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    Fidel y Rosafé

    Fidel y Rosafé
    MIGUEL SALES | Málaga | 11 Ago 2015 – 9:17 am.

    La historia de cómo y dónde acabó la mascota preferida de Fidel Castro.

    Una columna de Claudia Peiro sobre las locas iniciativas de Fidel Castro
    me trajo a la memoria la historia de Rosafé Signet y su triste destino
    en Cuba, a principios de los años 70. Es un cuento de amor, patriotismo,
    racionamiento y muerte, en la mejor tradición del realismo socialista.
    Helo aquí.

    Yo no presencié la escena, pero puedo imaginarla sin gran dificultad.
    Fue amor a primera vista. El invicto comandante y el prodigioso
    semental. El primero vio una foto o quizá una película en la que el
    segundo desplegaba su sin par musculatura, la curva delicada de su
    cornamenta y su altiva mirada, casi de minotauro hiperbóreo. Tenía la
    fiereza de un miura, el empaque de un charolais y la reciedumbre de uno
    de esos ejemplares que los ancestros celtíberos del comandante habían
    inmortalizado en la piedra dura de Guisando. Había ganado numerosos
    concursos de belleza bovina.

    El comandante, que también era un macho enérgico y prolífico, decidió
    que aquel toro sería el padre de sus terneros. Se llamaba Rosafé Signet,
    era canadiense y en 1967 costaba un millón de dólares. Ninguno de esos
    atributos fue óbice para que se ejecutara la voluntad del seducido
    guerrero. A las pocas semanas del flechazo, Rosafé estaba instalado en
    las afueras de La Habana, en un establo climatizado rodeado de tres
    hectáreas de pastos, con música indirecta, alimentación especial y una
    pequeña tropa de soldados, vaqueros y veterinarios encargados de velar
    por su salud y bienestar. Algunas noches, durante el suave invierno
    caribeño, la escolta lo dejaba trotar y pastar libremente por la dehesa,
    para que estirara los músculos y se refrescara el fatigado vergajo.

    La cabaña ganadera de la Isla había experimentado una reducción
    vertiginosa en los pocos años que el comandante llevaba en el poder y se
    esperaba que el nuevo “toro de Fidel” obrase un milagro reproductivo.
    Gracias a la inseminación artificial y el espléndido patrimonio genético
    del animal, se iba a crear una primera generación de reses —denominadas
    F-1, en honor al autor intelectual de la iniciativa— que combinarían el
    rendimiento lechero de las vacas de raza jersey con la capacidad de
    producción de carne de Rosafé. Más tarde, el cruce de ejemplares de la
    primera generación mejoraría aún más las características la progenie,
    que se llamaría F-2 y así sucesivamente. A la vuelta de una década, Cuba
    iba a producir más leche que Holanda, más quesos que Francia y más carne
    que Argentina. Y ese prodigio sería el resultado del genio agropecuario
    del comandante y el semen poderoso de su mascota favorita.

    Pero la escasez de alimentos, que ya era notoria ese año, se agudizó en
    los meses siguientes debido a otro proyecto epónimo que el comandante
    decidió emprender: en 1970 la Isla iba a producir 10 millones de
    toneladas de azúcar, cifra que batiría todas las marcas mundiales en la
    materia. Para lograr ese objetivo, la mayoría de los recursos humanos y
    materiales del país se consagraron a la tarea desde principios de 1969.
    La consiguiente carencia de casi todo fomentó el mercado negro y “el
    tiro de carne”, actividad que consistía en sacrificar clandestinamente,
    con nocturnidad y alevosía, a todo cuadrúpedo que pastara en los
    alrededores de la ciudad. Los matarifes improvisados descuartizaban el
    animal a toda prisa y se llevaban los trozos más fáciles de vender,
    dejando el resto del cadáver en la escena del delito.

    Monguito y Collín se dedicaban por entonces a esta lucrativa tarea.
    Durante un año los tres habíamos coincidido en el presidio político de
    menores, aunque mis amigos eran más bien lo que entonces llamábamos
    “policomunes”, es decir, gente cuya actividad oscilaba entre la
    transgresión política y el delito común. Era una zona jurídica muy
    amplia y borrosa, en la que se movían numerosos jóvenes que el régimen
    consideraba a la vez delincuentes y “desafectos”, y a los que castigaba
    con gran severidad. Para evitar el contagio ideológico, las autoridades
    preferían encerrarlos junto con los presos políticos. Monguito, Collín y
    yo habíamos salido de la cárcel en 1972. Dos años después, volvimos a
    encontrarnos en los calabozos del Castillo del Morro. Este es el relato
    abreviado que me hizo Collín de la hazaña que los devolvió al “embere
    mayor”:

    “Acere, estábamos en el tiro de carne y una noche salimos por cerca de
    La Coronela y vimos una vaca grandísima. Monguito le echó el lazo por el
    hocico y yo le di dos puñaladas en el lomo. Como era tan grande, na má
    pudimos llevarnos un pernil. Le sacamos un montón de filetes y los
    vendimos en el barrio. A los quince días, llegó el G-2 (policía
    política) y nos llevaron pa Villa Marista. Allí nos acusaron de haber
    asesinado al toro de Fidel y nos dijeron que nos iban a fusilar”.

    Gracias a la infinita benevolencia del comandante, Monguito y Collín no
    terminaron sus días en el paredón de fusilamiento. Tan solo los
    condenaron a 25 años de prisión, de los cuales deben de haber cumplido
    muchísimos.

    Yo no sé si la historia que me contó Collín es verdadera o falsa. Solo
    sé que a principios de los años 70 Rosafé Signet, el semental de un
    millón de dólares que Fidel hizo traer de Canadá, desapareció
    misteriosamente y nunca nadie más volvió a hablar de él. Me encanta
    pensar que al menos una parte del noble animal terminó en los platos de
    los vecinos de Pogolotti, Cocosolo y otros barrios aledaños, donde
    Monguito y Collín tenían su clientela.

    Source: Fidel y Rosafé | Diario de Cuba –
    http://www.diariodecuba.com/cuba/1439190980_16240.html

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