Carceles en Cuba
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    Los que se deben ir

    Los que se deben ir
    CAMILO LORET DE MOLA | Miami | 17 Abr 2015 – 10:10 am. | 0

    ¿Y ahora qué va a pasar con los cubanos con orden de deportación dictada
    por EEUU?

    Danny es un cubano de 64 años dueño de un pequeño negocio de cortinas en
    el sur de la Florida, un tipo orgulloso de haber logrado el sueño
    americano de tener casa propia y una hermosa familia.

    En la década de los 80 Danny cumplió prisión por tráfico de drogas.
    Desde entonces y por más de 20 años ha reconocido su error y enmendado
    su conducta de forma evidente, pero su nueva vida y trayectoria no
    anulan la orden de deportación que tiene en su contra, y hoy Danny es
    oficialmente conocido como un pendiente.

    Con esta categorización se clasifican a miles de emigrantes cubanos
    juzgados por cometer delitos en Estados Unidos antes de adquirir la
    ciudadanía norteamericana y a quienes, como sentencia accesoria, se les
    impuso la deportación hacia su país de origen.

    La deportación es una consecuencia habitual para los extranjeros
    sentenciados por tribunales norteamericanos, pero con los cubanos no se
    puede ejecutar de inmediato porque La Habana se resiste a recibir de
    regreso a estos condenados. Algo que pudiera cambiar con el reciente
    restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos.

    Danny se confiesa desesperado con los nuevos ruidos de reconciliación y
    está desatendiendo el negocio del que vive toda su familia. Cree que en
    cualquier momento lo recogen y aparece en La Habana, la ciudad de la que
    emigró hace mucho y en la que no tiene nada que hacer, ni siquiera
    colgar cortinas.

    Según él, Cuba tiene poco que ofrecer en la nueva relación diplomática
    y, como Raúl Castro necesita hacer méritos con Obama, lo más posible es
    que acepte el regreso de todos los deportados.

    El abogado Willy Hallen, un reconocido profesional en el tema migratorio
    en Miami, tiene otra opinión: las deportaciones de cubanos siempre han
    existido, lo que en números tan bajos e inconstantes que no llegan a
    marcar una estadística.

    Según Hallen, La Habana solo acepta entre 15 y 20 cubanos de la larga
    lista de deportados que anualmente le presenta la autoridad migratoria
    norteamericana, e inclusive hay años en que no admite a ninguno.

    La cifra récord fue entre 1986 y 1987, cuando Cuba repatrió alrededor de
    1.300 emigrantes como parte de un acuerdo de reinserción de asesinos,
    enfermos mentales y delincuentes que en 1980 había enviado
    intencionalmente desde sus prisiones y hospitales, aprovechando el éxodo
    del Mariel. Pero este tipo de acuerdo no ha vuelto a respetarse desde la
    crisis de los balseros en 1994.

    Atendiendo al ritmo actual de operaciones, Hallen se atreve a vaticinar
    que durante 2015 la cifra de deportados cubanos no superará el centenar.
    Nada de qué preocuparse, le parece.

    Desde que salen de la cárcel, los deportados cubanos viven en un limbo
    legal dentro de Estados Unidos. Deben presentarse a firmar, al menos una
    vez al año, ante la oficina del Departamento de Seguridad Nacional para
    poder renovar sus autorizaciones de trabajo, licencias de conducción y
    permisos de residencia.

    Los firmantes saben que esta visita puede ser el susto de solo unos
    minutos o el envío definitivo, en avión, hacia la Isla, porque durante
    esta cita, y sin previo aviso, ocurren las detenciones de los que han
    sido aceptados por las autoridades cubanas.

    Roberto lo tiene muy claro, por eso cada vez que le toca firmar se
    despide en casa abrazando a su mujer e hijos con efusividad. Los hace
    desaparecer entre sus enormes brazos, casi a punto de asfixiarlos con
    sus 300 libras de peso, como si fuera el adiós final.

    Roberto es un exoficial del Ministerio del Interior (MININT) que escapó
    en bote a principios de los 90 y en Cuba es considerado un desertor. Se
    emociona y deja escapar algunas lágrimas cuando se describe como un
    hombre de bien, que no ha robado ni traficado con drogas. Su falta fue
    sencilla, pero igual de grave en sus consecuencias: cuando llegó a Miami
    Roberto no dijo a las autoridades migratorias que pertenecía al MININT,
    tuvo miedo de que le devolvieran. Años después, cuando las autoridades
    supieron de esta omisión, se anuló el proceso migratorio y Roberto fue
    deportado.

