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    Martí al desnudo

    Martí al desnudo
    [21-05-2015 21:45:37]
    Frank Ernesto Carranza López
    ICLEP

    (www.miscelaneasdecuba.net).- Ensayo socio-político y humano de nuestro
    apóstol, pasajes desconocidos o poco expuestos de su vida. Homenaje en
    el 120 aniversario de su caída en combate el 19 de mayo de 1895.
    Muchas teorías e hipótesis se han manejado al rededor de la vida y obra
    del más ilustre de los cubanos, nuestro Apóstol José Martí. Realmente
    mucho se ha dicho sobre este hombre, virtuoso y visionario como ninguno
    hasta la fecha, ¿pero, realmente conocemos a Martí, en todo su esplendor
    y obra? ¿Conoce realmente nuestro pueblo a este gran hombre?, esta es la
    pregunta que nos lleva a buscar por las escuetas e intrincadas huellas
    de la historia que se encierran en algunos de los aspectos más notables
    e incluso lúgubres del apóstol pero que sin proponerlo se han olvidado
    del Martí humano y de un Martí que aún permanece oculto a los ojos de la
    mayoría de los cubanos.

    Para una mejor comprensión de nuestro apóstol decidimos comenzar este
    trabajo con una insaciable búsqueda que ya remonta el año de
    investigación, y que nos lleva mas allá del Martí que conocemos, nos
    muestra ese Martí humano que tanto necesitamos a 120 años de su
    desaparición física.

    Durante mucho tiempo fue lugar común presentar a los padres de Martí
    como compendio de la ignorancia y la brusquedad, aquélla aplicada a doña
    Leonor, ésta como la mejor característica del modo de don Mariano. A
    primera vista, hay que confesarlo, la apreciación resulta ajustada a la
    realidad. Pero ya en 1940 se comenzó a manejar un nuevo planteamiento de
    la circunstancias que dio lugar a poner las cosa en su verdadero sitio,
    para llegar a la conclusión de que el hogar de Martí no fue el ámbito de
    incomprensión y hasta de persecución que muchos quisieron ver hasta esa
    fecha, aunque tampoco fuera, como sería absurdo imaginar, el más
    adecuado para que fructificaran las genialidades de un hombre sin
    igual. Fue aquel hogar humilde donde nunca falto el gran amor paterno,
    aunque las contrariedades y las miserias materiales, además de la
    cultura escasa, fueran trabas espontáneas al mejor desarrollo de la
    personalidad infantil. Un hogar como tantos, como la mayor parte de los
    hogares humildes, en los que la lucha cotidiana por la existencia amarga
    los mejores momentos y pone una nota de tristeza en los semblantes y una
    pesada carga en las alas del espíritu.

    El propio Martí, ya lo sabemos, dejo las señales por las cuales homos
    podido llegar a ese conflicto, que repercutió en su espíritu, entre su
    afán de seguir impulsos de su ser que le llevaban a diferenciarse de los
    suyos, y el deseo de estos de acomodarlo a las exigencias de la misma
    vida que ellos conllevaban. En un pasaje, muchas veces recordado, de su
    gran discurso sobre Heredia, nos plantea ese conflicto, sin duda para
    dar salida a un íntimo sentimiento, pero sin vislumbrar que tal pasaje
    sería utilizado para iluminar su propio caso. Nos habla del padre del
    poeta, un hombre de profunda cultura clásica que ha sido el propio
    maestro de su hijo y que “con su mucho saber, y con la inspiración del
    cariño, ponía ante sus ojos ordenados y comentados, los elementos del
    orbe, los móviles de la humanidad, y los sucesos de los pueblos”. Y
    Martí insiste en la referencia a los padres de Heredia: “le ponían, para
    que viese bien a escribir, las mejores luces del salón”. Aquellos padres
    tenían luces en sus mentes y las querían para su hijo, porque éste
    habría de seguir la misma carrera del Oidor y Regente de Caracas.

    ¿Qué luces podían ponerle a Martí sus padres? ¿Podían imaginar acaso una
    senda que no conocían y que, además, les parecería siempre vedada para
    su humilde descendiente? Pensaron en lo que era natural que pensaran: en
    una preparación corriente para los cubanos de entonces que carecían de
    fortuna y no eran hijos de padres ilustrados. Prepararlo para
    escribiente de una casa comercial fuera máxima aspiración para el hijo
    de una familia como la suya.

