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    Hay que quitarse la policía de la cabeza

    Hay que quitarse la policía de la cabeza
    DDC | Madrid | 27 Ago 2015 – 6:40 am.

    Un capítulo del libro del periodista sueco Erik Jennische retrata el
    paso de un miembro del Partido Comunista a la oposición.

    Adolfo Fernández Saínz fue a finales de la década de 1990, un conocido
    político liberal y escritor del movimiento por la democracia. Había
    trabajado como traductor, primero para el ejército cubano y luego para
    el Ministerio de Relaciones Exteriores cubano. Una época estuvo
    destinado en Finlandia y la familia tuvo desde entonces una mesa de
    cocina de pino que podría haber estado en cualquier casa escandinava.
    Una breve visita a Estocolmo también había acabado con el souvenir de un
    caballo de madera.

    Por falta de opciones, en octubre de 1998 tomamos un café en el Hotel
    Inglaterra en la Habana Vieja. La cafetería era estéril y estaba vacía
    de decoración, como tantos otros lugares en la industria turística
    cubana a finales de la década de 1990. El hotel acababa de ser renovado,
    pero no para crear un entorno en el que el visitante se sintiera como en
    casa, sino con el fin de tener un nivel mínimo de aceptación para que
    funcionase. De todos modos no había ningún turista que volviese. Después
    de unos días en La Habana, ya habían hecho lo que debía hacerse. Era
    imposible tratar de encajar, ser parte de la ciudad, como se puede hacer
    en la mayoría de otras grandes ciudades. La atmósfera del hotel se
    asemejaba a la de una cafetería de hospital. Nadie va allí sin una razón
    específica.

    Todos los hoteles, bares, discotecas y restaurantes eran igual de
    aburridos. Los cubanos no eran bienvenidos a menos que trajeran a un
    turista. El vigilante les paraba en la entrada si lo intentaban. Ellos
    no pertenecían a ese ambiente y unas cervezas les hubieran costado un
    salario mensual. Adolfo tampoco se sentía cómodo, pero se sentó de todos
    modos. Le pregunté cómo había llegado a ser un disidente.

    —Todo comenzó alguno de los primeros años de la década de 1990. Y lo que
    finalmente me hizo tomar una posición y me trajo todo el camino hasta el
    movimiento de la disidencia, fue una entrevista televisiva con una de
    las comunistas que habían participado en el acto de repudio contra la
    poeta María Elena Cruz Varela.

    El acto de repudio, se lleva a cabo por la Seguridad del Estado junto
    con los vecinos, a veces un centenar, delante de la casa de los
    activistas por la democracia. Gritan consignas, lanzan suciedad a las
    casas y destruyen ventanas para mostrar su disgusto. A veces, usan la
    violencia. María Elena Cruz Varela había sido durante los primeros años
    de la década de los 90 una de las representantes más importantes del
    movimiento por la democracia. En octubre de 1991, llevó la palabra en la
    primera conferencia de prensa real. Unos 50 periodistas internacionales
    se agolpaban en el comedor de Elizardo Sánchez para oír el primer
    intento de reunir a los distintos grupos de la oposición. Un mes más
    tarde, un nutrido grupo de vecinos enojados se reunió delante de su
    puerta y gritaron consignas. Una asistente explicó a la cadena de
    televisión que ella se había cabreado porque María Elena Cruz Varela
    había repartido cartas donde invitaba a una reunión.

    —La mujer dijo que no habían pegado a María Elena, pero que le habían
    metido las cartas en la boca a la fuerza y que la obligaron a
    tragárselas —recordaba Adolfo con repugnancia.

    —Aunque no lo dijeran, comprendí por supuesto que alguien había sujetado
    sus brazos, otro su cabeza y las piernas. Además alguien le habría
    tapado la nariz para que abriese la boca y después se la habrían cerrado
    para que tragase.

    Todos ellos la forzaron, a ella y a varias otras personas que se
    encontraban en el piso a bajar por las escaleras hasta donde esperaba la
    policía, y se los llevaron. Poco después de eso, ella fue condenada a
    dos años de prisión.

