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    Radamés – otra historia de la embajada de Perú

    Radamés: otra historia de la embajada de Perú
    Cuando el ómnibus se estrelló contra la verja de la embajada, Radamés
    iba detrás del asiento del chofer. No quiso tirarse al piso, para
    protegerse de las balas. Más que su vida le interesaba asegurarse de que
    entraba a la libertad
    viernes, abril 3, 2015 | Luis Cino Álvarez

    LA HABANA, Cuba. — Radamés Gómez fue el primero que me contó, unos años
    después del incidente, la verdadera historia de lo que ocurrió el
    primero de abril de 1980 en la embajada de Perú en La Habana: que el
    custodio que resultó muerto lo fue por el fuego cruzado de los otros
    guardias apostados en frente suyo, y no como decía la versión oficial,
    por los que penetraron en la sede diplomática, que iban desarmados.

    Radamés conocía bien la historia. Cómo no iba a saberla si fue en su
    casa de la calle Tejar donde él y su amigo Héctor idearon la fuga y
    convencieron para llevarse la guagua a Francisco El Títere, un chofer
    del paradero de Lawton.

    Cuando el ómnibus de la 79 que cubría la ruta Lawton-Playa se estrelló
    contra la verja de la embajada, Radamés iba con los ojos bien abiertos,
    detrás del asiento del chofer. No quiso tirarse en el piso, como
    hicieron los demás, para protegerse de las balas. Más que su vida le
    interesaba asegurarse de que entraba, a 65 kilómetros por hora, en lo
    que suponía era el mundo de la libertad y la abundancia.

    Fue el primero que resultó herido. Una bala le rozó la cabeza. Cuando
    saltó al piso, otra le entró por la espalda. Por unos centímetros no le
    destrozó el espinazo. A Héctor también lo hirieron. Pero ya estaban en
    territorio peruano y según las leyes internacionales, no los podían prender.

    Cuando el régimen se cansó de torturar por hambre y sed a los miles de
    desesperados por escapar del paraíso revolucionario que colmaron hasta
    la azotea de la embajada luego de que Fidel Castro ordenara retirar las
    postas, y cuando ya la prensa oficialista había filmado las peleas de
    los hambrientos por las míseras e insuficientes raciones de comida y
    pudo armar su historia de que los refugiados eran la escoria de la
    sociedad, fue que empezaron a permitir que salieran con salvoconductos,
    lo cual no servía de garantía para evitar que fueran apedreados y
    escupidos por las turbas enfurecidas por orientación superior.

    Pero se negaron a dejar salir al grupo que penetró a bordo de la guagua.

    Radamés se negó a negociar con las autoridades. No confiaba en ellos.
    Sabía que no le perdonarían haber provocado aquella crisis. Temía que le
    pasara lo que a otro del grupo, un muchacho de 17 años que trató de
    salir de la embajada y lo arrestaron.

    Radamés, Francisco El Títere, una mujer y un niño permanecieron allí,
    incomunicados, bajo protección de las autoridades peruanas, durante
    cuatro años y siete meses. Cuando los dejaron salir, les reiteraron que
    jamás se irían de Cuba.

    Radamés, para ganarse la vida, se fue a trabajar en la construcción. Fue
    donde único le dieron empleo, luego de recordarle lo generosa que era la
    revolución.

    Nos conocimos allá por 1985, cuando trabajábamos en una brigada que
    reparaba edificios y ciudadelas en el municipio Diez de Octubre.

    Nuestros compañeros de brigada eran varios tipos en libertad
    condicional, un abakuá con una Santa Bárbara tatuada en la espalda y un
    bayonetazo en el vientre, y un pesista y galán de barrio que había
    ejercido como veterinario hasta que se enteraron de que estaba en
    trámites para irse del país.

    A Radamés, que aun no había cumplido los 30 años, ya comenzaba a
    escasearle el pelo. Decía que se le había caído por culpa de los
    nervios. Tenía un enorme bigote negro, era de baja estatura pero con un
    cuerpo robusto, como de boxeador, y siempre vestía jeans bien desteñidos.

    Nos confió su historia, al veterinario y a mí, una tarde, luego de
    terminar la jornada, mientras nos lavábamos el cemento y el sudor con el
    agua verdosa de un barril.

    Después, Radamés dejó de ir al trabajo. Por Irmita, su novia, supe que
    lo habían condenado a tres años de cárcel por intentar irse en una balsa.

    Radamés se fue a Estados Unidos, con visa de refugiado, en septiembre de
    1991. Tiene dos hijos que nacieron en Miami. También son parte de su
    sueño americano. Y una bien importante, porque a Radamés le gustaban
    mucho los niños, pero no quiso tener hijos en Cuba, según decía, para
    evitarles una vida como la suya.

    luicino2012@gmail.com

    Source: Radamés: otra historia de la embajada de Perú | Cubanet –
    http://www.cubanet.org/actualidad/actualidad-destacados/radames-otra-historia-de-la-embajada-de-peru/

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