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    Elogio de la incertidumbre

    Elogio de la incertidumbre
    CARLOS ALBERTO MONTANER | Miami | 23 Mayo 2015 – 9:02 am.

    ‘Solo la incertidumbre nos hace flexibles y aceptantes. Quien no duda es
    un ser muy peligroso.’

    Es muy doloroso contemplar las imágenes. Como tantas veces se ha dicho,
    nuestro pasado comenzó en Ur, la ciudad sumeria, unos cinco mil años
    antes de Cristo. Hay una línea cultural continua entre aquel remoto
    poblado mesopotámico y Nueva York, París o Montevideo.

    La nueva yihad desatada por el Estado Islámico también nos afecta. El
    califato que ha surgido a sangre y fuego entre Irak y Siria, además de
    decapitar enemigos, destripar chiíes, yazidis y cristianos, y violar y
    esclavizar mujeres y niños, se dedica a destruir los restos del
    espléndido pasado pagano que aún quedaba en pie.

    Muchos de estos islamistas depredadores son jóvenes criados en
    Occidente. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué sentido tiene pulverizar a
    martillazos un milenario y hermoso hombre-toro alado, un majestuoso
    Lamasu asirio, perteneciente a una religión que ya nadie recuerda porque
    se perdieron sus rastros en el pasado?

    La culpa es de la certeza. El fanatismo violento de los yihadistas surge
    de la convicción absoluta de que ellos saben cuál es el Dios verdadero y
    no tienen la menor duda de que cumplen al pie de la letra las órdenes
    que les transmite su libro sagrado, El Corán.

    Si vamos a creer a La Biblia, cuando Moisés desciende del Sinaí con los
    diez mandamientos que le ha entregado Yahvé, sabe que el quinto de esos
    preceptos es “No matarás”, pero la cólera que le provoca ver a los
    israelitas adorando a un becerro de oro, fundido por su hermano Aaron,
    lo lleva a ordenar la ejecución de 3.000 personas. Moisés tenía la
    certeza de que esa, aunque contradictoria, era la voluntad de Dios.

    Constantino, que en el año 313 impuso en Milán el Edicto de la
    Tolerancia, en el 354 rectificó cobardemente y ordenó la destrucción de
    cientos de bibliotecas y templos paganos. Las rocas calcinadas dieron
    origen a fábricas de cal. Cinco años más tarde, los cristianos en Siria,
    entonces un rincón ilustre del mundillo helénico, se adelantan 1.700
    años a los nazis y organizan los primeros campos de exterminio para
    paganos y judíos en la ciudad de Skythopolis.

    Desde entonces, y por los siglos de los siglos, los judíos fueron el
    objeto de todas las persecuciones. Papa tras papa, comarca tras comarca,
    los persiguieron, machacaron y expulsaron. Lo hicieron los alemanes,
    ingleses, italianos, polacos, rusos, españoles, portugueses, cristianos
    y mahometanos. Lo hizo todo el que podía, generalmente en nombre de
    algún Dios verdadero.

    Sin duda, matar enemigos del Dios verdadero ha sido un deporte universal
    muy practicado. El papa Inocente III, en la Edad Media, desató el
    genocidio de los herejes albigenses o cátaros. Decenas de millares
    fueron ejecutados. Cuando le advirtieron que estaban asesinando a justos
    y a pecadores, respondió que no importaba. Dios se ocuparía de mandar
    unos al cielo y otros al infierno. Era solo el preámbulo para las
    terribles guerras de religión que asolaron la Europa del Renacimiento y
    la Reforma liquidando, literalmente, a millones de personas.

    Simultáneamente, en América, mientras creaban ciudades y universidades,
    los frailes y los conquistadores asesinaban indígenas, quemaban códices
    y destruían templos, o los convertían en iglesias, con el afán de
    destruir para siempre cualquier vestigio de unas creencias paganas que a
    ellos se les antojaban como propias del demonio porque incluían los
    sacrificios humanos.

    ¿Lo menos peligroso, pues, es ser ateo? Tampoco. Ser ateo puede derivar
    en otras formas de atropello similares a las practicadas por los
    creyentes. Al fin y al cabo, afirmar que Dios no existe entraña una
    certeza tan temeraria como la de quienes opinan lo contrario. Los
    marxistas-leninistas, convencidos de que “la religión es el opio del
    pueblo” —frase de Karl Marx—, han perseguido a los cristianos en Rusia y
    Europa, mientras los chinos y los camboyanos han agregado a los budistas
    a su lista de víctimas.

    En los Estados ateos, miles de templos han sido destruidos o confiscados
    y dedicados a otros menesteres. Enver Hoxa en Albania convirtió la
    negación de la existencia de Dios en un dogma nacional, y hasta creó un
    Museo del Ateísmo por el que desfilaban los estudiantes para aprender a
    odiar a los creyentes, ya fueran mahometanos (la mayor parte) o
    cristianos. Las mezquitas e iglesias se convirtieron en recintos laicos.

    En Cuba, más de 200 escuelas católicas y protestantes fueron expropiadas
    y decenas de sacerdotes tuvieron que exiliarse. Para agregar sal a la
    herida, el centro de detención más despiadado y siniestro de la policía
    política comunista es Villa Marista, una antigua escuela católica. Como
    me dijo un exprisionero que había perdido en esa cárcel los dientes, el
    cabello y la fe religiosa: “Ahí antes te salvaban el alma; ahora te la
    parten”.

    Admitámoslo: solo la incertidumbre nos hace flexibles y aceptantes.
    Quien no duda es un ser muy peligroso. Puede matar sin que le tiemble el
    pulso. Como los yihadistas.

    Source: Elogio de la incertidumbre | Diario de Cuba –
    http://www.diariodecuba.com/internacional/1432329924_14732.html

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