    —La entrevista fue muy importante para que yo pudiera tomar partido, fue
    la gota que colmó el vaso.

    Adolfo nos dijo que esto fue casi al mismo tiempo que la epidemia de
    neuropatía en Cuba. Entre 1991 y 1993 la “neuritis” afectó a 50.000
    personas en Cuba. Perdían la vista o el tacto, o sufrían la pérdida y
    movimiento en las piernas y brazos. Los motivos fueron principalmente la
    deficiencia de vitaminas y la desnutrición. En 1993, el gobierno inició
    la entrega de suplementos vitamínicos y frenó la epidemia y muchos de
    los afectados, con el tiempo, mejoraron.

    —El gobierno no decía nada acerca de la enfermedad, pero la gente
    hablaba, claro. El tiempo pasaba pero el origen y las causas de la
    enfermedad nunca se publicaron. Al mismo tiempo también murió un viejo
    amigo de la provincia de Pinar del Río, donde yo nací y me crié, y
    lamenté profundamente que una persona que había sido profundamente
    anticomunista hubiera muerto sin decírselo a nadie más allá del círculo
    de amigos y que no llegase a vivir el momento en que moría el comunismo.

    Todo el proceso de salir como disidente es largo y difícil. No es que te
    envíen al exilio después de hacer algunas declaraciones contra el
    sistema. En cambio, están constantemente tratando de convencerte de que
    debes permanecer en el partido y seguir teniendo confianza en la
    revolución. Por lo tanto, es difícil, y se tienen que tomar muchas
    decisiones. Se está cerca del abismo, se echa un vistazo al otro lado, y
    te retiras. El hueco es demasiado grande para poder saltar al otro lado.
    Pero cuando vuelves, encuentras todas las cosas que molestaban antes y,
    entonces, sales a mirar el abismo de nuevo. Adolfo me explica que a él
    le sucedió varias veces.

    —Hice cálculos cuidadosos de lo que perdería, y si me meterían en la
    cárcel. Lo que faltaba era algo bien definido a lo que agarrarme, para
    poder luchar en su contra y de esa manera salir del agujero en el que el
    Estado quiere que vivas.

    Adolfo se agarró a la neuropatía. En una reunión con el Partido en el
    Ministerio en abril de 1993, pidió la palabra y se puso de pie y explicó
    que la manera en que el gobierno había tratado el problema era
    irresponsable.

    —“La gente pierde la vista, y les cuesta caminar, y todos hablan de
    ello, pero el gobierno y la prensa no dicen absolutamente nada. Es una
    falta de respeto hacia los que sufren”, dije yo. Mi estrategia era
    criticar la política del gobierno, no al gobierno. En la reunión, me
    dijeron que tenía razón, pero que teníamos que esperar.

    Unas semanas más tarde, los periódicos empezaron a escribir sobre la
    enfermedad y culparon de todo a la CIA y a otras circunstancias
    internacionales.

    —Pero no dijeron nada sobre la falta de alimentos. Así que en la
    siguiente reunión del partido, pedí la palabra de nuevo y critiqué una
    vez más la manera que tenían los periódicos de analizar la situación, y
    expliqué que no creía que la CIA fuese la culpable. Ellos trataron de
    convencerme que esperásemos de nuevo, pero yo fui persistente y continué
    con mi argumento hasta que una mujer se levantó y dijo: “¡Oye chico,
    tienes que tener confianza en la revolución!”. Contesté que era
    exactamente eso lo que no tenía.

    Tras ello, el Partido Comunista lo convocó a una reunión.

    —Cuando comenzó la reunión, me dijeron que podría durar cinco minutos o
    cinco horas, todo dependía de mí. Me preguntaron si seguía pensando lo
    que había afirmado, y dije: “mi afirmación sigue siendo válida”. Y solo
    entonces me pidieron el carné del Partido y me excluyeron, duró cinco
    minutos. Cuando me fui de allí, pensé que alguien de la policía secreta
    probablemente me esperaba, pero no pasó nada. Ni siquiera me echaron del
    trabajo.

