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    Martí – historia de una bofetada

    Martí: historia de una bofetada
    ANTONIO JOSÉ PONTE | Madrid | 23 Mayo 2015 – 9:04 am.

    Julio Antonio Mella inició una recuperación martiana teñida de violencia
    que ha tenido una larguísima fortuna después de 1959.

    José Martí es una termoeléctrica y una biblioteca enorme. Es la más alta
    orden gubernamental y una radio que ataca al gobierno que entrega esa
    orden. Es un aeropuerto y un montón de avenidas. Es el centro del parque
    en pueblos y ciudades. Es la dispersión de frases suyas que se repiten
    incesantemente. Es el dinero que circula con su efigie. Es el primer
    nombre propio que se menciona en la actual Constitución de la República
    Cubana: aparece cuando ya han pasado, en anteriores claúsulas, una masa
    anónima de aborígenes suicidas, de esclavos rebeldes, de criollos
    levantados en armas, de obreros, campesinos y estudiantes.

    Como si se tratara de la traducción de títulos imperiales exóticos, ha
    sido llamado “Nuestro Apóstol”, “Héroe Nacional”, “Pater Patriae”,
    “Nuestro Recetario Político”, “Padre Santo”, “Nuestro Botiquín de Moral
    Pública”, “Nuestra Biblia de Vida”. Se ha afirmado que ninguna estatua
    que se levante conseguirá hacerle justicia. Rubén Darío llegó a
    consignar, luego de ciertos estimados constructivos, que para tal
    estatua “la isla entera sería todavía pequeño zócalo”.

    José Martí cobra la importancia universal que él mismo exageró para Cuba
    al escribir: “Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra
    América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso
    acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”. Su figura cobra la
    intemporalidad que él prodigaba al advertir que todo el que se levantara
    por la causa cubana, se levantaba para todos los tiempos. Leo sus
    páginas y me viene a la memoria la noticia de que un poema suyo (no
    recuerdo cuál) y uno de sus manifiestos políticos (tampoco lo recuerdo)
    viajan por el espacio cósmico, de no haberse desintegrado todavía.

    Allá los puso en órbita el primer (y único) cubano que ha visto el
    planeta desde afuera y que en la actualidad asiste, mudo en su uniforme
    de general, a consabidas sesiones parlamentarias en La Habana. Vestido
    entonces de cosmonauta, Arnaldo Tamayo Méndez, sacó del planeta, además
    de esos textos martianos, azúcar suficiente para organizar un
    experimento en torno al crecimiento de los cristales en un medio
    antigravitacional. Creo que nunca han llegado tan lejos las
    exportaciones cubanas, nunca se han extendido de modo igual las
    preocupaciones por el rendimiento de una cosecha. Y no habrá tenido la
    escritura de José Martí destinatario más extraño (y tal vez más justo),
    que al ponerse a orbitar en aquellos espacios pascalianos.

    Hablo del equipaje de un cosmonauta que incluía un paquete de azúcar y
    unas páginas impresas, hablo de exportaciones cubanas, y apunto esta
    ocurrencia que Fernando Ortiz hizo pública en 1953, durante la
    celebración del centenario martiano: si el país exportaba con muy buena
    suerte azúcar, tabaco y música, ¿por qué no iba a exportar a José Martí?
    Él era la mejor de las músicas (impetuosidad y arrastre de su oratoria),
    azúcar de óptima calidad (sus afectuosas cartas), sus ideas acarreaban
    la misma ebriedad del buen tabaco (en algunas marquillas aparecía su
    efigie).

    Pocos años antes de esa celebración, Emil Ludwig había escrito su
    asombro ante algunas de sus frases. Emparejaba aquellos fragmentos a los
    aforismos de Nietzsche, lamentaba que tal obra no estuviese traducida al
    alemán, y confirmaba la demanda internacional para el artículo de
    exportación propuesto por Ortiz. “Centenares de aforismos en tal estilo
    vigoroso y penetrante”, apuntó Ludwig, “que bien pudieran ser de
    Nietzsche, han sido recogidos en una magnífica colección de sus obras, y
    de ser traducidas, serían por sí solas suficientes para convertir a
    Martí en guía espiritual del presente momento del mundo”.