    Hoy, a la distancia, el cuadro nos parece sombrío, porque ya sabemos que
    Martí es un genio y de niño era también genial. Quisiéramos para él la
    comprensión que le faltara y nos gusta ponerlo en lucha con su hogar y
    con su medio, de los cuales triunfa por su misma genialidad. Pero no es
    corriente un hombre como Martí, y, en cambio, un hogar como el suyo es
    lo más frecuente que pueda encontrarse. Ni salen tampoco los genios de
    las vidas fáciles en los hogares bendecidos por la abundancia, sino que
    las mas de las veces han de cuajar y crecer en las apretazones de la
    humildad.

    Una carta de Martí y unas palabras de su amigo fraternal Fermín
    Valdés Domínguez ensombrecen más aun ese cuadro en que son protagonistas
    sus padres. Pero no es posible juzgar esos testimonios sin ponerlos en
    relación con el momento en que se producen. Y justo eso intentaremos hacer.

    El 22 de enero de 1869 se produce el incidente conocido por “sucesos
    del teatro Villanueva”. Una compañía de bufos que allí actúa está
    celebrando funciones y la de ese día se ha anunciado a beneficio de
    unos insolventes. Se sabe, y se rumora, que es a beneficio de los
    insurrectos. No cabe duda de que se trata de una demostración de
    simpatía por la causa de los cubanos alzados en armas. Lo que ocurrió
    esa noche lo sabemos bien; los voluntarios armados asaltan el teatro y
    disparan contra los asistentes. La participación de Martí en las
    consecuencias de los sucesos de esa noche se ha aclarado con el paso de
    los años.

    En la década del 30 del pasado siglo XX se publico una carta de Martí a
    su madre la cual sirve para aclarar el significado de una del las
    composiciones de sus “Versos Sencillos”, y donde deja precisada la
    actuación de doña Leonor en aquella noche luctuosa. Los versos a que me
    refiero son estos:

    El enemigo brutal

    Nos pone fuego a la cara:

    El sable la calle arrasa,

    A la luna tropical.

    Pocos salieron ilesos

    Del sable del español

    La calle, al salir el Sol

    Era un reguero de sesos.

    Pasa, entre balas, un coche;

    Entran, llorando, a una muerta;

    Llama una mano a la puerta

    En lo negro de la noche.

    No hay bala que no taladre

    El portón; y la mujer

    Que llama, me ha dado el ser;

    Me viene a buscar mi madre.

    A la boca de la muerte,

    Los valientes habaneros

    Se quitaron los sombreros

    Ante la matrona fuerte.

    Y después que nos besamos

    Como dos locos, me dijo:

    “Vamos pronto, vamos hijo:

    La niña esta sola: vamos”

    Esta carta publicada en ese artículo y posteriormente en uno de los
    tomos del “Epistolario” de Martí, serbia para acompañar ese libro de
    versos, y en ella el hijo le decía a su madre: “Lea ese libro de versos:
    empiece a leerlo por la pagina 51. Es pequeño ­— es mi vida. Pero no
    crea que afloja. Ni que corre riesgo ninguno, ni que está en salud peor
    de lo que estaba este hijo que no la ha querido tanto como ahora.” Los
    versos señalados por Martí son los que acabo de citar y reflejan su
    participación en los sucesos del teatro Villanueva.

    Esa fue la actitud de doña Leonor en aquella noche del 22 de enero,
    noche a la que el propio Martí hizo referencia después, en un artículo
    publicado en México, con estas palabras: “horrible noche en que tantos
    hombres armados cayeron sobre tantos hombres indefensos”.

    El ambiente de la ciudad es de tragedia por varios días más. El 23 y el
    24 ocurren los llamados sucesos del Louvre y el saqueo del palacio de
    Aldama. Los disturbios son frecuentes en toda la ciudad y venían
    siéndolo desde mucho ates, como lo ilustraba el caso del joven habanero
    Tirso Vázquez, quien el día 6 de ese mismo mes de enero recibe la muerte
    de manos de un oficial español, en una disputa por no haberle cedido la
    acera.

