Carceles en Cuba
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    Recuerdos del ferry

    Recuerdos del ferry
    Gina Montaner

    Permanecieron interrumpidos durante más de medio siglo, pero muy pronto
    volveremos a ver los ferries que en la década de los cincuenta iban y
    venían del sur de la Florida a La Habana. Esa es la última noticia que
    en estos días se suma al revuelo tras el acercamiento entre Estados
    Unidos y Cuba.

    Mi padre me había dicho que yo había salido de la isla en ferry con mi
    abuela Manola, pero mi madre me aclaró la historia: fue ella quien en
    febrero de 1961, con apenas 18 años, viajó sola en un ferry que la llevó
    de La Habana, su ciudad natal, a Palm Beach. Mi madre no quería
    separarse de mí, que aún era un bebé de menos de un año, ni de su
    familia, pero sólo ella tenía visa en los primeros tiempos de una
    convulsa revolución que cambió para siempre la vida de los cubanos.

    Mis abuelas, Manola y Perla, que eran las matriarcas y el motor de la
    familia mientras el régimen castrista ya había encarcelado a mi padre,
    la llevaron al puerto, donde incluso intentaron, sin éxito, embarcarme
    como polizón. El plan de mis abuelas (que eran muy madres coraje) era ir
    sacando poco a poco a la familia antes de que el totalitarismo cercara
    del todo una isla rodeada de mar.

    Hoy Linda, así se llama mi madre, me cuenta que lloró todo el viaje,
    destrozada al verse separada de sus seres queridos, preocupada por
    llegar a un lugar donde le esperaba la incertidumbre y, sobre todo,
    temerosa de quedarse al otro lado, alejada para siempre de su esposo, su
    hija recién nacida y de la única vida que hasta entonces había conocido.

    Le pregunto a mi madre qué recuerda de aquel ferry que a lo largo de la
    noche recorrió la corta distancia que separa a la diáspora cubana de la
    isla. Hoy, al cabo de cincuenta y cuatro años, aquel triste episodio le
    resulta lejano, pero la herida del destierro y del trauma sigue intacta.
    A sus dieciocho años, recién casada y madre, aquella travesía la
    arrancaba de sus amores y del paisaje habanero en el que había crecido.
    Cuando llegó a Palm Beach ya era de día y allí la recibió un familiar
    que la llevó hasta Miami, donde comenzaría una nueva existencia mientras
    esperaba la llegada de los que dejó atrás.

    Antes de que los hermanos Castro impusieran su dictadura, el servicio de
    ferries que conectaba a Miami con Cuba era frecuente y hacía de puente
    marítimo entre dos países cercanos por la geografía y las costumbres. En
    aquel entonces los estadounidenses y cubanos eran turistas
    intercambiables y la isla y la Florida eran destinos apetecibles para
    ambos. Sin embargo, la normalidad se interrumpió con el rompimiento de
    relaciones y la alianza entre La Habana y Moscú en plena Guerra Fría y
    la amenaza de un conflicto nuclear. De la noche a la mañana Cuba se
    transformó en una inmensa cárcel y hasta los ferries se convirtieron en
    objetos de fantasía para huir.

    A pesar del anuncio del deshielo que hizo el presidente Obama el pasado
    17 de diciembre, hoy en la isla sigue reinando la dinastía de los Castro
    y, hasta ahora, no ha habido un solo gesto por parte del gobierno
    indicando que está dispuesto a iniciar una transición. No obstante, hay
    un ambiente de fiesta prematura que celebra el comercio, los vuelos y
    hasta los ferries que eventualmente arribarán a La Habana. No hay
    libertad ni fin de siècle, pero sí se aspira a que haya resorts llenos
    de turistas estadounidenses que podrían volar directamente o hacer
    trayectos en ferries que prometen casinos, máquinas tragaperras y
    mojitos. La libertad, dicen, ya vendrá, acaso en el paquete del all
    inclusive.

    En realidad la lucha por la libertad, esa gesta que fue la que
    verdaderamente recordamos cuando los alemanes salieron a derribar el
    Muro de Berlín y en Checoslovaquia Václav Havel comprendió que los
    largos años de presidio político no fueron en vano, parece haberse
    diluido en la borrachera de esta celebración que bautiza a Cuba como la
    nueva China, con su partido único y parque temático para turistas
    accidentales ajenos a la represión.

    Son días en los que la insoportable levedad del acercamiento se reduce
    al sonido de los dólares contantes y sonantes, y ya se puede escuchar el
    barullo en el ferry que le hará la competencia a los cruceros en el
    mismo Estrecho donde han muerto cientos de balseros.

    Cuando mi madre se subió al ferry hace cincuenta y cuatro años las
    lágrimas no la dejaron ver La Habana por última vez. Hay viajes y hay
    viajes.

    Siga a Gina Montaner en Twitter: @ginamontaner

    www.firmaspress.com

    Source: Recuerdos del ferry | El Nuevo Herald El Nuevo Herald –
    http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/opin-col-blogs/gina-montaner/article20600049.html

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