Carceles en Cuba
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    Desde ‘el tanque’

    Desde ‘el tanque’
    MARICEL NÁPOLES | Santiago de Cuba | 21 Abr 2015 – 5:46 pm.
    Más del 90 por ciento de la población penal de la Isla es negra o
    mestiza. Una historia de vida desde la cárcel de Aguadores, en Santiago
    de Cuba.

    “La pobreza es la peor forma de violencia”.
    Mahatma Gandhi

    La llegada de la revolución al poder trajo transformaciones económicas y
    sociales en la Isla. Una de ellas fue el fin del racismo institucional.
    Al declarar que todos los cubanos eran iguales y tendrían las mismas
    posibilidades de acceso a estudios y empleos sin importar el color de la
    piel, el nuevo Gobierno suprimió las sociedades de color en busca de la
    unidad nacional y proclamó la integración del negro y el blanco como un
    hecho consumado. Entonces asumió que los problemas raciales se
    solucionarían con una repartición igualitaria de la riqueza.

    Hoy, al cabo de 56 años, existe una paradoja que emula con la sociedad
    republicana: más del 90 por ciento de la población penal es negra o
    mestiza, mientras que la dirigencia es blanca, casi en igual proporción.
    Todo ello, en un país con una población mestiza y negra estimada en un
    50 por ciento.

    Los negros y mulatos siguen siendo los más pobres y marginados, mientras
    los blancos detentan el poder económico y político. Estas disparidades,
    ocultadas por la centralización y control de la información del Gobierno
    comunista, solo son el reflejo de que el racismo es un hecho
    indiscutible. El problema no fue resuelto solo con dictámenes
    constitucionales y legislativos, sino que ha sido soslayado y diluido en
    el manto de la unidad. Y, en aras de la cubanía, está en la cultura
    eurocéntrica de la dirigencia revolucionaria que se empeña en ocultarlo.

    Este artículo está basado en testimonios de reclusos de la Prisión
    Provisional de Aguadores, ubicada en el kilómetro 2 y medio de la
    carretera de igual nombre, al sur de Santiago de Cuba y muy cerca del
    aeropuerto. Cuenta con entrevistas, que se realizaron en las visitas,
    así como con cuestionarios manuscritos, extraídos clandestinamente, y
    con llamadas telefónicas y encuentros con familiares y amigos de los
    reclusos.

    Fue imposible hallar datos estadísticos al respecto. Los pocos trabajos
    investigativos encontrados tratan más sobre las supuestas bondades del
    sistema penitenciario cubano y el trabajo de reeducación. Solo en una de
    las investigaciones consultadasse hace una vaga referencia al predominio
    de los negros y mulatos en las prisiones, cuando dice: “(…) caracterizan
    a la delincuencia infanto juvenil como un fenómeno con predominio del
    sexo masculino, prioritariamente urbano y de alta sobre representación
    de los grupos vulnerables, atendiendo a las desigualdades
    socioeconómicas, de género, territoriales, raciales, étnicas y las
    preferencias sexuales. Tendencia que denota la relevancia de los nexos
    entre la marginación social, la delincuencia y las construcciones
    simbólicas basadas en las relaciones históricas de poder”.[1]

    En la misma investigación también se hace referencia a un “ligero
    blanqueamiento” de la población penal cubana juvenil, sin referencias
    estadísticas o históricas respecto a la problemática.

    Fueron dos meses de trabajo. Nos centramos en la vida en prisión, pero
    el objetivo final es mostrar la historia de vida de un joven negro
    marginado. Al final, nada resultó más valioso que la información de
    primera mano desde dentro de la prisión, contar sus vicisitudes y cómo
    el entorno social y familiar los lleva hacia la marginalización y la
    delincuencia. Por ello escogimos la historia de vida, un método de
    investigación cualitativa, para demostrar la equivalencia entre el
    racismo, la pobreza y la delincuencia en la Cuba actual.

    Desde el barracón

    La Prisión Provisional de Aguadores está compuesta de una serie de naves
    rectangulares de bloques y tejas de fibrocemento. Las ventanas y puertas
    están cerradas con rejas o barrotes. Tiene la misma estructura de los
    abandonados campamentos que se usaban como albergues en la Escuela al Campo.