    El biógrafo alemán aludía al año 1948. Guía espiritual del mundo o
    principal artículo de exportación, José Martí cobraría su mayor
    importancia a partir del triunfo revolucionario de 1959. Aunque desde
    mucho antes su nombre había entrado en el trapicheo político cubano.
    Fulgencio Batista (por citar el ejemplo de una dictadura anterior) tuvo
    a bien agenciarse buena parte de los réditos de la celebración del
    Centenario, e intentó legitimar su flamante golpe de Estado con las
    fiestas por Martí. De igual modo, en ese mismo año, Fidel Castro dispuso
    su lucha contra Batista bajo la advocación del mismo nombre. En 1953 la
    política cubana adoptaba la forma de guerra de reliquias.

    Se ha repetido que Martí ha servido a toda intención política del último
    siglo cubano. Visto así, su utilización por la actual dictadura no
    tendría particularidad mayor. Lo inusual estriba, sin embargo, en que un
    mismo poder se haya valido de él para justificar tendencias sucesivas y
    contradictorias: Martí ha sido incluido en las cambiantes formulaciones
    del discurso revolucionario. Es por ello que ninguna interpretación de
    su obra me parece más necesitada de atención que la versión
    gubernamental cubana. Porque ninguna otra ha sido llevada tan lejos.
    Hasta el cosmos.

    Se trata, como he dicho ya, de una lectura cambiante. Lectura que
    incluye momentos tan dispares como aquel en que quiso aproximársele al
    pensamiento marxista, y este que hoy eterniza la propaganda habanera,
    donde él representa la conciencia nacional, la diferencia cubana. Poco
    importa cuán distante sea un Martí de otro, ambos han sido enraizados
    definitivamente a la revolución de 1959. No hay casualidad, por tanto,
    en que, luego de los retratos individuales ejecutados por algunos de los
    principales pintores cubanos durante la primera mitad del siglo XX
    (Carlos Enríquez, Jorge Arche, Eduardo Abela), Raúl Martínez cubriera
    sus enormes lienzos revolucionarios con retratos martianos en serie.
    Obedecía a algo más que el gusto warholiano por las tiras de retratos:
    si Warhol retrataba a Marilyn Monroe saliendo de los linotipos, Raúl
    Martínez procuraba al Martí de las máquinas oratorias.

    Cuando fue declarada marxista la revolución de 1959, se hizo
    imprescindible descubrir las coincidencias o tangencialidades entre Marx
    y Martí, entre Martí y Lenin. El problema que se abría era idéntico al
    que tuvo Dante al juzgar a Virgilio: ¿dónde colocar, en un universo
    regido por premios y castigos, entre Infierno y Paraíso, a quien vino
    antes de Cristo, no pudo compartir la Buena Nueva, pero debió de tener
    asomos de ella, a juzgar por su Égloga Cuarta?. Llegó entonces a
    afirmarse que las posiciones martianas eran “símili-marxistas”, término
    acuñado por el historiador Julio Le Riverend. Aunque vale la pena
    aclarar que los acercamientos entre Marx y Martí se habían iniciado una
    veintena de años antes.

    En el prólogo a una antología de textos martianos de 1974, Roberto
    Fernández Retamar hacía notar, a propósito de cierto punto en discusión:
    “Martí no lo dice en esos términos, pero si (…) traducimos sus planteos
    a un lenguaje marxista-leninista…”. Con lo cual señalaba la necesidad de
    traducirlo a la lingua franca del Imperio Soviético.

    Por esa misma época, entre los profesionales martianos cundió la
    desesperación nominalista. ¿Cómo calificar, en una escala rigídamente
    teleológica, a alguien como José Martí? “Demócrata revolucionario”, fue
    el más tranquilizador de los rótulos que le encontraron entre los
    rótulos que imponía la Academia de Ciencias de la URSS. Y cuando se vino
    abajo el imperio que sostuvo a aquella academia, cuando se volvieron
    innecesarias las traducciones propugnadas por Roberto Fernández Retamar,
    sobrevino otro Martí. Uno escarmentado, concentrado en sí mismo,
    olvidado de cualquier pensamiento que no fuese el propio, cubanísimo.

    Recurrir a este nuevo Martí, tenerlo a mano como autoridad, confirmaba
    lo evitable del fin para el régimen revolucionario. Pues lo
    tremendamente autóctono de él venía a coincidir con lo tremendamente
    autóctono de la revolución de 1959. Y si el triunfo de esta no había
    ocurrido por encargo transnacional o contagio soviético, no tenían por
    qué conseguir eco en el Caribe las noticias del este europeo. José Martí
    era visto como una preciosa especie endémica, la rara mariposa que
    justifica un microclima, el ornitorrinco para cierta reserva ecológica.