    Ahora teme que Cuba lo reclame para vengarse de su supuesta traición,
    sospecha que en cualquier arreglo su nombre será de los primeros que
    acepten y él no tiene nada en la Isla, ni siquiera alguien que se
    preocupe por su suerte.

    Según el abogado Hallen esta condición favorece a Roberto, porque hasta
    ahora Cuba solo reclama a aquellos que tengan familia con casa en la
    Isla o a alguien que les pueda brindar abrigo y comida.

    Roberto no debe sentirse como una pieza exclusiva en este conflicto,
    puesto que en las estadísticas del bufete de Hallen hay varias historias
    similares: militares que escaparon de Cuba y hoy se encuentran como él,
    viviendo en la Florida con una orden de deportación.

    Otro pendiente es Víctor, un chofer de camión que cumplió sanción por
    una estafa de bienes raíces. Él insiste en ser el único del caso que se
    presentó ante la justicia y el único de todo el grupo con orden de
    deportación.

    Víctor cree que “cuando los yumas paguen en dólares por cada deportado
    La Habana los va a querer a todos de vuelta”. Está seguro de que tiene
    sus días contados, pero les tiene preparada una venganza, “una
    sorpresita”, como él mismo le llama.

    Tan pronto llegue a La Habana, Víctor tiene pactado que lo recoja una
    lancha de Miami. Lo “cuadró” hace dos años, “desde que Obama comenzó a
    arreglarse con Raúl”.

    Víctor asegura que cuando el supuesto bote lo encuentre en una playa
    habanera, ya tendrá un carnet de identidad falso, con nombre y datos
    diferentes a los suyos y habrá quemado con ácido las huellas dactilares
    de todos sus dedos. Entonces se presentará en Miami como un cubano
    nuevo, en busca de la Ley de Ajuste, fingiendo asombro por todo lo que
    vea y burlándose de los registros migratorios norteamericanos.

    Víctor no calcula que con solo idear y planificar este absurdo está
    cometiendo un peligroso delito federal que le puede condenar a la cárcel
    por el resto de sus días.

    Además, Víctor está equivocado: Estados Unidos siempre ha pagado
    alrededor de 10.000 dólares por cada uno de los regresados a Cuba y
    estos pagos nunca han cambiado el ritmo de aceptación por parte de las
    autoridades migratorias cubanas.

    No son tiempos fáciles para Willy Hallen, desde que las consultas sobre
    deportaciones se han disparado en el bufete. El abogado intenta calmar a
    sus clientes informándoles que no hay indicios de cambios en la política
    de repatriación entre ambos países. Además, si se llegara a un acuerdo,
    Hallen opina que Cuba y Estados Unidos comenzarían deportando a aquellos
    que ahora mismo cumplen sanciones, o a los que estén relacionados con
    delitos de actualidad e impacto en la sociedad norteamericana, como las
    casas de marihuana o los robos al Medicare.

    Como si citara una sentencia bíblica, Hallen asegura que los últimos
    siempre serán los primeros deportados, personas con menos de siete años
    en el país, con posibilidades de reinsertarse inmediatamente en Cuba y
    que ahorrarán millones de dólares al sistema penitenciario
    norteamericano si deciden partir de regreso antes de cumplir su sentencia.

    Pero sobre todas las cosas, Hallen insiste en que hay más de 34.000
    cubanos pendientes. En cualquier escenario que se presente se
    necesitarán muchos años para completar el regreso de todos. Según él, es
    prácticamente imposible.

    A pesar de estos razonamientos, la mayoría de los pendientes no confían
    y creen que su momento se acerca. Todos, al igual que Danny, Roberto y
    Víctor, han perdido el sueño, se sobresaltan cada vez que escuchan sonar
    sus teléfonos y miran a ambos lados de la calle cuando salen de sus casas.

    Por lo pronto Danny busca sustitutos para llevar el negocio y mantener a
    su familia cuando él no esté, Roberto acaricia la cabeza de sus hijos
    con más frecuencia que antes y Víctor mira constantemente las yemas de
    sus dedos, como si se despidiera para siempre de ellas.

    “Total”, dice mientras suspira y frota sus falanges, “estos garabatos
    son unos chismosos que solo me han traído problemas en mi vida”.

    Los nombres de tres de los entrevistados han sido cambiados por
    solicitud de ellos.

    Source: Los que se deben ir | Diario de Cuba –
    http://www.diariodecuba.com/cuba/1429251902_14047.html

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