    A la entrada se encuentra una sala de requisa, donde se realizan todos
    los trámites de visita. Sigue un pasillo, alambrado por ambos lados, que
    conduce a otra nave con mesas y bancos de cemento, llamada salón de
    visitas. A un costado se encuentran las siete habitaciones destinadas
    para “pabellón” (visitas conyugales), que están en mal estado, sin
    enchufes ni bombillas, con cables sin conexión eléctrica ni tuberías de
    agua. A un lado de la sala de visita está la enfermería, y luego las
    naves dormitorios. Entre ambas aparece la plaza donde forman a los
    reclusos para las requisas.

    En cada dormitorio, 11 en total, se encuentran las literas. Cada nave
    tiene un área para patio cercada, que sirve para coger sol. En el
    interior están los baños, un televisor y el jolonguero, una especie de
    closet de cemento abierto, donde se colocan las pertenencias de los
    reclusos en bolsas aseguradas con nudos o tanquetas con tapas.

    Irónicamente, uno de los serios problemas de la prisión es el agua, que
    llega a través de camiones cisternas. Cada recluso debe agenciarse de
    balitas (botellas plásticas de refrescos), suministradas por los
    familiares. Reciben entre una y tres balitas de agua para beber y cubrir
    sus necesidades de aseo. La frecuencia depende del estado de
    almacenamiento de la cisterna. La prisión está rodeada de una cerca
    doble, terminada en alambre con púas. Cada ciertos tramos existen
    garitas con guardias armados.

    A la espera de juicio

    Los reclusos de la prisión son detenidos a la espera de juicio. Este
    proceso puede durar hasta tres años. Una vez sentenciados son enviados a
    la prisiones de Boniato, Mar Verde o Mangos de Baraguá, en dependencia
    de la gravedad de la condena: con menos de 10 años pueden ir hasta a una
    granja.

    Otros datos de la prisión:

    Capacidad: Según las camas disponibles, 554. No es posible contar los
    que duermen en el suelo. La prisión está sobrepoblada.

    Alojamiento: En 11 naves y l enfermería.

    Cantidad de reclusos por naves y organización: 11 destacamentos. En
    todos hay 26 literas de dos camas, que representan un total de 52
    reclusos; excepto en el destacamento 10, donde hay 36 literas, que
    equivalen a 72 personas, y el destacamento 11, donde están los
    sospechosos de sida, con siete literas para 14 personas.

    Las compañías 1, 2 y 3 son para menores (hasta 21 años).

    Color de la piel: Una mirada al conjunto deja ver el color que prima
    entre los reclusos: negro-mulato.

    Reclusos blancos: 46

    Reclusos negros-mulatos: 508 (sin contar los que duermen en el suelo)

    Delitos más comunes de los prisioneros: Robo con fuerza y sacrificio y
    hurto de ganado mayor.

    El Tanque. Historia de vida

    Roberquis Garzón tiene 20 años y lleva 10 meses preso. Fue detenido
    junto a su padre por matar a un hombre. Está ubicado en la compañía
    número 2 de menores, y su padre en la 8 de la prisión de Aguadores. Él
    piensa que todo está escrito, que lo que le está pasando hoy estaba en
    su destino. Su padrino se lo advirtió, ése era su signo: matar a un
    hombre para defender a su familia. Fue su primer delito y le están
    pidiendo 15 años.

    Dice que era su destino, porque el hombre fue a su casa, sobre la una de
    la mañana, a matar a su papá. El hombre llegó “volao” (borracho y
    enmarihuanado). Tuvieron un problema en el barrio, le gritó “maricón de
    prisión” en medio de la cuadra. Su papá, al ver estado de embriaguez, le
    dijo que “lo cogería” cuando estuviera sereno; pero al parecer no quiso
    esperar. Más tarde en la noche fue a su cuarto con un cuchillo.

    “Hice lo que tenía que hacer, cogí un cuchillo al igual que él y defendí
    a mi familia, era él o nosotros”. Ésa fue su declaración en el juicio.
    Él lo ve como “defensa personal”, ellos dicen que es “homicidio en
    defensa propia”.

    Garzón es un muchacho extremadamente delgado, alto y bien parecido.
    “Negro moro”, según algunos. Su marca sobresaliente es una enorme
    cicatriz en el brazo izquierdo, una de las heridas hechas por el difunto.