    ¿De dónde sacaste la confianza?

    —En los años 90, muchos pensaban que el gobierno estaba a punto de
    perder el poder. Todo el mundo escuchaba Radio Martí y se hablaba mucho.
    Para mí, la guerra del Golfo en 1991 fue decisiva. En el trabajo,
    teníamos acceso a revistas y periódicos americanos, y yo lo leía todo. A
    la hora del almuerzo, a menudo hablábamos sobre la posición de Cuba de
    no condenar la invasión de Irak a Kuwait, sino que solo se criticaba a
    Estados Unidos. En esas discusiones, encontré la confianza en el
    discutir y decir lo que realmente pensaba. Luego lo utilicé en las
    reuniones con el Partido y eso hizo que me atreviese a ponerme en contra
    de ellos.

    El colapso de la Unión Soviética y la aguda crisis económica en Cuba en
    ese momento, hizo que muchos pensaran que el gobierno de Fidel Castro
    caería.

    —Estaba aterrorizado de que llegara una nueva revolución y que me
    encontraran con el carné del Partido en el bolsillo. Yo no quería ser
    una de esas personas que solo se ponían en el bando adecuado en el
    momento oportuno, sino uno de los que provocaban el cambio. Así que
    cuando me pidieron que tomara parte en el trabajo voluntario en el
    campo, dije que no. Dos semanas de trabajo agrícola dos veces al año es
    una falta de respeto hacia las personas bien formadas.

    La falta de gasolina y transporte público también hizo que Adolfo
    empezara a llegar tarde al trabajo. Cuando su jefe se quejó y le dijo
    que tenía que levantarse más temprano, él respondió que el problema era
    del municipio, que era incapaz de proporcionar el servicio del cual era
    responsable.

    —Pero tampoco eso llevó a que tomaran ninguna acción contra mí, en
    cambio me dieron trabajo para hacer en casa, traducciones que podía
    entregar una semana más tarde. También dejé de pagar la cuota del
    sindicato, lo cual es grave, pero tampoco pasó nada después de eso.

    En 1994 se implicó en un grupo humanitario que trabajaba con presos
    políticos.

    —Les dábamos Biblias e intentábamos infundirles esperanza. El grupo era
    pequeño, pero pensábamos más o menos igual, y a través de la cohesión,
    fuimos capaces de convencernos mutuamente de que no éramos nosotros los
    que estábamos locos.

    El grupo, después de un tiempo, estableció contacto con el Partido
    Solidaridad Democrática, que era uno de los principales partidos
    políticos de la década de 1990.

    —Era un partido suficientemente grande para que valiese la pena dar el
    paso. Además, nos ofrecieron a todo nuestro grupo participar a la vez.

    A través de los contactos del Partido, fue capaz de hablar por Radio
    Martí. Solo después de eso fue despedido del trabajo. —El motivo oficial
    para despedirme, que se puede leer en la resolución, no es más que una
    farsa. Me agradecieron todo el buen trabajo que había hecho en los años
    que traduje para el gobierno, pero como había tenido “contactos con
    terceros”, es decir, las personas que están fuera del sistema, tenían
    que dejarme ir.

    Si has perdido tu trabajo en Cuba por razones políticas, es casi
    imposible conseguir uno nuevo. El Estado te expulsa de todas las
    comunidades. Después de algunos años, Adolfo solicitó una licencia para
    enseñar inglés de manera privada.

    —No pensé que me la darían. Hasta había preparado una apelación para
    enviarla a la organización internacional del trabajo, ILO, diciendo que
    no tenían otra razón para negarme la licencia que por mis opiniones
    políticas. Pero me dieron la licencia sin ningún problema. Solo quieren
    que todo parezca normal, así que intentan mantenerte en el Partido y en
    el trabajo y no buscar conflictos. Los conflictos hacen que la gente
    tome partido y diga lo que piensa.