    Ese era el clima que se respiraba en la ciudad de esos días, el General
    Dulce, obligado por las circunstancias había publicado el 23 su proclama
    dirigida a los habaneros ofreciendo el castigo de los trastornadores del
    orden, “La Voz de Cuba” el periódico de los voluntarios, clamaba por
    sangre de cubanos, ¿Cuál podía ser la reacción de los padres de Martí
    cuando en esos precisos momentos, el mismo 23 de enero, aparece el
    periódico “La Patria Libre”, en que su hijo figura de modo principal
    como autor de un poema dramático en que alegóricamente se presenta a
    Cuba luchando por defender su libertad? El peligro que corría su vida
    en esos instantes aparece claro de ese cumulo de circunstancias. Pero,
    además tenemos que Mendíve ha sido detenido y encerrado en la fortaleza
    de la Cabaña y que su colegio ha de estar tildado de centro de
    conspiradores. Ningún padre, en circunstancias tales, alentará a su
    hijo para que encarne la rebeldía y sea blanco de la furia desatada.

    Y no porque surgiera entre padres españoles e hijo cubano una tirantez
    de principios, frecuente en aquella época, sino por mera razón de amor
    paterno. No iba a recibirlo en su casa, cuando llegara con el periódico
    recién impreso, con palabras de alabanza y aliento, sino con censuras
    violentas porque esa publicación, en tales instantes, ponía en peligro
    su propia existencia, además de hacer peligrar el cargo con que don
    Mariano subvenía a las más apremiantes necesidades de la casa. Tal vez
    llegara a pegarle en ese momento de exaltación. Pero si así fue, no
    podemos culparlo demasiado si comprendemos su gran preocupación al ver
    así amenazada la vida de su hijo. Natural es que el hijo no viera tales
    razones, contrarias a su propia exaltación patriótica, y que la queja
    amarga contra su padre no tuviera en aquellos instantes, ni la tuviera
    después en boca de Fermín Valdés Domínguez, la excusa obligada de la
    circunstancia.

    Y continúa el cuadro sombrío. Cuatro meses permanece Mendive en prisión.
    A fines de mayo se le destierra a España. Martí se siente solo y
    desesperado. Una gran apatía, “una tristeza casi inglesa”. Como le
    escribe a Mendive, se apodera de él. En su estado de ánimo se hace más
    profundo el foso que lo separa espiritualmente de los suyos. Ha dejado
    de estudiar después de unos meses de vano intento, y trabaja de seis de
    la mañana a 8 de la noche en el escritorio de la casa comercial de
    Cristóbal Madan. Las cuatro onzas y media que gana la entrega a su
    padre. No es ésta vida a que se resigne. Sus únicos momentos dichosos se
    los proporciona alguna carta de Mendive que Micaela, su mujer, recibe.

    Y como una obsesión le persigue la idea de librarse de este sufrimiento
    de sentirse preso espiritualmente, juntándose al maestro. ¡A Madrid! ¡A
    Madrid!, es el grito que se le escapa en una carta. Y después cuando el
    maestro se traslada a Francia, suspira profundamente: — ¡Dios quiera
    que como el de España no se frustre el viaje de Francia!

    Si tal es el estado de su espíritu, no nos sorprenderá que en instantes
    de desesperación hubiera llegado a pensar en el suicidio. La gran
    ansiedad que le poseía no le dejaba comprensión para nada que no fuera
    la realización de sus designios. Y en un momento en que necesita vaciar
    sus pensamientos y aliviar la carga de su corazón, escribe al maestro:

    “Confieso a usted con toda la franqueza ruda que usted me conoce que
    sólo la esperanza de volver a verle me ha impedido matarme. La carta de
    usted de ayer me ha salvado.”

    Y esta misma idea del suicidio por contrariedades o discrepancias en el
    hogar, ¿no es frecuente en los niños de aguda sensibilidad y
    temperamento delicado, incapaces de sufrir las contradicciones de padres
    toscos que no pueden comprenderlos?

    Si Martí sufría por la incomprensión de sus padres, no podemos dejar de
    creer que estos también tendrían sus sufrimientos frente al extraño y
    voluntarioso temperamento de su hijo, tan poco parecido a los otros
    niños, porque a pena sabia jugar y, en cambio, tenía pensamientos que
    ellos no comprendían. Pero sabían (por intuición acaso) que iban a
    provocarle muchos dolores.