    En su familia todos los hombres han estado presos. Incluso su tío se ha
    pasado la vida entera en la cárcel. Su última condena fue por sacrificio
    de ganado mayor. Le echaron como 10 años y está en la prisión de
    Boniato. Al parecer, la cárcel es su ambiente, se siente mal fuera.

    Para su abuela, es algo casi natural. No así para su madre, que está
    dispuesta a apelar a todos los tribunales para sacarlo de allí; pero el
    “destino” se impone, y más en el barrio donde nació: San Fermín, en Los
    Hoyos, de fuertes tradiciones santeras y paleras. Dicen que por aquí se
    crió también el mambí Guillermón Moncada, al que le gustaba mucho la conga.

    La cuartería que sobrevivió a Sandy

    Vivía en una cuartería con sus padres y su hermano menor. De los nueve
    cuartos del solar, cinco son de su familia: su abuela, su tía, y sus
    tíos-abuelos. Allí se vive de la lucha diaria, solo unos pocos trabajan
    para el Estado y todo el mundo está en negocios.

    Los cuartos están cayéndose, pero aguantaron el embate del huracán
    Sandy. Los han apuntalado ellos mismos. Se mantienen en pie porque están
    dentro. Las autoridades les prometieron apartamentos nuevos, pero nada.
    Su papá paró la construcción. Si le hubiera tirado la placa al cuarto,
    ya estuvieran montando el segundo piso. Ahora la madre está vendiendo
    las cabillas para sostener los gastos del abogado y las jabas.

    El cuarto es de mampostería con techo de zinc. El padre hizo el baño
    dentro, y así no tienen que usar el de afuera, “que está de madre”.
    Duermen todos en la única cama camera de la habitación. Es una de las
    cosas que más extraña: Roberquis no se acostumbra a dormir solo.

    Creció en medio de las congas y de “la lucha” de sus padres. Ellos nunca
    le trabajaron al Estado. Su papá era un mulo cargando comida, se las
    arreglaba para traer sacos de alimentos a la casa. Su mamá es una
    institución en la venta de ropas importadas. Es tan efectiva que ya no
    tiene que salir de casa y la gente va a el cuarto buscándola. Roberquis
    siguió sus pasos.

    Su madre quería que se graduara. Estudió técnico medio en bibliotecas,
    porque fue la única opción medianamente buena que encontró, pero al
    terminar colgó el título en la pared y dijo que hasta allí llegaba.
    Ahora empezaría su “lucha”. Comenzó varios negocios. Primero vendía
    balitas de cerveza, pero luego se pasó a le venta de alcohol. También
    estaba metido en peleas de perros, pasatiempo muy popular entre los
    jóvenes de estos barrios, y junto con su padre criaba ejemplares de
    Stanford.

    La venta de “chispa” le daba la cuenta. A tres pesos la caneca, los
    borrachitos del barrio hacían su agosto con él. Era y es un negocio
    productivo, tanto que le dio para “pincharse” (ponerse dientes de oro).
    Ese fue el primer sueño que se le cumplió. Con los primeros 200 fulas,
    se puso los casquillos y el filo fue otro, la gente empezó a verlo como
    un hombre.

    Nunca le habían puesto ni una multa. El mayor problema que tuvo fue en
    noveno grado, durante un matutino. Mientras se cantaba el himno
    nacional, él lo hizo en forma de reguetón, sin darse cuenta de que
    detrás estaba una profesora. Lo llevaron a la dirección acusándolo de
    contrarrevolución, le propusieron la expulsión o el envío a otra escuela
    por varios meses como castigo. Gracias a una sortija de oro que se le
    había perdido y que, en medio de la reunión, su padre vio en manos de
    una profesora, el asunto se diluyó y no pasó nada.

    Mulatos, coloraos y negros

    En la compañía de menores donde está ubicado, la mayoría de los presos
    tienen antecedentes penales. Lo que sí está claro es que ninguno tenía
    un trabajo fijo, eran luchadores como él, de barrios como Chicharrones,
    Nuevo Vista alegre, Los Hoyos y San Pedrito. A algunos los conocía de la
    calle.

    Se parecen mucho, son todos mulatos, coloraos o negros. Es raro ver a un
    blanco allí. Tanto es así que, cuando hay uno, se le llama por el color;
    aunque el color no es problema. Cada cual busca unirse con gente que más
    o menos conoce. Roberquis anda con Puerto Rico, o más bien se lleva. Es
    su vecino de debajo de la litera. Cayó en el tanque por tráfico de
    marihuana y su juicio todavía no llega porque está en investigación. De
    seguro lo condenan a 10 años o más.

