Carceles en Cuba
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    Entrevista al escritor Ángel Santiesteban-Prats

    Entrevista al escritor Ángel Santiesteban-Prats
    “Una vez que entré en la disidencia, me han querido convertir en
    delincuente”
    Félix Luis Viera, México DF | 11/08/2015 1:43 pm

    Recientemente, Ángel Santiesteban-Prats (La Habana, 1966), uno de los
    narradores cubanos más sobresalientes de las últimas décadas y quien se
    hallaba preso en la Isla por un delito que él asegura no cometió,
    recibió licencia extrapenal luego de dos años y medio tras las rejas. La
    “licencia extrapenal” establece una especie de libertad condicional, de
    modo que el escritor podría regresar a la cárcel si el régimen así lo
    decidiera.
    Santiesteban-Prats tuvo a bien contestar las siguientes preguntas para
    CUBAENCUENTRO.
    ¿Cuál o cuáles fueron tus momentos más difíciles durante estos dos años
    en la cárcel?
    Ángel Santiesteban-Prats (ASP): Exactamente fueron dos años y medio, y
    soy estricto porque los minutos dolieron por iguales. Los peores días
    fueron en la prisión 1580, una vez que me revocaron para esconderme de
    aquellos “periodistas” extranjeros que visitaron las prisiones el 9 de
    abril de 2013. En las celdas de ese lugar me mantuve 16 días en huelga
    de hambre y, para que abandonara la inanición, me llevaron hasta la
    celda a un familiar, que llorosa me increpó, recordándome que si me
    encontraba en aquel lugar fue por mi decisión; siempre estuve
    consciente, una vez que abrí el blog, que todo terminaría en prisión; y
    me recordó que mi oficio y mi deber eran denunciar los atropellos del
    régimen, y nunca tendría mejor oportunidad que en ese lugar. Y entonces
    fue como si la luz lo abarcara todo, y comprendí que tenía razón, que
    debía aprovechar el estar en ese lugar, abarcar la experiencia lo
    mayormente posible y extraerle todo el jugo que me brindara. Y así lo
    hice. Recuerdo que en una oportunidad escribí que la dictadura nunca
    debió llevarme allí, jamás debieron enseñarme todo lo que presencié. En
    los cuatro meses y medio que me mantuvieron allí, no visité el comedor,
    me alimentaba del saco que le permitían a mi familia llevarme una vez al
    mes. Las fatigas eran constantes. Creo que me sacaron un mes y medio
    antes de que se cumplieran los seis meses de revocación porque temieron
    que mi salud se complicara; sin embargo, fue donde más escribí. Recuerdo
    que comenzaba apenas salía el sol y a las diez de la noche cuando
    avisaban que apagarían la luz, yo seguía con el mismo ímpetu. Quizá fue
    el refugio que encontré para burlar aquellas alambradas que intentaban
    impedir mi libertad. Puede que haya sido el lugar donde más libre fui.
    Nunca olvidaré cómo ubicaron presos a mi alrededor para delatar
    cualquier movimiento mío para sacar los escritos e informaciones, a
    cambio de beneficios, como visitas extras con sus familiares o
    encuentros conyugales con sus mujeres. Luego, esos presos fueron
    tomándome afecto, comprendieron por sí solos que mi función era defender
    sus derechos, y que mientras yo estuviera allí los guardias se medirían
    para atropellarlos. Hubo un momento que se burlaban de los guardias, sus
    cambios de posturas y petulancias, pues tenían las órdenes precisas de
    no darme contenido de trabajo para mis post de denuncias. Muchos de esos
    presos me confesaron que el Jefe de la prisión, el Teniente Coronel
    Reinaldo, les llamaba a su oficina a exigirles mayor vigilancia pues
    quería evitar que continuara con las denuncias. Nunca pudo lograrlo.
    Creo que una vez que me sacaron de allí sintió alivio, ya sus que sus
    subalternos podían continuar con sus abusos sin que se supiera en el
    exterior.
    ¿Alguno o algunos de tus carceleros fueron piadosos contigo?
    ASP: Sí, varios de ellos me comprendieron, creo que me tomaron afecto,
    como yo a ellos. La mayoría coincidían en que “no era el ogro que le
    describieron”. Con algunos fui afable; pero a todos les daba los buenos
    días, les preguntaba por sus familiares, sobre todo a aquellos que en
    algún momento estuvieron enfermos. Una vez me dijeron que yo mostraba
    más interés por sus seres queridos que sus propios jefes. Varios
    militares fueron cambiados porque se mostraban demasiados cercanos o
    daban un criterio humano y positivo sobre mí; misteriosamente, al día
    siguiente los trasladaban.
    ¿Crees en Dios o en un dios?
    ASP: Creo en Dios, estoy seguro de que cumplimos una tarea que no
    siempre comprendemos, a veces nunca; pero en ocasiones, al pasar el
    tiempo, las cosas se muestran con claridad. Nunca he sentido que Dios me
    haya abandonado, ni en los momentos más adversos de mi experiencia
    carcelaria. Recuerdo que en la huelga de hambre en la prisión 1580, en
    dos ocasiones me esposaron los pies y las manos para obligarme a ingerir
    alimento. Me cerraban los huecos de la nariz para obligarme a abrir la
    boca y así poder verter una especie de fórmula, al estilo “papilla” que
    le dan a los bebés, solo que esta era pestilente, me llegaba una fetidez
    insoportable. Lo peor era que una vez que lo vaciaban en mi boca me
    dejaban respirar por la nariz, por donde de inmediato lo expulsaba.
    Fueron minutos humillantes y desagradables.