    No es mera casualidad que la primera manifestación que conservamos de la
    inteligencia y la sensibilidad del niño José Martí sea una carta
    dirigida a su madre, escrita cuando aún no ha cumplido los diez años de
    edad. En ella no solo nos revela el ambiente en que se desenvuelve su
    vida y cuáles son sus contentos materiales y espirituales, sino que nos
    da una anticipada muestra de su inclinación a la naturaleza. Y que
    percibimos, además, en esta carta fechada en la Hanábana, el 23 de
    octubre de 1862 Transparenta la satisfacción del niño, que lejos de su
    hogar, acompaña al padre en su soledad de la Capitanía de partido y goza
    las pequeñas atenciones que éste le prodiga para hacerle tolerable la
    separación y la ausencia de los cuidados maternos. Y la despedida de
    esta carta nos revela también el tono de apasionamiento en el cariño de
    “su obediente hijo que la quiere con locura”. Se dirá que todos los
    hijos ausentes de su madre escriben cartas como esas, y que es
    principalmente a las madres a quienes han de escribirlas en tales
    circunstancias. No decimos que esta sea la excepción; pero si queremos
    fijar que Martí estaba muy dentro de la regla, y que aún así resalta el
    tono apasionado de su cariño.

    En efecto, imaginamos a doña Leonor como el centro de la vida de Martí
    en sus primeros años hay entre ellos una compenetración afectiva que
    convierte a la madre en la mejor confidente del hijo. El carácter adusto
    de don Mariano no es el sitio más acogedor para sus imaginaciones. En
    cambio, doña Leonor conoce y gusta de sus versos y se hace cómplice de
    esa inclinación secreta del hijo, que para el padre sería una
    contrariedad. A él, la poesía ha de parecerle una pérdida de tiempo y un
    mal camino para fortalecer el carácter. Quiere un hijo varonil y útil, y
    para padres así la poesía ha de ser siempre algo femenino. La madre en
    cambio, sin comprender del todo, adivina que en su hijo hay una
    inteligencia superior. Y lee con marcada complacencia esos versos que
    sin cesar escribe, a escondidas de don Mariano, y se arroba en ellos
    sintiendo vibrar las más profundas cuerdas de su sensibilidad
    adormecida, lo ha tenido siempre a su lado, dentro del hogar, apegado a
    ella, compañía y ayuda en los largos días agobiadores del quehacer
    domestico, y él ha sabido entretenerle a las hermanitas más pequeñas,
    con sus cuentos llenos de fantasía. Cuando han sido mayorcitas ha
    escrito versos también para ellas. Ha escrito su “Carta de madrugada a
    sus hermanas Antonia y Amelia”:

    Me han dicho que hay dos ángeles

    Estremecidos

    Que habitan de pasada

    Un pobre nido.

    O el canto “Linda hermanita mía”, dedicado a la hermana Ana, la predilecta:

    Versos esperas tú que te anunciaba

    allá por la pasada noche buena.

    En el revuelto mar de mis papeles

    no se sabe posar la paz serena.

    Y al pie de estos versos, unas palabras de cariño, con la vehemencia ya
    natural en él: “Ana mía: perdona si mis versos son malos. Así brotan de
    mí en este momento. Yo no corregiría nunca lo que escribiera de ti.”

    ¿Y no guarda también doña Leonor, entre tantas composiciones del niño
    precoz ésa que ha escrito para un día de su santo, y que le acompaña
    toda la vida? La ha leído infinidad de veces, ya se la sabe de memoria.
    Y cuando llega a la última estrofa, siempre termina en llanto:

    A dios yo pido constantemente

    Para mis padres vida inmortal;

    Porque es muy grato, sobre la frente

    Sentir el roce de un beso ardiente

    Que de otra boca nunca es igual.

    Cuando tiene poco más de diez y seis años y está preso en la cárcel de
    la Habana, mientras se le instruye proceso por sus inclinaciones
    políticas, escribe a doña Leonor una maravillosa carta, reveladora de
    esa estrecha intimidad que venimos señalando. Y en ella dice: “En la
    cárcel no he escrito ni un verso. En parte me alegra, porque ya usted
    sabe cómo son y cómo serán los versos que yo escriba.” Y líneas después
    viene este encargo: “Mándeme libros de versos y uno grande que se llama
    “El Museo Universal”.