    ¿En algún momento te has arrepentido?

    —Ahora no me arrepiento de nada, y nunca volvería a ponerme la máscara
    para entrar en el sistema otra vez. Una vez estás fuera, es un alivio.
    Tienes que ser honesto contigo mismo, decir lo que piensas y no mentir.
    Si la gente empezase a decir abiertamente lo que piensa, el sistema no
    sobreviviría mucho más.

    Los otros activistas a favor de la democracia que entrevisté, me dijeron
    más o menos lo mismo, habían pasado por las mismas situaciones. Casi
    todos habían sido, en algún momento, un pilar del aparato del Estado
    cubano como funcionarios, periodistas, figuras culturales, médicos o
    profesores. Para algunos, el impulso para salir como disidentes era
    deshacerse de la falsedad y aspirar a ser libres para decir lo que
    pensaban y sentían. Comenzaban doblándose, removiéndose, vacilando y
    tratando de escapar de su propio disgusto contra el sistema de una
    manera u otra. Otros comenzaban el proceso descubriendo fallos y errores
    en el trabajo o en la zona donde vivían e intentaban cambiarlo. Una y
    otra vez golpeaban la cabeza contra la pared en sus intentos. Con el
    tiempo, el muro que rodeaba el sistema empezaba a verse cada vez más
    claramente, y al final, se daban cuenta de que había que derribarlo todo.

    El descubrimiento de la doble moral y el darse cuenta de que era
    imposible alterar el sistema, fue para muchos un proceso muy individual.
    Al principio, no hablaban con nadie, tal vez durante varios años. Pero a
    medida que su crítica era más clara, el sistema de control los
    descubría. Podía ser el Partido Comunista, la asociación juvenil, el
    sindicato u otra persona, y eran llamados para ser interrogados. En su
    interrogatorio, las autoridades intentaban manipularlos, discutir y
    explicar que estaban equivocados, que había que tener confianza en el
    gobierno y que realmente no era tan malo. Para muchos futuros disidentes
    estos interrogatorios funcionaban como ejercicios de argumentación. No
    tenían a nadie más que argumentara contra ellos.

    A medida que las autoridades los iban descubriendo, ellos empezaban a
    encontrar a otras personas en su entorno que se atrevían a criticar. Se
    unían, formando pequeños grupos, que se reunían para hablar y compartir
    libros. Estos grupos llevaron a que se separaran del sistema político,
    que se intentasen colocar fuera de la ideología y construir una
    identidad que no dependía de los valores impartidos por el gobierno.

    Luego llegaba el abismo, cuando el conflicto con el gobierno era
    inevitable, y tenían que decidir si saltar o no. Me dijeron que lo único
    que funcionaba para deshacerse de la frustración, era mantener la cabeza
    erguida y desafiar al sistema. La acción principal era demostrar
    públicamente que ya no reconocían la legitimidad del sistema, que
    trabajaban para cambiar el poder. Las autoridades respondían enton-ces
    excluyéndolos del partido y despidiéndolos del trabajo. Muchos lo
    tomaban como un alivio y como que el gobierno, por consiguiente,
    aceptaba que la resistencia existía.

    Erik Jennische ha trabajado en apoyo a las organizaciones de los
    Derechos Humanos en Europa Oriental, los Balcanes y América
    Latina. Desde 2014, Jennische es el Director del programa para
    Latinoamérica en Civil Rights Defenders en Estocolmo.

    Hay quitarse la policía de la cabeza se publicó en sueco en la primavera
    de 2013 y recibió una acogida muy positiva en los medios del país
    europeo. El libro, publicado en 2015 por Ertigo, está disponible en
    español a partir de hoy en Amazon, Readontime.com y en libros.elmundo.es.

    Source: Hay que quitarse la policía de la cabeza | Diario de Cuba –
    http://www.diariodecuba.com/derechos-humanos/1440351596_16501.html

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