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    Cortina de humo contra el racismo

    Cortina de humo contra el racismo
    La llamada revolución no hizo todo lo que debía y mucho menos todo lo
    que pudo por transformar esencialmente el vil legado del esclavismo. La
    prueba (si no existieran tantas otras) está está en la misma
    convocatoria de la Primera Jornada Cubana Contra la Discriminación Racial
    viernes, diciembre 26, 2014 | José Hugo Fernández

    LA HABANA, Cuba -Ya que no podíamos esperar más de lo que dio, habrá que
    aceptar como positiva la celebración, en La Habana, de la Primera
    Jornada Cubana Contra la Discriminación Racial, organizada bajo el
    patronato del régimen. En principio, lo que sus propios voceros
    oficiales anuncian como un logro, es decir, el esfuerzo por colocar los
    intereses de la lucha contra el racismo en el espacio público, es algo
    que hicieron ya, desde hace mucho, los activistas de organizaciones
    disidentes como el CIR (Comité Ciudadano por la Integración Racial),
    pero de cualquier modo no está mal que -aun como estrategia politiquera-
    el régimen asuma.

    Habría resultado cuando menos alentador que aunque sea uno solo de los
    muchos intelectuales antirracistas de la oficialidad que participaron en
    este evento, propusiera legalizar o tolerar al menos los esfuerzos que
    desde hace años desarrollan los activistas antirracismo del CIR y de
    otras organizaciones al margen, obligadas a desplegar sus tareas en la
    ilegalidad, so pena de represalias violentas y de cárcel por parte de
    las fuerzas represivas de la dictadura. El gesto, en todo caso, pudo
    haber honrado la frase que escogieron para presidir la Jornada: “Hablar
    de discriminación duele. No hablarlo, nos divide”.

    Pero ha quedado dicho, no es lógico esperar que el almácigo nos dé
    mangos maduros.

    Lo cierto es que ya desde sus inicios, la Primera Jornada Cubana Contra
    la Discriminación Racial comenzó a oler a queso. Mientras el secretario
    del Consejo de Estado del régimen, Homero Acosta, elevaba una farisea
    declaración en la ONU, abogando por erradicar el racismo, la
    discriminación, la xenofobia y la intolerancia, los antirracistas
    oficiales le hacían el juego, desde La Habana, convocando a una jornada
    contra la discriminación racial, destinada –dijeron- a “facilitar el
    diálogo cultural a favor de los derechos para la construcción de una
    ciudadanía afrodescendiente con más inclusión y equidad”.

    Toda política se funda sobre el ardid de ocultar reales intenciones
    mediante discursos de contracandela, que anteponen la falsa demagogia
    como cortina de humo para la realidad. Pero en nuestro caso, lo
    verdaderamente bochornoso radica en que algunos intelectuales y artistas
    (sobre los que alguien dijo, con lenguaje de carnicero, que son el
    corazón y la cabeza de la sociedad) incurran en el ridículo de hacerle
    la pala al discurso de la dictadura política.

    Ni siquiera les apenó contradecir tan flagrantemente la historia
    oficial, cuando hablaban sobre la necesidad de construir una ciudadanía
    afrodescendiente con más inclusión y equidad. Pero ¿acaso no habíamos
    quedado en que eso ya lo hizo la revolución?

    La realidad, oculta detrás del humo, es que son vergonzosos los
    resultados que en materia de inclusión y equidad para los
    afrodescendientes obtuvo el gobierno revolucionario, estable e
    inamovible durante más de medio siglo, con poder absoluto sobre todas
    las instituciones y el dinero, y con subvención económica que le venía
    por chorros desde Europa del Este. Es esta una inferencia que el régimen
    oculta en forma tozuda e irracional, motivo por el cual la prensa y la
    historiografía oficiales, así como los estudiosos, académicos e
    intelectuales que abordan el tema antirracista desde las estructuras del
    Estado, se ven en el penoso -y a veces cínico- papel de violentar la
    historia, interesados aún más en hallar justificaciones y rodeos que
    verdades concluyentes.

    La dictadura revolucionaria de Fidel Castro, con absolutidad y recursos
    sin parangones en la historia de nuestro hemisferio, no hizo todo lo que
    debía y mucho menos todo lo que pudo por transformar esencialmente el
    vil legado del esclavismo. La prueba (si no existieran tantas otras)
    está en la misma convocatoria que lanzaron ahora desde La Habana los
    intelectuales y artistas oficialistas.

    Otro detalle, tan palpable y escandaloso como el anterior, se aprecia en
    que, luego de haber desperdiciado la mejor coyuntura y las más idóneas
    condiciones materiales con que ha contado un gobierno a lo largo de toda
    nuestra historia para enfrentar la miseria económica y la postergación
    social que sufrieron desde hace siglos los cubanos negros, el régimen
    parece resuelto a seguir incurriendo en una de sus viejas aberraciones,
    la posesión monopolizadora del discurso antirracista, y para colmo, con
    el eco de sus intelectuales.

    De hecho, resulta demasiado casual que la convocatoria para la Primera
    Jornada Cubana Contra la Discriminación Racial haya coincidido con el
    anuncio de la cuarta edición del Foro Raza y Cubanidad: Cuba, Pasado,
    Presente y Futuro”, que organizó el CIR, y cuya celebración hubo de ser
    anunciada pocos días antes que la Jornada, para los días 11, 12 y 13 de
    diciembre.

    Por cierto, el Premio Tolerancia Plus, con que el Foro Raza y Cubanidad
    galardona cada año a personas e instituciones modelos en la lucha por el
    respeto a la diferencia, fue otorgado este año al intelectual
    oficialista Tomás Fernández Robaina, a quien el CIR reconoce por
    dedicarse a investigar, difundir y enaltecer la historia verdadera y la
    enorme contribución de los afrodescendientes a la conformación de la
    nación y la rica cultura de nuestro país.

    Es curioso y altamente revelador que mientras los antirracistas
    disidentes premian a un representante del antirracismo oficialista, todo
    lo que ellos digan o hagan aquí, en materia antirracista, cuenta a
    priori con la desaprobación del régimen. No importa cuán legítimos sean
    sus fundamentos y cuán bien intencionadamente se proyecten. Basta que
    contravengan en algún mínimo detalle lo que quieren escuchar en la
    Raspadura del Comité Central del Partido, para que sean sentenciados
    como actitud revisionista o aun contrarrevolucionaria, cuando no
    cómplice o mercenaria al servicio del enemigo extranjero.

    La estela de abusos, intolerancia, injusticias, difamaciones, maltratos
    físicos y psicológicos, cárcel y marginación social que han sufrido los
    activistas cubanos del antirracismo que se oponen a la política del
    régimen, es algo que por sí solo bastaría para dudar de la transparencia
    del discurso oficial sobre el tema antirracista y además sobre la
    integridad moral de sus cómplices entre artistas e intelectuales. La
    represión policial contra eventos e iniciativas antirracistas de
    carácter pacífico y con proyección incluyente, conforma otro largo
    capítulo de esta historia que a fuerza de ser inaudita, debe resultar de
    muy difícil comprensión para quienes no han explorado a fondo la
    realidad cubana del presente.

    ¿Podíamos esperar entonces que durante su jornada contra la
    discriminación racial, los intelectuales y artistas oficialistas
    solicitaran o rogasen al menos ante sus comandantes en jefe la
    legalización de estos auténticos luchadores por la construcción de una
    ciudadanía afrodescendiente con más inclusión y equidad?

    Source: Cortina de humo contra el racismo | Cubanet –
    http://www.cubanet.org/opiniones/cortina-de-humo-contra-el-racismo/

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