    ¿No sentimos claramente que existía una confianza, una comprensión muy
    grande entre madre e hijo, los estrechaba?

    La poesía de su hijo llegaba a doña Leonor por vía de sensibilidad. Ella
    misma dice que de poesía nada entiende, refiriéndose al Ismaelillo, que
    para ella (dice) está en prosa. Esta poesía con un gran fondo de
    realismo, vedado solo para los que desconocen el episodio cierto en que
    se inspira, la sentía por modo más directo que la misma prosa.

    Desde la prisión, llevando el traje del penal y las cadenas que ha de
    arrastrar, envía a su madre el bien conocido retrato en que ha puesto
    unos versos en los que sorprenden la integridad y la resignación:

    Mírame, madre, y por tu amor no llores:

    Si esclavo de mi edad y mis doctrinas,

    Tu mártir corazón llené de espinas,

    Piensa que nacen entre espinas flores.

    Muchas y muy intensas páginas podríamos estar escribiendo de ese Martí
    niño de ese Martí humano, ese Martí hijo, pero hemos decidido finalizar
    acá esta parte y dar paso a un Martí aun más desconocido, un Martí
    impensado hasta hace algunos años.

    Casi todas las facetas del apóstol han sido tocadas y traídas alguna que
    otra vez al colofón del debate histórico ¿pero realmente ese fue nuestro
    Martí, hay algo que a algún historiador se la pueda haber olvidado o tal
    vez algo que a la actual administración de nuestro País dejara para
    casos extremos en los que poder justificar algunas cosas que de hecho
    fueran injustificables, pero que sin lugar a dudas marcarían una pauta
    indisoluble en la historia y la memoria del pueblo cubano? Si realmente
    es así Martí fue más que poeta, escritor, intelectual, crítico
    literario, traductor, dramaturgo, cuentista, diplomático, y por sobre
    todo un coloso en cuanto a lo político y patriótico se refiere, pero que
    hay detrás del tras fondo de esa imagen sobria y ecuánime de nuestro
    Maestro y Apóstol.

    Pudiéramos profundizar en el tema y citar cientos de escritos existentes
    que evidencien a un Martí mas allá de todo lo conocido, pero ya de eso
    se han encargado muchos más antes que yo es por eso que les traeré
    algunas cartas y fragmentos de otras escrita por nuestro Apóstol en
    momentos decisivos de su vida y dejare que ustedes saquen sus
    conclusiones al respecto y espero con esto poder hacer más ameno este
    ensayo que pone al descubierto un Martí casi olvidado o al menos tratado
    de olvidar incluso por las últimas tres reediciones de sus obras
    completas impresas y revisadas por el gobierno revolucionario cubano y
    que mucho distan de aquella primera edición del 1953, muchos escritos y
    partes se han perdido en estas últimas. Los motivos, los sospechamos
    pero no estamos aquí para sacar conjeturas ni hacer conclusiones a la
    ligera, será la historia quien se encargue de pasar factura a esos
    revisionistas que no son más que mutiladores de la más grande historia
    del más grande de todos los cubanos.

    IMPOSIBLE HA SIDO ENCONTRAR UNA EDICIÓN DEL CENTENARIO (1953) O AL MENOS
    ALGUIEN QUE SE QUIERA DESHACER POR UNOS DÍAS DE ESTA PARA NUESTRO
    ESTUDIO, POR LO CUAL RECURRIMOS A LA EDICIÓN DE 1975 YA CON MUTILACIONES
    PERO EN ELLAS ENCONTRAMOS LO QUE NOS INTERESABA PARA ESTE TRABAJO.

    […]Bástame decirle que aunque joven, llevo muchos años de padecer y
    meditar en las cosas de mi patria; que ya después de urdida en Nueva
    York la segunda guerra, viene a presidir, ? más para salvar de una mala
    memoria nuestros actos posteriores que porque tuviese fe en aquello ? ,
    el Comité de Nueva York; y que desde entonces me he ocupado en rechazar
    toda tentativa de alardes inoficiosos y pueriles, y toda demostración
    ridícula de un poder y entusiasmo ridículo, aguardando en calma aparente
    los sucesos que no habían de tardar en presentarse, y que eran
    necesarios para producir al cabo en Cuba, con elementos nuevos, una
    revolución seria, compacta e imponente, digna de que pongan mano en ella
    los hombres honrados. […]

    […]Esperar es una manera de vencer. Haber esperado en esto, nos da esta
    ocasión, y esta ventaja. Yo creo que no hay mayor prueba de vigor. Por
    mi parte, tengo esta demora como un verdadero triunfo.

