaba dormido en la hamaca y él me amenazó con
    lanzarme al suelo. El caso es que nos puso en fila en las afueras de la
    barraca, todo estaba muy oscuro y los enjambres de mosquitos nos comían
    y el frío nos llegaba a los huesos. Así nos tuvo hasta el amanecer.
    Pero siempre debemos ser justos y decir que los testigos de Jehová
    sufrieron muchísimo más, recibían más castigos y eran tratados
    despóticamente por los jefes.
    Hoy, tantos años después, ¿guardas rencor?, ¿has perdonado a tus verdugos?
    Recordar es volver a vivir aquella pesadilla, según mi formación
    cristiana he tratado de perdonar tanta injuria, injusticia y dolor sufridos.
    Cuando me llevaron, yo era un buen estudiante y un buen trabajador. Y
    era asimismo un líder católico con buenas relaciones con los cristianos
    de otras denominaciones.
    En las Umap, en la medida de mis posibilidades, di ánimos a los más
    desesperados, en reuniones que realizábamos donde fuera posible.
    Estudiábamos el Evangelio sin que existiera la menor discrepancia entre
    los jóvenes protestantes evangélicos, los testigos de Jehová, los
    paleros, espiritistas, masones y otros.
    El vivir la alegría del Evangelio hizo irradiar a Jesús a los demás, aun
    algunos jóvenes ateos se convirtieron al cristianismo, como ya te decía.
    Creo que nuestra fe nos hacía distintos, más resignados, libres en “La
    Libertad de la Luz”.
    ¿Deseas agregar algo más para CUBAENCUENTRO?
    Agradezco a ustedes la gentileza de recibir mi testimonio y quisiera
    citar algo que le dije a un grupo de oficiales del Ejército Central, que
    me entrevistaron en la jefatura del “batallón” No. 9 para saber, eso me
    dijeron, la verdad sobre las Umap, puesto que de nosotros comentaban
    tanto en Cuba como en el extranjero y se afirmaba que estábamos en
    “Campos de Concentración”. Asimismo, diversas organizaciones
    humanitarias y religiosas se habían quejado en todo el mundo por las
    condiciones en que nos tenían, incluida la Nunciatura Apostólica de
    Cuba, que había intervenido con las autoridades cubanas para que nos
    liberaran. A las protestas se sumaron los gobiernos de Canadá, España y
    México y en un reportaje de la revista Live se habían publicado fotos de
    las torturas que recibían los testigos de Jehová.
    Bueno… yo les contesté a los oficiales del Ejército Central lo
    siguiente: “Mediante el castigo no se logra reivindicar a nadie, y mucho
    menos a los homosexuales, así no es posible atraer a jóvenes con
    pensamientos políticos establecidos y mucho menos hacer que los
    creyentes abandonen su fe en Jesucristo.
    Miren, los sargentos políticos han afirmado constantemente que los
    homosexuales, con el rigor del trabajo se harían viriles, los
    alcohólicos dejarían de beber, los chulos no explotarían a las mujeres,
    los religiosos abandonaríamos el camino de Dios, y en mi caso, por
    ejemplo, yo estaría confinado hasta que me hiciese ateo… Pero miren, me
    ha sucedido lo contrario: ahora creo en Dios más que antes de estar en
    las Umap”.
    Quiero dejar constancia de que allí al campamento de la “compañía” No.
    3, llegó un día, sin que nos explicara cómo logró hacerlo, mi párroco,
    el padre Juan Manuel Machado, para conferirme el ministerio
    extraordinario de la Eucaristía y para orar con los católicos y
    administrarles la sagrada comunión. Creo que por haber realizado tan
    largo y escabroso viaje, y sin saber a ciencia cierta los resultados que
    podría alcanzar, le permitieron al padre Juan Manuel que realizara su
    propósito, para lo cual nos autorizaron a trasladarnos fuera del
    campamento, hasta bajo un algarrobo.
    Gracias.

    Source: A 50 años de las Umap – Artículos – Entrevistas – Cuba Encuentro

    www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/a-50-anos-de-las-umap-324246

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