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    Escritores viven del periodismo prohibido y se sienten recompensados

    Escritores viven del periodismo prohibido y se sienten recompensados
    Así lo dejaron ver María Matienzo, Ernesto Pérez Chang y Jorge Olivera
    Castillo, durante una conversación con Radio Martí. El peligro que
    corren solo lo saben con exactitud sus familiares cercanos.
    Jorge Ignacio Pérez
    Ultima actualización 16.04.2015 14:59

    Si bien el narrador Jorge Olivera Castillo se identifica plenamente con
    el término de prensa independiente –entendiendo esto como el no
    oficialismo–, la también escritora María Matienzo, desde La Habana,
    rectifica a los conductores del programa Contacto Cuba, de Radio Martí:

    –Yo no soy independiente. Trabajo para un medio que paga por mis artículos.

    El matiz, obviamente, pudiera ir en su contra si la policía política
    quisiera utilizarlo, por aquello de que, según el discurso oficial,
    quienes critican el régimen desde dentro del país, son gente “asalariada
    por mafias anticubanas”.

    Y esa retórica tan tremenda fue llevada hace unos días a la VII Cumbre
    de las Américas de Panamá, para denigrar allí a parte de la sociedad
    civil emergente que pudo viajar desde la isla. El peligro, pues,
    continúa en pie.

    Pero a la escritora y periodista María Matienzo, columnista de Diario de
    Cuba, le gusta poner los puntos sobre las íes. El tema es amplio para
    debatir. Es cierto que Diario de Cuba no es un blog personal sino un
    portal de asuntos cubanos, pero por otro lado no cumple ese papel de
    agitador de masas y de medio de propaganda política que sí ejercen los
    periódicos del Partido Comunista de Cuba. En este sentido, sin que esto
    intente contrariarla, la autora cobraría una retribución pero seguiría
    siendo independiente.

    Nacida en 1979, un año antes del éxodo masivo por el puerto de Mariel,
    Matienzo es de una generación que creció con las mayores penurias que
    hubo de sufrir el país. En los 90, cuando comíamos apenas una col
    hervida y hacíamos muchos kilómetros en bicicleta, bajo sol y noches
    tenebrosas, ella apenas tenía 15 años, lo cual indica que creció con el
    giro brusco de aquella dictadura. Creció con la despenalización del
    dólar y a la par con las diferencias de clases que este fenómeno generó.

    Según manifiesta ella misma, su mundo es el de la literatura, aunque se
    ha visto obligada a ejercer el periodismo ciudadano en medios del
    exterior para garantizar un sustento. Habitualmente cubre temas
    controvertidos de política cultural. Sus columnas de opinión son
    conocidas por un público amplio del sector, paradójicamente publicando
    en el exterior y en un medio digital. Cuba es de los países con menos
    conectividad a internet.

    Ante la pregunta de cómo los lectores la pueden seguir, no encuentra una
    explicación certera.

    Jorge Olivera Castillo lleva 20 años haciendo periodismo prohibido.
    Justamente comenzó en ello cuando María Matienzo era una adolescente en
    medio de eso que la oficialidad llamó “Período Especial”, en lugar de
    recesión, inflación, debacle o crisis económica profunda. Olivera saltó
    de la Televisión Cubana (oficialista) a la prensa independiente, cuando
    comenzaban a crearse las primeras agencias. Por este acto deliberado fue
    a una cárcel a 900 kilómetros de su casa, donde leyó la autobiografía de
    Mandela y escribió parte de su obra literaria.

    Estuvo en una celda de castigo de tres metros por dos, junto con ratas y
    mosquitos. De noche no tenía luz para leer. Luego lo excarcelaron por
    enfermedad y más tarde le propusieron un destierro a cambio de su
    libertad condicional. Pero él no aceptó el trato y continuó ejerciendo
    también en sitios digitales del exterior, remunerado como María Matienzo.

    Olivera Castillo (La Habana, 1961) ha vivido los extremos del destino en
    un país nacional-comunista como es Cuba, bajo la dictadura de los
    hermanos Castro: De la Guerra de Angola, donde cumplió servicio militar,
    al periodismo proscrito y perseguido. Sin embargo, ha conseguido que sus
    libros se editen en el exterior.

    De una generación posterior a Olivera, pero a la vez más antigua a la de
    Matienzo es el escritor Ernesto Pérez Chang (La Habana, 1971). Vinculado
    durante muchos años a las editoriales legales y por tanto oficialistas
    –varias veces premiado por el establishment en concursos literarios,
    desde muy joven–, ha trabajado como editor en Casa de las Américas,
    Editorial Arte y Literatura y, entre otros cargos, como Jefe de
    Redacción de la revista Unión, del gremio de escritores y artistas
    oficiales conocido como la UNEAC.