    […]Nuestro país abunda en gente de pensamiento, y es necesario
    enseñarles que la revolución no es ya un mero estallido de decoro, ni la
    satisfacción de una costumbre de pelear y mandar, sino una obra
    detallada y previsora de pensamiento. Nuestro país vive muy apegado a
    sus intereses, y es necesario que le demostremos hábil y brillantemente
    que la revolución es la solución única para sus muy amenguados
    intereses. […]

    Va Crombet a decirle lo que ha visto, que es poco en lo presente
    visible, y mucho más en lo invisible y en lo futuro. […]. (Martí, 1975,
    tomo, 1 paginas 167-170)

    Es en extremo como ya, en este último párrafo de la carta, le expresa a
    Gomes que en lo invisible la actividad es mayor.

    Convencido de sus ideas hizo cuanto le fue posible por influir en sus
    compatriotas, razón por la cual desplegó un extraordinario proselitismo
    político, aunque desgraciadamente ha de reconocerse que desde mediados
    de 1883 hasta 1886 estuvo en minoría. En ese periodo predominó la línea
    de los dispuestos a enviar expediciones armadas a la Isla a cualquier
    precio, sin tener en cuenta las necesidades, deseos y disposición de
    quienes la habitaban.

    En carta a Enrique Trujillo, del 26 de julio de 1885, definió
    magistralmente su postura frente a tal dilema cuando, entre otras
    cuestiones, le manifestó: […] la guerra no es más que la expresión de la
    revolución, y sin que esta hubiese ya madurado no sería posible, y no
    puede ir, por tanto, contra el espíritu de ella […]. (Martí, 1893 tomo1
    pagina 306)

    En carta del 11 de abril del 1883, existente en la sección de Gobierno
    del Fondo de Ultramar del Archivo Histórico Nacional de Madrid, Cirilo
    Pouble le escribió a Manuel de la Cruz Beraza para plantearle que ya no
    mantenía las mismas ideas de Martí ni marchaba de acuerdo con él, y
    reflejo con claridad el pensamiento de quienes, opuestos a la línea
    martiana en cuanto a insurrección en la Isla en esos instantes, actuaban
    abiertamente en contra. En una de las partes de la referida misiva,
    también interceptada por el espionaje español, Pouble confesó:

    Si Gomes y los otros se resisten, si Crombet se retrae nos queda
    Bonachea que está conmigo y hará cuanto yo le diga. Quiere ir a Cuba
    antes que nadie y a fe que iría aunque solo sea a procurar recursos para
    empresa mayor. De este modo no nos presentaremos grandes y fuertes como
    quiere Martí y yo desearía, pero nos presentaremos terribles e
    imponentes. Recuerde V. que estamos en época heroica y que Cuba produce
    hombres que pueden hacer lo que los fenicios y los nihilistas […].

    Y agrego más adelante: Es necesario que en Cuba haya revolución y la
    habrá créalo V. y pronto, o consiento en ser un iluso […].

    El párrafo anterior muestra el estado de desesperación de estos
    patriotas y su interés por expediciones armadas a Cuba. A consecuencia
    de esa política, orientada por el Comité Revolucionario Cubano de Nueva
    York y el Club de independencia no.1, en abril de 1884 el General Carlos
    Agüero desembarco por Matanzas, procedente de Estados Unidos, al frente
    de una expedición. Luego de tenaz resistencia cayo heroicamente en marzo
    de 1885.

    El 2 de diciembre del propio año, desde Jamaica arribó a Cuba por Las
    Coloradas, en Niquero, entonces provincia de Oriente, el General Ramón
    Leocadio Bonachea con 16 expedicionarios, entre los cuales había cuatro
    griegos. En esa zona los apresaron al día siguiente, cuando intentaban
    dirigirse a la parte central del país, su verdadero destino. Bonachea y
    cuatro de sus oficiales fueron procesados y fusilados el 7 de marzo de
    1885, en El Morro de Santiago de Cuba, y el resto, condenado a prisión y
    destierro.