    El mayor problema son los ladrones y los viciosos. Con los primeros
    deben darse a respetar, porque tienen todas las cosas juntas en el
    jolonguero. Le pueden robar algo, pero “cuando te das a respetar, nadie
    toca lo tuyo, hay que marcar el territorio para que respeten”.

    Odia a los viciosos y se mantiene lejos de ellos. Son tipos que se hacen
    una paja por cualquier cosa, hasta con la enfermera que usa una bata por
    los tobillos. Se envuelven en una sábana, y dale que dale… Se apartan,
    pero la gente sabe lo que están haciendo. Por eso no quiere que su mamá
    forme parte del consejo de familia (familiares de los que vienen a
    comprobar las condiciones de vida de los reclusos).

    La vida en prisión es simple. Están todos en una nave con literas. Se
    pasan la mayor parte del tiempo acostados o mirando televisión. También
    hay DVD, pero se pone solo cuando el reeducador da su permiso, y solo
    las cosas que él permite, casi siempre películas o videos de reguetón,
    el deporte y las noticias. Al ser una cárcel provisional, no hay
    posibilidad de trabajar.

    Se levantan a las seis de la mañana para el primer recuento. Después,
    puedes volver a acostarte hasta el desayuno, que es un pan con agua de
    chorote. Vuelven a la nave hasta el almuerzo. A veces les dan permiso
    para ir al patio a coger sol y un poco de aire. Roberquis no va mucho.
    Al final, le resulta aburrido igual, pero en el fondo no sale para
    evitar problemas, pues siempre hay algún dime que te diré.

    Aunque los problemas llueven solos, por ello está aquí. Por “darse a
    respetar” ya tuvo uno. Casi se faja con Yasiel, uno de su barrio que
    está preso por arrebatar cadenas. Le dio envidia y le dijo al guardia
    que él tenía marihuana. Le dijeron que fue él porque lo vieron
    chivateándose. Esas cosas hay que cortarlas de raíz, sino “lo cogen pa’
    eso”. Se preparó con una lata de mierda para tirársela, pero lo
    atraparon en el lance y le dieron 15 días en la celda de castigo. Cuando
    lo revisaron, no tenía ninguna marihuana.

    No quiere volver a una celda de castigo, pues es lo más terrible que ha
    pasado. Solo tiene una ventana pequeña, con barrotes en lo alto, y una
    puerta de hierro. Hay una cama de cemento y un huequito para las
    necesidades. “Te dejan allí en calzoncillos, solo ves al guardia que
    viene con la comida y el cubo de agua para bañarte. Te dan una
    colchoneta de seis de la tarde a seis de la mañana”. Para no volverse
    loco, cantaba; cantó todo el repertorio de reguetón y hasta romántico.
    Sentir su propia voz era su compañía. No lo iban a rendir.

    Desde ese día, casi no sale del albergue. Quiere evitar le compliquen su
    causa. Se dedica a leer. Su madre le trajo una Biblia, y ya casi se la
    termina. La relee una y otra vez, y cuando se ven en las visitas,
    discuten sobre versículos. Ella es cristiana, y, la verdad, se aprenden
    cosas de la vida.

    Los cigarros, el agua, la mierda…

    Este es un mundo con sus propias leyes. Es como una pequeña ciudad donde
    se compra y se vende. La moneda son las cajas de cigarros. Cada producto
    o servicio tiene su precio: coser una ropa cuesta una caja. Un paquete
    de galletas, un paquete de leche o una libra de aceite te sale por 4. Y
    hay muchas cosas. Hasta la marihuana, que le acusaban de tener, no sabe
    cómo la entran. Cree que los guardias son cómplices, porque los
    controles son muchos.

    Allí puedes hasta jugar. Durante la Serie Nacional de pelota le apostó
    al equipo de Santiago y perdió 50 cajas de cigarros Aromas. Desde ese
    día, su papá se las raciona. Fumar es el vicio de todos. Las cajas más
    codiciadas son las Hollywood rojas. Una equivale a seis de Aroma
    popular. Estos cigarros suaves escasean, incluso en la calle, así que
    estuvo de acuerdo con el racionamiento. No volvería a jugar.