    Pero al dar el paso hacia la prensa independiente, Pérez Chang se
    jugaba, además de una cárcel, el reproche de su padre, que es militar de
    carrera y ejerce actualmente. De la relación padre-hijo no sabemos nada,
    aunque sí el autor quiso dar a conocer públicamente que su familia está
    siendo acosada. En un texto escrito en primera persona y con un lenguaje
    directo –estilo prácticamente suicida, más que peligroso–, Pérez Chang
    narra cómo decidió “convertirse” y de paso desbroza el mecanismo de
    censura de las instituciones culturales. Copiamos de su revelación,
    publicada inicialmente en Cubanet:

    Durante mis años de trabajo en instituciones culturales, aprendí que son
    métodos comunes y que son esos “policías políticos” quienes deciden qué
    se publica, quiénes pueden hacerlo, cómo hacerlo y cuáles son los
    límites de permisibilidad, cuándo y dónde es conveniente que aparezca o
    se presente un libro o determinado autor. Sé que suprimen líneas en las
    obras, que borran nombres, que “empantanan” libros en las imprentas y
    que entierran tiradas completas en oscuros almacenes.

    Este año, a pesar de que fui invitado a la Feria del Libro de La Habana
    y que mis libros fueron inicialmente incluidos en los planes de
    presentaciones, “fuerzas ajenas a la cultura” obligaron a los
    organizadores a suspender las actividades a las cuales yo debía asistir.
    De acuerdo con testimonios de empleados de varias librerías de La
    Habana, mis libros no pueden ser mostrados en las vidrieras ni se les
    puede dar ningún tipo de promoción. Mi nombre ha sido prohibido en la
    radio y la televisión, mientras que la prensa escrita no admite reseñas
    sobre ninguna de mis obras.

    Las presentaciones de mi libro La cocina de los chinos en Cuba todas
    fueron suspendidas. El libro alcanzó la aprobación para ser vendido no
    solo porque ya había sido anunciada la aparición sino porque, debido al
    éxito de venta de este tipo de obras, su no publicación repercutiría tan
    negativamente en los ingresos de la editorial que se verían afectados
    los salarios de los empleados.

    Lo que en realidad sucedió con mi libro Cien cuentos letales es una
    verdadera nube de misterios…

    Al corroborar que la lista de periodistas “convertidos” va en aumento, y
    también que Pérez Chang ha declarado que no hay marcha atrás y que desea
    continuar viviendo en su país, Olivera Castillo escribió una
    reafirmación bajo el título El vía crucis del periodista independiente,
    publicado igualmente en Cubanet. Con el texto estaba no solo apoyando al
    colega sino, además, a una causa, a un camino, transitado a día de hoy
    por no pocos comunicadores comprometidos con su tiempo.

    Olivera, que está de vuelta y sabe lo que dice por haberlo vivido, escribió:

    Creo que, salvo honrosas excepciones, los escritores, artistas e
    intelectuales del gremio estatal no han estado a la altura de los
    tiempos. Han sido excesivamente fieles al silencio cómplice, han apoyado
    con su firma hechos abominables, sin retractarse, y una parte de ellos
    en la actualidad son las piezas de un juego donde se pueden criticar
    ciertas cosas, siempre con la consabida aclaración de mantener su
    lealtad al proceso que, desafortunadamente, continúan tildando de
    revolucionario y socialista. En fin, un verdadero fraude.

    En el programa de radio al que hacemos referencia arriba –cuyo tema es
    idea del escritor y periodista exiliado Luis Felipe Rojas–, se
    estableció una línea de conexión que bien pudiera estar a la altura de
    estos tiempos, luego de que el castrismo parece reformular su discurso
    contra el “enemigo” del norte, pero no así su empeño en reprimir al que
    disiente abiertamente.

    En un país estandarizado durante muchos años, recortado por el modelo
    soviético y ahora, de un tiempo a esta parte, desde hace 20 años –casi
    nada–, echado a su suerte, es difícil sentirse uno mismo. Pero estos
    tres escritores lo han logrado. El periodismo les da de comer y al mismo
    tiempo canalizan una expresión que hace mucho tiempo dejó de ser
    minoritaria. Se sienten recompensados, paradójicamente, por el riesgo
    que corren.

    Source: Escritores viven del periodismo prohibido y se sienten
    recompensados –
    http://www.martinoticias.com/content/escritores-cubanos-viven-periodismo-prohibido-y-se-sienten-recompensados/91120.html

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