    Partió de Santo Domingo, en mayo del año 1885, una tercera expedición
    que llego por Baracoa, Oriente, comandada por el general santiaguero
    Limbano Sánchez Rodríguez, quien se sostuvo con heroísmo en los campos
    de Cuba hasta septiembre de ese año en que cayó combatiendo en una
    emboscada, junto con el brigadier Ramón González, y no envenenado como
    se ha afirmado hasta el presente.

    Paralelamente con esos esfuerzos expedicionarios, en agosto de 1884
    comenzó a desarrollarse el plan insurreccional de Gómez y Maceo, con
    proporciones superiores. Este, como se conoce, no conto con el apoyo de
    José Martí, quien no compartía los métodos y formas del Generalísimo,
    según consta en la carta que le escribiera el 20 de octubre de 1884,
    allí le manifestó, entre otros aspectos, que un pueblo no se funda como
    se manda un campamento. Al final de dicha valiente y honrada misiva, le
    expresó: Pues después de todo lo que he escrito, y releo cuidadosamente,
    y confirmo, ? a Vd., lleno de meritos, creo que lo quiero: ? a la guerra
    que en estos instantes me parece que, por error de forma acaso, esta Vd.
    representado, ? no: ? (Martí, tomo 1 pagina 180).

    Martí sufrió sin límites durante ese periodo debido a que algunos
    oportunistas hicieron campaña contra su persona; no obstante, se mantuvo
    fiel a sus principios y convicciones. No tomó participación en el plan
    Gómez-Maceo, ni tampoco hizo propaganda contra él. Eso explica que los
    espías y confidentes al servicio de España, especialmente de la agencia
    Pinkenton, disminuyeran la vigilancia sobre su persona en esos dos años,
    según se aprecia en la documentación y escritos de entonces. Fue
    precisamente en ese difícil periodo de su vida revolucionaria cuando más
    se creció ante su decisión de no apoyar el plan de los dos gloriosos
    generales cubanos. Como el genial conspirador y gran político que era,
    optó por el silencio para vigilar por su patria y no hacerle el juego al
    enemigo que en asecho trataría de sacar provecho de aquella situación
    creada. Tal conducta puede apreciarse en numerosos de sus escritos, pero
    a nuestro juicio donde mejor se refleja es en una carta dirigida a J.A.
    Lucena, fechada en Nueva York, el 9 de octubre de 1885, en respuesta a
    una invitación de la emigración de filadelfia para que él participara
    en una velada con el objetivo de conmemorar el 10 de octubre de 1868. A
    continuación mostramos algunos fragmentos de la carta:

    ¿Qué había de hacer en este conflicto un hombre honrado y amigo de su
    patria? ¡Ah! Lo que hago ahora: decirlo en secreto, cuando me he visto
    forzado a decirlo, de modo que mi resistencia pasiva aproveche, como yo
    creo que aprovecha, a la causa de la independencia de mi país; no
    decirlo jamás en alta voz, para que ni los adversarios se aperciban,
    porque es mejor dejarse morir de las heridas que permite que las vea el
    enemigo, ni se me puede culpar de haber entibiado, en una hora que puedo
    ser, y acaso sea, decisiva, en el entusiasmo tan necesario en las épocas
    criticas como la razón.

    Un año entero viviendo en este tristísimo silencio. Crear una revolución
    de palabras en momentos en que todo silencio seria poco para la acción,
    y toda acción es poca, ni me hubiera parecido digno de mí, ni mi pueblo
    sensato me lo hubiera soportado. Ya yo me preparaba a emprender camino
    ¡quién sabe a qué y hasta dónde! En servicio activo de esta empresa; y
    cuando creí que el patriotismo me vedaba emprenderlo ¡qué tristeza moral
    que nunca podré ya reponerme! ¿Cómo serviré yo mejor a mi tierra? Me
    pregunté. Yo jamás me pregunto otra cosa. Y me respondí de esta manera:
    “ahoga todos tus ímpetus; sacrifica las esperanzas de toda tu vida;
    hazte a un lado en esta hora posible del triunfo, antes de autorizar lo
    que crees funesto; mantente atado, en esta hora de obrar, antes de obrar
    mal, antes de servir mal a tu tierra so pretexto de servirla bien”. Y
    sin oponerme, a los planes de nadie ni levantar yo planes por mí mismo,
    me he quedado en silencio, significando con el que no se debe poner mano
    sobre la paz y la vida de un pueblo sino con espíritu de generosidad
    casi divina […].