    Fuese cual fuese la interpretación entronizada, sobraban lazos entre la
    revolución que él iniciara en el siglo XIX y la que comenzara en medio
    de los festejos por su centenario. Asimismo, sobraban lazos entre el
    partido político que él fundara y el partido político que gobierna Cuba
    hoy. Sobraban lazos entre las figuras de José Martí y de Fidel Castro.

    Diversos fueron los partidos políticos cubanos colocados a la sombra del
    Partido Revolucionario fundado por Martí. En un texto publicado en 1948,
    de cara a las elecciones, Blas Roca consideraba a Martí como el
    revolucionario más radical de su época y lo tildaba de precursor del
    Partido Comunista (PSP). “Nosotros podemos reverenciar a Martí con toda
    sinceridad porque nosotros somos del partido radical y revolucionario de
    hoy”, rezaba su panfleto. Según Roca, todos los partidos en lidia traían
    a cuento el ejemplo martiano, pero solamente los comunistas eran del
    todo sinceros al reverenciarlo.

    No muy distinta exclusividad de cita se reservaba Ramón Grau San Martín
    desde el momento en que bautizara a su partido con el mismo nombre del
    fundado por Martí, aunque agregándole un paréntesis por el cual sería
    conocido la nueva formación: Partido Revolucionario Cubano (Auténtico).
    Lo mismo que Blas Roca, Grau San Martín denunciaba al dudoso Martí de
    los demás, y se regocijaba en la continuación de lo martiano de la
    política representada por él.

    Pero ninguna aproximación ha tenido mejor fortuna que la de Fidel
    Castro. Inmerso desde joven en las luchas políticas republicanas,
    sabedor de lo importante del manejo de símbolos (su curiosidad o
    simpatía por el fascismo italiano dan la medida de ello), no podía menos
    que utilizar a Martí. Un volumen publicado en 1983, José Martí: el autor
    intelectual, deja ver algunos de esos trabajos de apropiación: aparece
    allí el facsímil de unas páginas martianas con anotaciones del joven
    Castro. Y la visión de esa marginalia despertaba lo rapsódico en un
    comentarista como Fernández Retamar, quien arriesgara: “Fidel, siguiendo
    el consejo del libro ígneo que es el Apocalipsis, el cual recomienda
    comerse el libro, estaba haciendo a Martí carne de su carne y sangre de
    su sangre”.

    Tal como puede desprenderse de esa cita, nos encontramos en tierra de
    altos símbolos. No sorprenderá a nadie que, durante la apertura del
    Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba celebrado en 1975, le
    fuese reservado a Martí un puesto entre los asistentes, en calidad de
    Primer Delegado. No sorprenderá tampoco que, a lo largo de las sesiones,
    se mantuviese un respeto sagrado por la butaca vacía.

    Aquel que anotara siendo joven unas páginas de José Martí, iba a
    ocuparse de escribir la introducción a la edición crítica de las Obras
    Completas. Un atlas histórico-biográfico dedicado a seguir los pasos del
    Martí trashumante concluía con un recuento de la lucha guerrillera en la
    Sierra Maestra. Y en el cartel impreso para el estreno del documental La
    guerra necesaria de Santiago Álvarez, Martí aparecía en la cubierta del
    yate “Granma”. Ambas épicas se entrelazaban, el desembarco martiano poco
    antes de su muerte, y el que hicieran Fidel Castro y sus compañeros.

    Más recientemente, el pintor José Toirac ha vuelto a la fotografía donde
    Fidel Castro, inmediatamente después del asalto al cuartel Moncada,
    aparece ante una pared en la que cuelga el retrato de Martí. En la
    irónica interpretación de Toirac, hecha con blancos y negros como si se
    tratara de una fotografía, el principal sujeto es José Martí, y la
    imagen que cuelga en la pared es de Fidel Castro.

    A tanto se ha llegado en los trabajos de identificación entre uno y
    otro, que ambas figuras resultan intercambiables. Fidel Castro pudo
    haber conspirado en New York hasta fundar el Partido Revolucionario
    Cubano, Martí podría tiranizar al país valiéndose del Partido Comunista
    de Cuba. Ya Nicolás Guillén había estipulado que era José Martí,
    redivivo en Fidel Castro, quien señalaba el camino de Cuba. Incluso
    llegó a hablarse, en una antología del venezolano Aquiles Nazoa, del
    “adelantado fidelismo” de Martí.