    ¿Orabas?
    ASP: Gladys, la madre de Antonio Rodiles, y Ailer, su esposa, me
    escribieron en mi agenda de teléfonos varias oraciones que repetía todas
    las noches. También hablaba con mi madre, siempre he creído que su
    espíritu me protege.
    En particular, ¿alguno o algunos de tus carceleros fueron excesivamente
    crueles contigo?
    ASP: Hubo uno en particular, el mayor Cobas, que ejerció sobre mí una
    animadversión particular. No niego habérmela ganado, pues, en lo que a
    mí respecta, me era insoportable porque fingía ser correcto cuando todos
    los presos sabían que era un corrupto, y que vendía los pabellones
    matrimoniales, y por supuesto, se lo hice saber delante de todos.
    También es cierto que fue la punta de lanza de la Seguridad del Estado,
    ellos le decían lo que tenía que hacer conmigo, se escudaban detrás de él.
    ¿En qué, en quién o quiénes pensabas durante tu cautiverio?
    ASP: En muchas personas que me demostraron aprecio, amor, devoción, pero
    especialmente en mi hermana Mary y en mis hijos.
    ¿Guardas rencor para tus colegas, y colegas y amigos, que ni siquiera se
    quejaron ante el régimen por tu encarcelamiento injusto?
    ASP: Ellos lo que brindan es lástima por lo infelices que son, siento
    pena ajena. La mayoría supieron que se trataba de un ajuste de cuentas
    por mi posición política, y prefirieron callar porque si me consideraban
    culpable de algo, fue de no escuchar sus consejos para que desistiera
    antes de que sucediera lo que definitivamente ocurrió. Supongo que
    sienten que por su parte no quedó, que fui bruto al insistir, por lo
    tanto, vieron justificados sus silencios. Gran parte de esos escritores
    fueron mis amigos, conversamos largas sesiones y sabían mi manera de
    pensar. Casualmente, cuando comenzaron las acusaciones, la mayoría ya no
    me visitaban, se los habían advertido o infirieron que lo mejor era
    alejarse. Lo que es curioso es que ellos sabían lo que pensaba, pero
    viceversa también. Sé sus discursos críticos, en algunos casos más
    extremistas que los míos. Sin embargo, son los primeros en mover
    banderitas e integrar delegaciones y fingir que apoyan al régimen
    totalitario. En realidad, se tienen a sí mismos como castigo. Esas
    largas noches en justificar sus cobardías son sus mayores torturas.
    ¿Guardas rencor para el régimen?
    ASP: Por ahora un poco, aunque estoy trabajando mentalmente para
    deshacer cualquier sentimiento negativo, no valen ni siquiera que se les
    guarde rencor. El peor castigo es que los olvidaremos.
    ¿Sigues afirmando que eres inocente de los cargos que te atribuyeron?
    ASP: Yo no lo afirmo, sino las pruebas que presentó mi abogado en aquel
    acto circense que se llamó “juicio”. Digo que las palabras, palabras
    son. Que mejor hablen las pruebas por mí. Es muy sencillo, entre las
    tantas que luego presentó la abogada Amelia en la Revisión, existe un
    video autentificado por los peritos del gobierno que avalan que no hay
    ningún trucaje, y donde se corrobora el contubernio entre mi ex (de la
    cual llevaba dos años y medio separado), la fiscalía, la policía, la
    Seguridad del Estado y un falso testigo que, una vez que se descubrió,
    tuvieron que retirar. Creo que con esa sola prueba es suficiente para no
    creer nada más. Por supuesto, como mis cinco testigos, el video no fue
    aceptado por el tribunal; sin embargo, es escandaloso que la única
    prueba que se presentara contra mí fuera un escrito que me pidieron que
    copiara de un artículo del periódico Granma, para que una perito
    caligráfica dijera que “por la altura e inclinación de mi letra yo era
    culpable”. Fuera risible si no hubiera costado tanto dolor a mi familia
    y amigos. Así de ridículo fue mi juicio amañado. Y todo puede ser visto
    en mi blog “Los hijos que nadie quiso”. Estoy seguro que aquellos que
    ponen en duda mi inocencia tienen en su alma y en letras grandes, un HP
    que arrastrarán de por vida, y solo por quedar bien vistos por la
    oficialidad o por acatar órdenes de la policía política. No tienen otra
    justificación. Y todo a partir de que abriera ese blog en el 2008,
    porque hasta ese instante había sido un ciudadano ejemplar. Desde ese
    momento se me aplicaron las denuncias más increíbles e inverosímiles, y
    que lo saben todos lo que me conocen, y que aún hoy arrastro en mi
    currículum delincuencial, como el de violador, ladrón, asesino, atentado
    a una figura pública, atropellar a un menor en la vía pública e irme a
    la fuga, y no sé cuántos disparates más. Una vez que entré en la
    disidencia, me han querido convertir en delincuente, y desgraciadamente,
    algunos y algunas infelices le han hecho el juego y son cómplices
    verbales de esos disparates.
    ¿Alguna otra observación para CUBAENCUENTRO?
    ASP: Gracias a CUBAENCUENTRO por esta oportunidad. Y Quiero darte las
    gracias a ti, por tu dignidad como colega, y decirte que me bastó por la
    de todos aquellos que por miedo no se pronunciaron contra la injusticia.

    Source: Entrevista al escritor Ángel Santiesteban-Prats – Artículos –
    Entrevistas – Cuba Encuentro –
    http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/entrevista-al-escritor-angel-santiesteban-prats-323394

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