    Y al referirse a la invitación y su negativa para participar en el acto
    por el 10 de octubre, organizado por la emigración de filadelfia, le
    expuso las siguientes razones:

    […]Organizada en tanto la emigración, esta emigración, que impone
    respeto y amor por sus virtudes, en acuerdo con las labores activas de
    las cuales había yo creído deber apartarme para servir a mi patria
    mejor, resulta hoy, con un deber penetrante para mi, que no puedo tomar
    en la conmemoración de ese día que ningún cubano debe traer nunca a la
    memoria sin ponerse de pie y descubrirse la cabeza, porque reunidas en
    una la conmemoración del 10 de octubre y el acto político que en estas
    circunstancias va envuelto en ella, parecería hoy y parecerá mañana que
    yo había aprobado, con mi presencia en el aquello mismo que por la
    salud de mi patria condeno. O si tomase parte en él tendría que
    explicar esta posición personal mía, lo que sería indigno de la majestad
    del acto […].

    Ya casi al final de esta conmovedora y patriótica carta que tanto lo
    honra, le manifestó a Lucena:

    Me afligiré pues, acá a mis solas. Se me ira el alma a donde están Vds.,
    y la palabra encendida. Tiemblo de pensar lo que sufrimos; como tiemblo
    de pensar que por errores de conducta o falta de grandeza pudiéramos
    perder la oportunidad de redimirnos. Pero mi patria me manda vigilar por
    ella, y sacrificarle mi deseo, puesto que así le sirvo, aunque
    diciéndole mi dolor a los que quieren y se acuerdan de mí, para que no
    piensen mal del que sólo vive para ella y para ellos.

    Es mi deseo dejar escrita esta carta; pero no es mi deseo, antes seria
    para mi ocasión de dolor y pecado, que se lea en la reunión de mañana.
    ¡No por Dios! La razón es fría, y las cosas de la tierra no deben ir a
    perturbar en su día de fiesta a los que están por sobre ella. Nada más
    que palmas y corazones encendidos haya para los héroes de nuestro diez
    de octubre. Excusen Vds. mi ausencia, si alguien se fija en ella, con
    las frases prudentes que esta carta le inspire. Pero de manera ¡oh si!
    que no parezca, por este sacrificio que hago, mermado el amor a la
    patria que me lo aconseja. (Martí, tomo 1 páginas 186 y 187)

    Luego del fracaso de Gómez y Maceo como es lógico, vino una etapa en que
    los ánimos y el entusiasmo decayeron en la emigración. Pero José Martí,
    conspirador infalible, volvió a la carga con mas bríos que nunca y por
    supuesto teniendo en cuenta esa última experiencia. Por eso con el
    objetivo de reagrupar y organizar a los patriotas cubanos de la
    emigración, convoco a una reunión para celebrar el 10 de octubre de
    1887, en el Masonic Temple, de Nueva York. A continuación, traemos a
    ustedes algunos fragmentos de aquella histórica convocatoria:

    Varios cubanos han creído oportuno conmemorar este año el 10 de Octubre,
    y lo avisan cariñosamente a sus hermanos de Nueva York para honrarlo
    como se debe, todos juntos. Todos llevamos en los corazones aquella
    esperanza que no muere jamás. […]

    Este 10 de Octubre es un arranque de nuestros sentimientos, y cuando
    mas, una expresión de prudente esperanza. Los tiempos mandan que no sea
    más. El respeto a la solemnidad del día lo manda también. ¿A qué
    cubano, sabiendo que los cubanos van a reunirse el 10 de Octubre para
    recordar con sus mujeres y sus hijos, a los que murieron por mejorar la
    suerte de la patria, no le dirá el corazón: “allí debo estar yo”?

    Parece como que el que falte, faltara a su deber. […] (Martí, tomo 1
    paginas 199- 200)

    Source: Martí al desnudo – Misceláneas de Cuba –
    http://www.miscelaneasdecuba.net/web/Article/Index/555e35e13a682e07c0bc4403#.VV82Kfmqqko

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