    Aquí los derechos humanos están a años luz, pues las condiciones de vida
    son una mierda. Si no fuera por las jabas, serían parias. El agua y las
    medicinas son un problema: hay un doctor y punto. Si te sientes mal,
    tienes que pedirle el medicamento a tu familia y esperar a que el médico
    lo revise.

    Cuando no hay agua, es apoteósico. Tienes que sobrevivir con una balita
    y “es de pinga”. Algunos tienen tanquetas y van acumulando agua, sobre
    todo para cuando tienen “pabellón”, porque las cabañas no tienen
    conexión de agua ni de corriente, o para bañarse los días de visita.

    Hay dos tanques por cada nave, pero el agua corriente solo dura una
    semana. Cuando se acaba, comienza la porquería por todas partes. El
    mayor problema para él no es bañarse. Con saltarse dos o más días no
    pasa nada, eso es algo común allí. El problema es cagar con los
    servicios “a full”. Se ha pasado varios días sin ir, una vez estuvo 24
    días. No es fácil hacerlo con tanta mierda rebosando la taza, así que
    espera a que llegue el agua. Es una de las cosas que más preocupan a su
    madre.

    El baño hiede tanto que se alegra de que su litera esté lejos. Muchas
    veces se pregunta cómo no ha surgido un foco epidémico, con toda la
    materia fecal desperdigada en paredes y pisos. Gracias a los benéficos
    (reclusos que no tienen quienes los visiten), los baños se limpian.
    Ellos cobran dos cajas de cigarros por reclusos para hacerlo, siempre y
    cuando haya agua.

    Por eso, cuando no quieren que el guardia los toque, se tiran la mierda
    encima. Como no hay agua, se vuelven intocables, hasta que los militares
    buscan cubos para tirárselos y limpiarlos. Eso ocurre cuando hay
    traslados, o cuando hay una pelea como la que tuvo con Yasiel. “Es una
    forma de desprestigio, te quedas embarra’o de por vida, incluso cuando
    estás libre, la gente te lo saca en cara, todo se sabe allá afuera”.

    La verdadera héroe en todo esto es su mamá. Ella está manteniendo la
    casa. Él la adora. Vendiendo ropa importada lleva un saco de cosas para
    ambos, cada 15 días. Se gasta entre 500 y 800 pesos cada vuelta. Sin
    ella, la cárcel hubiera sido el doble de dura, pues las condiciones de
    vida y la mala alimentación los destruyen moral y físicamente. Solo hay
    que ver a los benéficos, son los tipos más desolados del mundo, a la
    mayoría les falta un tornillo.

    Él le dijo a su mamá que siguiera con el negocio de la venta de alcohol.
    Sus amigos se encargarían de llevarle la materia prima. Es la única
    manera de dar un apoyo económico para la costosa jaba, saco en su caso,
    pues es para dos; pero la madre está negada a lidiar con los borrachos,
    que molestan a cualquier hora y se roban la mínima cosa que encuentren
    fuera de lugar.

    Ahora quiere aprovechar y leer. Cuando estudió para bibliotecario le
    motivó, pero llegaba a casa y tenía que ayudar en la “lucha”. Había que
    buscar la comida del macho [puerco, en jerga santiaguera]. Compraba el
    pienso o el maíz, y también estaban los perros. Pudo leer 100 horas con
    Fidel. Le gustan las biografías, quiere leer la vida de Napoleón, Fuché
    o algún mafioso famoso. Ya le hizo el encargo a su novia. Le gustan
    porque son hombres que triunfan, a los que hay que seguir. Tiene fe en
    la vida, lo que le ocurrió “le puede pasar a cualquiera”. No se siente
    culpable y cumplirá su condena. Es un primario y espera tener la
    oportunidad de vivir su vida en libertad.

    En la prisión, Roberquis se tatuó una estrofa de un reggaetón de Tego
    Calderón, que da una visión de su credo: “Lo maté, pero no fue mala fe,
    hice lo que tenía que hacer…”.

    [1] Dra. Rosa Campoalegre Septien. Nueva fisonomía de la delincuencia
    juvenil en Cuba frente a sus estigmas, en Casa de África, Santiago de Cuba.

    Source: Desde ‘el tanque’ | Diario de Cuba –
    http://www.diariodecuba.com/cuba/1427889508_13706.html

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