    “Solo los revolucionarios de hoy”, consignó José Cantón Navarro, “y en
    primera fila los comunistas, pueden honrar sin avergonzarse a los
    revolucionarios de ayer, en cuya vanguardia se halló siempre nuestro
    Martí”. Aquellos viejos comunistas que celaban a Martí remontaban el
    linaje de su interpretación hasta un artículo publicado por Julio
    Antonio Mella en 1926: “Glosas al pensamiento de José Martí. Un libro
    que debe escribirse”. Mella hablaba allí de un libro por hacer, obra
    para la cual no le alcanzaba el tiempo, pero que tal vez llevaría a cabo
    en alguna de sus prisiones, sobre el puente de un barco, en un vagón de
    tercera o en la cama de un hospital. (Cárcel, exilio o convalecencia
    eran las expectativas que él mismo se dibujaba.) Como podrá imaginarse,
    el libro pospuesto daría la medida del verdadero Martí. Mella se apuraba
    a sí mismo al escribir: “Es imprescindible que una voz de la nueva
    generación, libre de prejuicios y compenetrada con la clase
    revolucionaria de hoy, escriba ese libro”.

    No era retórica su queja por la falta de tiempo. Alrededor de esa fecha
    él se encontraba entre los fundadores de la Federación de Estudiantes
    Universitarios, organizaba una universidad popular (con el nombre de
    José Martí), participaba en la creación del Partido Comunista de Cuba
    (PSP), y fungía como secretario general de la sección cubana de la Liga
    Antimperialista. Su artículo, propuesta de libro que nunca llegaría a
    escribir, arrastraba a Martí a la actualidad, lo citaba a juicio contra
    el imperialismo estadounidense. Creaba, de este modo, una de las más
    poderosas y recurrentes figuraciones martianas: la del luchador
    antimperialista.

    Pero, más allá de lo fecunda que haya sido la petición de análisis hecha
    por Mella, quiero detenerme en un rasgo que (hasta donde sé, pues la
    bibliografía martiana es oceánica y soporífera) no se ha tenido en
    cuenta. Mella escribió en su artículo de 1926: “Es necesario dar un
    alto, y, si no quieren obedecer, un bofetón a tanto canalla, tanto
    mercachifle, tanto patriota, tanto adulón, tanto hipócrita… que escribe
    o habla sobre José Martí”.

    Resalta en esta cita la violencia. Junto a la propuesta de un Martí
    necesario, de un libro por hacer, esa bofetada marcará el camino de la
    intransigencia, tendrá muchísima suerte futura. El texto de Julio
    Antonio Mella, origen de un linaje interpretativo, representa también el
    nacimiento de una particular manera de canalizar los celos. Rafael Rojas
    ha estudiado en Tumbas sin sosiego los cambios producidos en la
    civilidad cubana a partir del triunfo revolucionario de 1959. A
    propósito de la intelectualidad comunista, Rojas anota variaciones que
    van desde una cortesía exquisita hasta, desalojado ya el resto de los
    partidos políticos, la intolerancia más cortante. Y claro que la
    bofetada estipulada por Mella pudo ser solamente un exabrupto literario.
    Quizás no haya que tomarla al pie de la letra, pues pertenecía a ese
    conjunto de barrabasadas que promulgaban otros manifiestos de la época.
    (No por ellos iba a ser arrasado el Partenón o la antropofagia cundiría
    entre la gente.)

    Sin embargo, el exabrupto de Mella hallaría, al final, literal
    cumplimiento. En 1974, Juan Marinello advertía: “Por fortuna, la
    claridad traída por la revolución nos pone a cubierto de todo intento
    malicioso o torpe. Los martianos antimartianos no tienen cabida en la
    Cuba de ahora”. Y lo que en 1926 merecía una bofetada, debía pagarse
    ahora con el ostracismo, con el destierro de por vida. Un prólogo a los
    trabajos del Seminario Nacional Martiano esbozaba un Index Prohibitorum
    que incluía nombres de intelectuales burgueses empeñados en tergiversar
    la memoria de Martí. Juan Marinello, inquisitorial hasta en su
    terminología, hablaba del “pecado de leso martismo”. Y Luis Pavón
    hurgaba en culpas retroactivas: “Una lista de la bibliografía martiana
    que nos dejó la república es, en gran medida, una relación delincuencial”.

    El oponente quedaba fuera de la cortesía, fuera del país, fuera de toda
    ley. Un primer decreto expedido el 19 de mayo de 1977 por el recién
    fundado Consejo de Ministros, ordenó la creación de un Centro de
    Estudios Martianos que encastillaría (e iba a propiciar también) la
    investigación sobre Martí. Junto a tal decreto fue dictada la resolución
    que declaraba Monumento Nacional a cualquier pieza autógrafa martiana, y
    obligaba a sus poseedores a entregarla.

    El delito de propiedad venía a sumarse a lo delincuencial de ciertas
    opiniones, y resultaba ultrajada toda pertenencia de José Martí escapada
    de la Isla. Procuraba garantizarse legislativamente el retorno íntegro
    (hasta lo nimio) de quien vagara tantos años por el extranjero. Una nota
    sin firma aparecida en el Anuario del Centro de Estudios Martianos
    correspondiente al año 1985 se exasperaba ante la perspectiva de que
    Carlos Ripoll, especialista del exilio, publicase dos cartas inéditas.
    Reconvenía la nota: “Y allí, en manos de quienes han abandonado a la
    patria, hay documentos originales de Martí que le pertenecen al pueblo
    cubano y a su Revolución martiana, únicos verdaderos custodios de un
    tesoro que es patrimonio de la humanidad, pero no de una humanidad en
    abstracto, sino, para decirlo con palabras de Juan Marinello, de ‘una
    humanidad al nivel de su esperanza'”.

    La guerra de reliquias se encendía. Aquellos que se consideraban a sí
    mismos únicos herederos del ejemplo martiano, los únicos sabedores de
    traducirlo, encontraban en él un buen motivo para denostar a los
    contrarios. Como cualquier instrumento de legitimación de una dictadura,
    José Martí terminaba por convertirse en un objeto arrojadizo, en arma.
    En medio de la fuga del país de gran parte de la población, una de sus
    frases sería utilizada para justificar la intolerancia. “Hay que cargar
    los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria
    que los nutre”, había escrito él en Nuestra América. (Los beatos
    martianos no encontrarán, en este caso, la excusa de que la frase ha
    sido desquiciada. Su autor hablaba en verdad de desterrar a quienes,
    siendo latinoamericanos, no sentían el amor por sus tierras.)

    En el artículo de Julio Antonio Mella podrá encontrarse otro detalle de
    larga consecuencia. En las filas del primer Partido Comunista de Cuba,
    Mella había coincidido con Carlos Baliño, viejo compañero de lucha de
    Martí. Y de este recogió una idea que no consta en los escritos
    martianos conocidos hasta hoy. El mensaje, escuchado por Baliño de viva
    voz de Martí, anunciaba que la revolución no era lo que comenzaría en
    los campos cubanos en 1895, sino lo que iba a desarrollarse luego,
    ganada la República.

    La frase no podía ser más útil. Que todo marchaba hacia la República,
    saltaba a la vista en cualquiera de los últimos escritos de Martí. Pero
    poco podía saberse, a partir de esas páginas, de la naturaleza de
    aquella república. La frase transmitida por Baliño suponía que, no por
    constituida una república, debía descartarse la posibilidad de la
    revolución. Julio Antonio Mella y otros temperamentos rebeldes recibían
    así la ratificación de que lo instaurado en Cuba hasta entonces no era
    el sueño martiano, y no tenía por qué contentarlos, desde que el propio
    Martí se había encargado de anunciar una fase todavía superior.

    Luego de 1959, en cambio, las posibilidades parecían del todo cumplidas.
    Había existido una república insatisfactoria (catalogada como
    seudorrepública o república mediatizada), y había triunfado la
    revolución. A través de Baliño y de Mella, Martí enviaba un recado a
    Fidel Castro, que no demoraría en adoptarlo. Fuera de ello, no parecía
    quedar más encarnación posible para lo escrito por Martí. O quedaba una
    aún, la del exilio: Carlos Márquez Sterling llamando a Fidel Castro
    “Anti-Martí” en la reedición de su biografía martiana.

    También en el exilio, en una conferencia pronunciada en los años 70,
    Carlos Alberto Montaner afirmó, a propósito de Martí: “En alguna medida,
    Cuba es un país en torno a un hombre”. Y añadió: “Los cubanos pueden ser
    liberales o conservadores, derechistas o izquierdistas, radicales o
    moderados, pero, en cualquier caso, tienen, insoslayablemente, que
    mostrar su adhesión a Martí”. No estoy seguro de cuán vigente considere
    Montaner estas palabras suyas de hace tres décadas. Pero, cualquiera que
    sea su opinión actual, sus afirmaciones valen como síntoma de una
    limitación del imaginario cubano: la de no poder soslayar, pasar por
    alto, a una de sus figuraciones.

    ¿Queda todavía algún Martí aprovechable para las políticas cubanas? ¿No
    han agotado su potencialidad el actual régimen cubano y los exilios? Me
    pregunto si en lo adelante no habrá que echar a un lado esa manía de
    entender a José Martí como autoridad irrecusable. Me pregunto si no
    habrá que prescindir, entre otros autoritarismos, del autoritarismo de
    Martí. Y pienso que, de cualquier modo que se presente el futuro para la
    cultura cubana, en ella ha de caber la posibilidad de soslayarlo.

    Juego a veces a viajar hasta una época en que su autoridad no estaba
    fundamentada aún, una época en la que él despertaba, junto a las
    primeras admiraciones, resquemores. Ese ejercicio permite, además de
    suponer un tiempo no copado por Martí, calibrar en mucho lo original
    traído por él a la literatura y a la política cubana. Viajo, pues, hasta
    los artículos donde Enrique Trujillo se opuso a la fundación del Partido
    Revolucionario Cubano. Leo, a diferencia del más difundido Juan
    Marinello, al primer Marinello, reacio a los abusos retóricos en la
    oratoria de Martí. Y llego al punto en que Domingo Faustino Sarmiento,
    en carta a Paul Groussac de junio de 1887 celebraba la crónica martiana
    a propósito de la inauguración de la Estatua de la Libertad y,
    refiriéndose a un autor poco conocido por entonces, lo menciona de esta
    manera: “Martí, un cubano, creo”.

    Me abismo ante esta insegura correspondencia entre Cuba y Martí como
    ante esos nudos del tiempo donde las cosas que son, podrían haber
    resultado diferentes.

    Este ensayo se publicó originalmente en 2007 en La Habana Elegante. Se
    reproduce con autorización del autor.

    Las referencias de Ramón Grau San Martín, Julio Le Riverend, José Cantón
    Navarro , Luis Pavón, Carlos Márquez Sterling y Carlos Alberto Montaner
    pueden encontrarse en Ottmar Ette, José Martí. Ápostol, poeta,
    revolucionario: una historia de su recepción (Universidad Nacional
    Autonóma de México, México, 1995). La obra de Ette resulta un compendio
    imprescindible para seguir la construcción y discusión del mito martiano.

    Centro de Estudios Martianos (editor): Anuario del Centro de Estudios
    Martianos (La Habana, 1985).

    Roberto Fernández Retamar, “Martí y la revelación de nuestra América”.
    En José Martí, Nuestra América (compilación y prólogo de Roberto
    Fernández Retamar, Casa de las Américas, La Habana, 1974).

    Emil Ludwig, Biografía de una isla (Centauro, México, 1948).

    Juan Marinello: Españolidad literaria de José Martí (Imprenta Molina y
    Cía, La Habana, 1942).

    Juan Marinello, “Fuentes y raíces del pensamiento antiimperialista de
    José Martí”. En En torno a José Martí. Coloquio Internacional de
    Bordeaux (Éditions Bière, Bordeaux, 1974).

    Julio Antonio Mella, “Glosas al pensamiento de José Martí”.

    Aquiles Nazoa, Cuba: de Martí a Fidel Castro (Instituto Venezolano
    Cubano de Amistad, Caracas, 1976).

    Fernando Ortiz, “La fama póstuma de José Martí”. En Revista Bimestre
    Cubana, La Habana, número 73, julio-diciembre de 1957.

    Blas Roca, “José Martí: revolucionario radical de su tiempo”. En Centro
    de Estudios Martianos (editor), Siete enfoques marxistas sobre José
    Martí (Editorial Política, La Habana, 1978).

    Rafael Rojas, Tumbas sin sosiego (Anagrama, Barcelona, 2006).

    Domingo Faustino Sarmiento, “La Libertad iluminando al mundo”. En Obras,
    tomo XI, Buenos Aires, 1900.

    Source: Martí: historia de una bofetada | Diario de Cuba –
    http://www.diariodecuba.com/de-leer/1432187433_14638.html

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